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Lágrimas de cocodrilo

Lágrimas de cocodrilo

Por Enrique Villalba
lunes 17 de septiembre de 2012, 00:00h
Actualizado: 22/09/2012 14:26h
En estos momentos en que parece que España es un iceberg que va a la deriva hacia un supuesto insalvable rescate, recuerdo una frase lapidaria de John Adams, segundo presidente de los Estados Unidos: "Hay dos formas de esclavizar a un país. Una es por la espada. La otra, por la deuda".

Pensando en lo que supondría un rescate, me pregunto si España, más allá de pagar lo que debe justamente, no podría apelar a su soberanía para decirle a Europa que ni hablar del peluquín en lo que se refiere a los ataques especulativos. Que eso nos lleva a la ruina y que el pueblo español como fuente del poder nacional no va a aceptar suicidarse para que salgan las cuentas en el Bundesbank, el Banco Central Europeo o el Fondo Monetario Internacional. Para empezar, porque dos de nuestros principales acreedores, Alemania e Inglaterra, son conocidos por no pagar sus deudas. Los germanos se caracterizaron por no pagar las indemnizaciones que aceptaron después de ser corresponsables de dos guerras mundiales que acabaron con millones de personas. Los británicos hicieron lo propio al dejarle a deber miles de millones a Argentina en la segunda guerra mundial por la carne y el trigo que les mandaron. Y encima consiguieron que Perón les tuviese que comprar ferrocarriles al doble del precio estipulado.

Pero más allá del argumento de los 'simpa' estatales, de los que España ha sido matrícula de honor a nivel histórico, están los motivos por los que se rescata. La deuda pública responde en parte a la política económica solidaria que, a principios de la década anterior, los países mediterráneos tuvieron, cuando iban como una moto, con Alemania, que sufría una crisis fortísima. En ese momento hubo que mantener tipos de interés y otros índices macroeconómicos en términos perjudiciales a nuestros intereses para mantener la locomotora alemana en marcha. Ahora, cuando nos quedamos atrás, el amigo germano se vuelve en el recaudador que viene con el látigo de siete colas. Y no piensen que tengo especial aversión a los alemanes, que el ciudadano de a pie no tiene ninguna culpa. Lo que pasa es que en plenas vacas flacas deberíamos darnos cuenta de que la Unión Europea no ha sido un club colegiado, sino una reunión de pastores que ahora se cobran las ovejas. Un equipo donde, a las malas, la filosofía que se está implantando es que los 'pavones' deben matarse a trabajar por menos para que los 'zidanes' mantengan o incluso incrementen sus privilegios. Y encima se permitirán el lujo, como Cristiano Ronaldo, de decir que están muy tristes y llorarán lágrimas de cocodrilo.

Pero no es lo único que hay que tener en cuenta. Es que el español medio no puede responsabilizarse de la deuda privada de las grandes empresas cuando las pymes funcionan como familias que no gastan más de lo que tienen. Tampoco de entidades financieras a las que hay que echar el salvavidas del dinero público para entregárselas, ya saneadas, de nuevo, a los mismos que las infectaron. Eso es como darle barra libre a un vampiro en un banco de sangre. Ni siquiera deberíamos hacernos responsables de las locuras que los políticos han hecho con dinero público, como infraestructuras faraónicas o sistemas clientelares insostenibles. A pesar de que se empeñen en decir que lo llevaban en los programas electorales. La política es elegir entre lo que se puede y no se puede hacer. Lo que es pertinente y lo que no.

Como digo, ¿no nos podemos negar a pagar? ¿Los políticos tienen que argumentar que la población española tiene que tener el pundonor de responder a sus deudas cuando gran parte del problema no lo ha creado ella? ¿Hay que aceptar cubrir a bancos y empresas mal gestionadas con el recorte del sistema de todos antes que con el ataque a los responsables reales? Creo que no es necesario. Aunque yo participe en el sistema democrático con mi voto, no puedo hacerme responsable de la casta aparte en la que se han convertido los políticos, ni de cómo sus acciones benefician a aquellos que extienden sus tentáculos hasta los salones del poder. Desde el momento en que no cumplen con el contrato que han hecho con los ciudadanos y no defienden los intereses de los españoles están traicionando el sistema y, por extensión, están deslegitimados para representarlo. No se dan cuenta de que si esquilman a los que representan corren el riesgo de sacar sangre en vez de leche, como bien dijo Baltasar Gracián.

Para el ciudadano que se siente en el atolladero está clara la salida: movilizarse contra los malos. Y los malos no son los funcionarios, los sindicalistas, los de izquierdas o los de derechas. Los malos son los que nos están mandando al tercer mundo y encima nos dicen que los malos, los vagos y los irresponsables somos nosotros.
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