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Veraneo en el parque sindical

Por Francisco Naranjo Llanos
lunes 14 de agosto de 2023, 08:09h
Actualizado: 14/08/2023 08:14h

Conocido popularmente como «el charco del obrero», algún domingo de los años 70 del siglo pasado, sus instalaciones recibieron hasta 40.000 madrileños. En esta columna cuento brevemente su historia y alguna anécdota.

En los años sesenta del siglo pasado, especialmente por cuestiones económicas, una gran mayoría de madrileños no se podían ir de vacaciones y veraneaban como podían en la ciudad. El calor y la escasez de piscinas hacía que las orillas del rio Manzanares, la casa de campo y las pocas piscinas que había, se llenasen de gente buscando un alivio al sofoco veraniego.

Una de las más concurridas era la piscina del Parque Sindical de Madrid, que con una capacidad de 12.000 metros cúbicos fue en su día la más grande de Europa. Fue inaugurada por el Dictador Francisco Franco el 18 de julio de 1958, junto al ministro Solís, para disfrute de los «productores» denominación que recibieron durante años los trabajadores. Parque gestionado por el sindicato vertical franquista, que eran los dueños de un gran patrimonio sindical, por supuesto gracias a la cuota obligatoria que pagaban los “productores”, es decir los currantes de la clase obrera..

Este gran centro, popularmente conocido como «el charco del obrero», en algún domingo sus instalaciones recibieron hasta 40.000 madrileños, y de manera muy habitual, llegaban a cerca de 30.000. Había tres piscinas. Una para niños de solo 40 centímetros de profundidad. Otra enorme, de 132 por 80 metros, con una profundidad de 1,20 metros, ideal para la mayoría de los visitantes, que o no sabían nadar o no lo hacían muy bien.

Para los más avezados, había una piscina olímpica de 50 metros y una profundidad de entre 1,5 y 4 metros, que contaba con la innovación de la iluminación nocturna, lo que le permitía albergar competiciones nocturnas. Los bañistas llegaban la mayoría en autobús o tranvía, cargados con las viandas necesarias para pasar un día lejos del calor de la ciudad. Acudían familias enteras o pandillas de amigos.

Era el del Parque Sindical un veraneo barato, casi a la puerta de casa. Se admitían bebidas y comidas y había merenderos para poder almorzar cómodamente. Los precios del restaurante eran módicos -algún día se podía incluso dar un capricho la familia-, la sombra de los chopos agradable para una siestecita, el entorno mejor que las calles del barrio antes de ponerse el sol, y las horas transcurrían placidas entre los cantos de las chicharras, los gritos de los niños, el bostezo de la suegra, el sonido del chapoteo de la piscina y alguna que otras risas.

Mi anécdota en aquella vorágine comenzó una tarde de un caluroso verano del año 1970 en Madrid. Trabajaba por aquel entonces a 12 horas en las estaciones de ferrocarril madrileñas de Peñuelas e Imperial. Acababa de comer en una casa de comidas baratas cerca de Tirso de Molina y a continuación, bolsa en ristre, me encamine en metro y autobús al “charco del obrero” a pegarme un buen baño y hacer tiempo hasta la hora de entrar a trabajar a las ocho de la tarde en la estación de RENFE de Imperial.

Esa semana estaba contento y feliz, pues con mis 24 años, mis padres acababan de comprarme un anillo de oro de los llamados sellos con mis iniciales grabadas y además esa misma mañana había comprado un single de Armando Manzanero, con la canción muy popular por aquellas fechas “somos novios”, pues a la semana siguiente aprovecharía para ir a Mérida y regalárselo a mi novia que cumplía años. 18, para ser exactos.

Así que sobre las cinco de la tarde entre en el Parque Sindical (actual Parque Deportivo Puerta de Hierro) con una pequeña bolsa de deporte verde donde llevaba el disco de Armando Manzanero, un bocadillo un periódico y unas ganas enormes de meterme en el agua.

Me cambie en los vestuarios, unos enormes vestuarios, pues como decia antes eran miles los que frecuentaban estas instalaciones, pues ademas de piscina tenia canchas de baloncesto, campos de futbol y otros espacios deportivos, pero la gran mayoría iban a lo que yo a remojarse el cuerpo.

