Progenitores que buscan que los hijos sean ante todo, sobre todo, y sobre todos, felices, que dan la razón a sus hijos, por el mero hecho de serlo, que se dejan chantajear, sobornar, que quieren comprar su cariño.
Padres que buscan evitar el daño moral, emocional, psicológico, y eso que es normal, apreciable y aplaudible, se convierte en algunos casos en una sobre-atención, en un caminar vital con red.
La sobreprotección se convierte en un patrón dañino, al evitar enfrentar las dificultades y los conflictos del mundo real, y además no fortaleciendo la tolerancia a la frustración y la resiliencia.
Hay dos formas de vivir, una dándonos cremas para prevenir las quemaduras solares, la picadura del mosquito, … Es decir, embadurnarnos en algo protector. Bien está, pero sepamos que hay limitaciones. La otra opción es afrontar el camino de la vida con unas buenas botas, con capacidad para adaptarse a la orografía, para aprender a descansar, para anticipar los riesgos ciertos, y desde luego para levantarnos tras cada tropiezo o caída.
Tengamos mucho cuidado para que los niños de hoy no sean los «blandengues» del mañana, pero tampoco exigentes y demandantes de forma casi patológica.
No hagamos de nuestros niños unos seres fácilmente quebrantables, que no escuchen el crujido o el chirrido interior.
Una cosa son los dibujos animados, o los cuentos ahora dulcificados, y otra la cruda realidad, que también tiene su atractivo por su dureza, por lo que conlleva de reto existencial.
Los padres, y quizás acierten, anticipan una sociedad muy competitiva, y quieren preparar a los hijos para ello, y eso los lleva a forzar y mucho en lo que se refiere al desarrollo de sus talentos, pero olvidando en gran medida la educación emotiva y el fortalecimiento de carácter.
¿Por qué hoy es tan difícil educar? Porque la sociedad es más compleja. Antes educaban los padres y también la sociedad, que era muy coercitiva, muy jerárquica, con un sentido riguroso del deber. Ahora hay más libertad y tenemos más posibilidades, pero grandes problemas, ya que los patrones con los que fueron educados los padres, consideran que no les sirven para educar a sus hijas/os.
Hay muchos padres que tienen dificultad, gran dificultad para concretar sus funciones de paternidad-maternidad y posibilitar el crecimiento autónomo. Se debaten entre el autoritarismo y el dejar hacer sin encontrar alternativas, percibiendo que la función que han de ejercer les conlleva un gran costo casi en su salud, y con grandes deterioros en la relación de pareja.
Y si bien se invierte tiempo, dinero y esfuerzo en el currículum de los hijos, haremos lo correcto al mejorar en disciplina, en decir a los niños «no» para que se sientan seguros y protegidos. Por cierto, el «no» es innegociable. No se puede retirar.
Cuando dedicamos tiempo a los hijos, no necesariamente la prioridad ha de ser por y para ellos, sino para nosotros, padres, y es que disfrutar de y con los hijos es una gozada.
Convivir con los hijos, es vivir con intensidad, disfrutar y manejarse en el conflicto. Eduquémosles en no ser consumistas, a ceder el sitio a personas mayores, embarazadas, con discapacidad. A respetar a los animales y al medioambiente.
Educar a un hijo requiere mucho esfuerzo, mucho equilibrio, mucho prepararse, mucho esperanzarse. Y saber que nos vamos a disgustar, que nos vamos a enfadar, que no vamos a comprender. Pero que merece la pena, que crecemos juntos, que aprendemos padres e hijos.