Me he pasado el fin de semana releyendo algunos pasajes de la historia de nuestra ciudad, desde que fue fundada, hasta nuestros días, pasando por el establecimiento de la Corte en tiempos de Felipe II o la gesta heroica del levantamiento contra la invasión francesa, pasajes que cada que releo con atención, encuentro algo nuevo que me sorprende o me inquieta.
Si abrimos el tomo de la Historia de Madrid por el capítulo de los sucesos más negros, nos encontraremos con fechas trágicas, pero ninguna como la del 11 de marzo de 2004, donde la barbarie terrorista mató a 192 personas y dejó heridas y malheridas a decenas, y sobre todo una profunda herida en la sociedad española, cuya cicatriz aún se muestra fresca.
Hoy se cumplen diez años de aquella matanza, de aquel atentado brutal, como no se había registrado otro en la historia de Madrid, ni en la de España en su conjunto. Diez años después siguen sin resolverse las grandes interrogantes de la autoría intelectual de este asesinato masivo; seguimos sin saber quienes pergeñaron esta matanza, si están vivos o muertos, en el infierno o en el paraíso prometido por el Islam.
Aquella mañana trágica del 11-M, Madrid se había puesto en marcha como cada día. La población obrera, en un alto porcentaje, viajaba en tren, para acudir a su cita con el curro; se desplazaba desde la periferia a la capital, y en ese trayecto maldito quedaron atrapados cientos de trabajadores entre amasijos de hierros retorcidos, humo, fuego, polvo, confusión, olor a sangre y a muerte. Algunos consiguieron salir de los trenes siniestrados; otros se arrastraron antes de caer muertos; muchos fallecieron en el acto y otros fueron salvados de la muerte por compañeros de viaje heridos.
Desde los primeros momentos de la tragedia, el pueblo de Madrid dio un ejemplo histórico de solidaridad y dignidad, y a partir de ese momento, lo dio toda España. Jamás una sociedad había estado más unida por una tragedia, más esforzada por ayudar y más en comunión con las víctimas y sus familias. Un ejemplo que perdura, que permanece en el recuerdo y en el dolor, en la solidaridad con los que sufrieron en sus propias carnes este zarpazo cruel. Sin embargo, no ha sido así en la clase política; ni desde el primer momento, ni hasta ahora mismo; los desacuerdos han sido inexplicables y en más de una ocasión se ha intuido un aprovechamiento deleznable en busca de rentabilidad política, incluso ha quedado palpable la utilización partidista de las víctimas, a través de alguna asociación concreta, eso sin entrar en la falta de acuerdo para asistir a los distintos actos conmemorativos que se han celebrado cada año. Ojala que en esta ocasión, cuando se cumple el décimo aniversario, se empiecen a limar asperezas y se inicie un plan de recuperación de la unidad política ante una matanza que permanece imborrable en la Historia de Madrid, pero sobre todo en el sentimiento de las víctimas, con las que el pueblo llano no ha dejado de estar en ningún momento.