Una vez cambiado y puesto el bañador entregué la ropa en los vestuarios a cambio de una ficha numerada y con la bolsa verde al hombro, a la que incorpore la cartera, el reloj de pulsera y el anillo de oro (no fuera que se me cayera al agua) y me encamine directamente a los márgenes de esa gran y poblada piscina.

Deje la bolsa verde al lado de un árbol, cercano al borde de la piscina para que estuviera a mi vista y me di un chapuzón de campeonato. A pesar de que debido a la mucha gente que había no estaba muy fría -yo diría que más bien templada tirando a caliente- se me quitaron todos los sudores y calores del cuerpo. Como vulgarmente se dice “me quede como nuevo”.

Después de un rato tomando el sol y sin quitarle un ojo a la bolsa verde me volví a meter otro ratito. Salí, me duche en las duchas pegadas a la piscina y me apreste a dar buena cuenta del bocadillo, pues seria cerca de las siete de la tarde y como decía antes tenía que comenzar a trabajar a las ocho. Y ohh, sorpresa, la bolsa verde había desaparecido del lugar donde la había dejado en un abrir y cerrar de ojos.

Cansado de buscar la bolsa verde por todos los alrededores infructuosamente y jurar y maldecir en varios idiomas, incluido el arameo, me encamine a los vestuarios para requerir la ropa e irme inmediatamente a trabajar, pues ya se me estaba haciendo tarde.

Llegue a los vestuario y ohh, de nuevo sorpresa. Lógicamente no me dan la ropa porque no llevo ficha y según sus normas no pueden entregarla a no ser que le enseñe el DNI u otra documentación que acredite que yo soy yo. Y yo solo llevaba el bañador, pues la ficha, la documentación, el single del Armando Manzanero, el periódico Marca, el bocadillo y por supuesto el anillo de oro, se habían quedado en la bolsa verde. La única opción que me daban era que me quedara al cierre de la piscina y que si quedaba alguna ropa después de irse todos esa seguramente seria la mía.

Después de un rato de debate y discusión al comienzo y de lloros y ruegos al final, con los encargados de los vestuarios, conseguí que me dejaran pasar a coger mi ropa, que dicho sea de paso, menos mal que me quede con el lugar donde lo habían colgado pues allí había cientos de perchas con su correspondiente ropa cada una. Al final quedamos tan amigos y recuerdo que incluso me prestaron dinero para poder coger el autobús y el metro. Llegue al trabajo un poco tarde, pero llegue incluso vestido.

En fin que vaya tarde de verano la de aquel día. Días después volví a las instalaciones del “charco del obrero” y había aparecido la bolsa verde con la documentación, pero del poco dinero que llevaba, el anillo de oro y del disco de Armando Manzanero, nada de nada.

En fin sin más, aprovecho la ocasión de este relato, para dejarles con los acordes de la canción: Somos Novios”, por si la quieren escuchar.

Francisco Naranjo Llanos

Director Fundación Abogados de Atocha y sindicalista de CCOO.


Francisco Naranjo Llanos

Exdirector de la Fundación Abogados de Atocha y sindicalista de CCOO

Nació en Esparragalejo en 1946 y realizó estudios de Oficialía Industrial en Mérida (Extremadura). Toda su vida laboral, más de 40 años, la realizo en RENFE. En lo sindical, aun en clandestinidad, fue cofundador del Pleno de Representantes Ferroviarios, órgano unitario de representación en el ferrocarril. A partir de 1978, ya en democracia, ha sido responsable de comunicación del sector ferroviario de CCOO y de su órgano de información, Carril; de la revista FTC, de la Federación de Transportes y Comunicaciones, de Unidad Obrera y Madrid Sindical de CCOO de Madrid. Es autor de los libros: La comunicación sociolaboral, Crónicas desde el gueto, Los carriles de la vida y El pasado es la linterna del futuro, así como de numerosos artículos de opinión publicados en los principales medios. Durante varios años fue colaborador de la Facultad de Periodismo de la Universidad Complutense. Es patrono de la Fundación Abogados de Atocha, desde su creación en 2004, siendo su director desde 2013 a 2024. En Madridiario, es columnista habitual desde 2015.

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