La galerna económica que venimos padeciendo ha destrozado
muchísimos comercios tradicionales que de antiguo aguantaban abiertos en
Madrid. Pequeños negocios familiares que pasaban de padres a hijos y de
aquellos a los nietos, víctimas todos ellos de la crisis fatal, los cambios
paulatinos en los usos y costumbres de los nuevos vecinos y de la voracidad de
las superficies comerciales que abren a destajo todos los días del año. Uno
tras otro, aquejados de la misma epidemia, han ido echando el cierre y pegando
en sus escaparates los fatídicos pasquines de "se traspasa" o "se vende".
Poco a poco, calladamente, sin que nadie pueda evitarlo, sin
una ayuda administrativa que quiera impedirlo, Madrid archiva en el olvido el
riquísimo catálogo de establecimientos que antaño caracterizaron el bullicio
mercantil de la ciudad. Mi barrio es un ejemplo de todo lo que acabo de
relatarles: la mortandad se ha extendido por sus calles y muy pocas tiendas y
colmados sobreviven a las calamidades de los nuevos y malos tiempos. Las
defunciones han sido tantas en los bajos comerciales, que las repetidas
melladuras certifican el desastre que puede verse en muchas de las fachadas.
El último episodio se desarrolla muy cerca de mi casa.
Doblando la esquina más próxima, se subasta una pequeña librería que siempre
vendió tesoros literarios y material escolar. Allí compraba yo, en tiempos
pasados, los libros de cabecera y los utensilios que mis hijos reclamaban para
presentarse bien equipados en el colegio:
cuadernos reglados, lápices y rotuladores, láminas de colores, escuadras y
cartabones, tijeritas de puntas redondeadas y sus primeras lecturas.
Recientemente, descubrí en sus estanterías un librito fotográfico que retrata
mis calles en los años terribles de nuestra guerra civil: inmuebles reventados
por los bombardeos y rondas cuajadas de trincheras y barricadas. Mientras me
envolvía el ejemplar, la veterana librera me anticipaba el tristísimo destino
de su mostrador.
Desapareció también la inconfundible terraza veraniega que
despachaba los mejores helados de Madrid. Situada en el mismísimo centro del
Paseo de Rosales, frente a la terminal del Teleférico que sobrevuela el Parque
del Oeste, hasta allí peregrinaban muchísimos madrileños amantes de tan
suculento y refrescante condumio. Un mal día, sin que sus habituales pudieran
adivinarlo, clausuró sus ventanales. Todavía hoy puede leerse el rótulo de "Bruin"
en las cristaleras oscurecidas por el abandono. Se rindió también la marisquería "La Bilbaína", abierta
al público desde tiempos inmemoriales en la calle del Marqués de Urquijo. Un
comedero italiano ocupó el local y las
pizzas y los pastelitos sicilianos
desterraron de sus vitrinas los centollos y los percebes de las rías
norteñas.
De tanta deserción se aprovechan los comerciantes orientales
y asiáticos, que invaden con rapidez los huecos que van dejando nuestros
tenderos arruinados. Donde había un lugar de encuentro de caprichosos
coleccionistas de miniaturas, acaba de instalarse otro zoco de mercaderías importadas
de China. Los zapatones de plástico y la ropa de baratillo han desplazado a los
soldaditos de plomo alineados en formación, a los lanceros a caballo de las
tropas de Napoleón, a los pequeños tranvías de época tirados por mulas, a los
avioncitos de combate y a los bólidos del siglo pasado. Donde había una mantequería
ilustrada, repleta de manjares enlatados y dulces tentaciones, se abre ahora
otro lúgubre despacho de artículos imprescindibles. Habita en el lugar un
dependiente de ojos rasgados pegado a su diminuto televisor.
Acabo de visitar varias capitales europeas y puedo
asegurarles que sus zonas comerciales son tan idénticas como una gota de agua a
otra. Nada distinto de lo que puedan comprar aquí se traerán de la extranjería
más cercana. Deambularán por ciudades muy diferentes, escandinavas o centroeuropeas,
tal vez meridionales, pero en ese paseo se encontrarán con los mismos reclamos
de ropas, de complementos y bisuterías, de cachivaches electrónicos o puestos
de comida rápida y barata. Tendrán que adentrarse en las barriadas más remotas
para localizar bazares peculiares y mercadillos pintorescos. La globalización,
la expansión de las multinacionales y las franquicias universales han borrado
del mapa las peculiaridades de cada territorio. Como aquí.
El matarife mercantilista a punto está de apuntillar al
pequeño comercio de Madrid. Por si no tuvieran poco con competir en
inferioridad de condiciones con la bestia de los grandes almacenes y los
supermercados del barrio, ahora tendrán que renegociar sus alquileres de renta
antigua y rascarse el bolsillo para seguir donde están. Muchos de ellos tendrán
que desprenderse de sus centenarias trastiendas y bajar para siempre la
persiana. Asistiremos entonces al canto del cisne de un sector que siempre
distinguió y personalizó a Madrid. Por todo ello, apoyo la petición de una moratoria que les
permita mantenerse vivos, de lo contrario asistiremos al sepelio de una parte
de nuestra historia cotidiana.
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La Luna de Madrid