¡Sosiéguese, señor Presidente!
miércoles 12 de diciembre de 2012, 00:00h
Actualizado: 31/12/2012 11:37h
En los repetidos enfrentamientos dialécticos que Joaquín Leguina y Ruiz Gallardón mantuvieron en la Asamblea de Madrid, el veterano político socialista tenía por costumbre reconvenir al entonces jovencísimo opositor con una coletilla que terminó por popularizarse en la tribuna periodística. Cuando la discusión subía de tono, Leguina declamaba aquello de ¡sosiéguese, don Alberto!. Con el paso de los años, se cumplió también otra de las sentencias favoritas de Leguina y quedo suficientemente demostrado que “su madre no le había parido presidente de la Comunidad”. Hoy en día flotan en el aire tantos conflictos sin resolver, que no sería malo que algún dirigente sensato de la oposición, intercambiándose los papeles protagonistas de aquellos tiempos pasados, le recomendara a don Ignacio González algo muy parecido: ¡sosiéguese señor Presidente!.
Ahí tenemos, cada vez más enquistado, el grano de la posible privatización de varios hospitales públicos y de algunos centros de atención primaria. Finalmente, como nos temíamos, los profesionales del sector han secundado ya varias jornadas de paros generalizados. Las batas blancas, como las palomas madrileñas, abandonan sus nidos asistenciales para posarse en las calles o concentrarse en aquellos lugares donde se les pueda ver y escuchar. Se manejan con proclamas que van calando, poco a poco, en una opinión pública cada vez más atemorizada por tantas calamidades acumuladas. El lema de “la sanidad no se vende” forma parte del paisaje urbano.
La autoridad competente se ha comprometido a reunirse con los médicos para explicarles sus proyectos, pero debería también analizar las alternativas que se le propongan para asegurar la sostenibilidad del sistema. En el camino que va de la presunta quiebra de un modelo en apuros hasta convertir la sanidad en un negocio, debe de haber paradas suficientes para dialogar y encontrar soluciones pactadas. La Dama de Hierro privatizó una porción sustantiva de la sanidad británica y ha vivido lo suficiente para contemplar la cochambre en la que se ha convertido una institución centenaria. Desde que se aprobó aquella iniciativa, el Parlamento del Reino Unido ha tenido que librar fondos públicos, repetidos y reiterados, para evitar el cierre de las compañías concesionarias de tales servicios.
Acabo de escuchar, de sobresalto en sobresalto, a los sindicalistas del Metro anunciar movilizaciones coincidentes con las celebraciones navideñas. Al marguen de los incumplimientos que denuncian, los trabajadores se temen una reducción sensible del servicio y que se deje en manos privadas la explotación de algunas líneas. El temor no ha cuajado por ensalmo y se extiende empujado por las insinuaciones clamorosas del gobierno autonómico. A lo largo de las últimas décadas se ha construido un metropolitano extraordinario, amplísimo, moderno y eficaz, envidiado en toda Europa y que ha facilitado la vida a millones de madrileños, vivan donde vivan. Ahora hay que mantenerlo, suceda lo que suceda en la superficie, y los que trazaron los nuevos recorridos sembrados de estaciones requeridas, repasan los balances comunitarios y no les cuadran las cuentas. Puestos en tal disyuntiva, siempre habrá un liberal que proponga las leyes del libre mercado y la libre competencia como fórmulas magistrales que todo lo arreglan. Alguien debería recordarle que tales soluciones han convertido los trenes de cercanías de Buenos Aires en un transporte mugroso, impuntual, inseguro y atestado de viajeros en las horas punta.
Ignacio González le debe una a Mariano Rajoy. Cuando le propusieron para ocupar la presidencia de Caja Madrid, Rajoy se opuso. Aquella negativa salvó a González del cataclismo padecido posteriormente por la entidad. Un favor de tal calibre, aunque fuera casual, no debe pagarse convirtiendo a la Comunidad de Madrid en un polvorín de ciudadanos cabreados. ¡Sosiéguese, señor Presidente!.