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Una mentira cruel

Por Pedro Fernández Vicente
lunes 09 de septiembre de 2013, 08:56h

Madrid acudía por tercera vez consecutiva al gran espectáculo del deporte olímpico ofreciéndose como estrella candidata después de dos decepciones anteriores. Madrid acudía, ahora si, con el apoyo de todas las administraciones de verdad, con una ciudadanía volcada, entusiasmada con una propuesta deslumbrante que nos hacía creer que esta vez no se escaparía porque, esta ciudad, tenía el mejor proyecto y además construido, casi en su totalidad. Una candidata que ofrecía uno de los mejores transportes públicos del mundo, una red de comunicaciones más que suficiente, plazas hoteleras, suficiente experiencia en recibir turistas, simpatía a borbotones en una ciudadanía entregada al olimpismo, que despertaba las ilusiones, la imaginación y las ganas de colaborar.

Con todo preparado y cuando la previsión nos hacía saborear la dulzura del éxito, cuando todos los testigos cantaban las excelencias y declaraban que la capital de España tenía la mejor candidatura presentada de la mejor manera posible llego el momento más cruel para los organizadores y, principalmente, para los ciudadanos; para los millones de personas que esperábamos en las calles, en los bares, en los centros de recreo y deporte o en nuestras casas. Cruel. Madrid quedaba eliminada en la primera votación. A los miembros del COI les pareció la peor candidatura, la peor presentación. Justo lo contrario de lo que manifestaban el resto de los obsevadores. Consideraron que cualquiera de las otras dos fue mejor y nos eliminaron a la primera de cambio. No nos dieron opción y a ilusionarnos con esa final entre Tokyo y Madrid; o entre Madrid y Estambul. No. Madrid eliminada. La alternativa que presentaba la capital de la nación no merecía ni siquiera un mayor análisis. Lo que ofrecía Madrid era peor que lo de Estambul. Tokyo era superior a Madrid.

Sin embargo no era así. Madrid era la mejor candidatura, aunque solo fuese por la experiencia adquirida en estas tres intentonas. Pero no ha servido de nada. No se trataba de ser o no la mejor. Se ha elegido lo que interesaba. No la mejor opción.

Siempre me ha parecido un ejercicio poco fiable, este de la elección de sedes, de una y otra índole, pero ahora lo tengo claro ¿para qué? ¿Para qué tanta consideración con los miembros, tantas visitas, tantos arreglos? ¿Para qué tantos desvelos? Cuantas ilusiones frustradas con esa decisión, casi frívola, de muchos de los que se sentaban en aquella gran sala. Voluntades ajenas al trabajo bien hecho al que se le ha quitado la importancia. Pequeños caprichos sentados en grandes sillas cómodas que expresaron una votación caprichosa.

Me recordó al festival de Eurovisión: todo mentira. Gana el que interesa, el que tiene que ganar. El objetivo no es ser el mejor. El criterio es otro pero no lo sabíamos. Si les digo la verdad, siempre he tenido cierto temor a que volviera a pasar esto.

Creo que ha llegado el momento de dejarlo.

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