La teoría evolutiva sostiene que los organismos estamos diseñados para maximizar los dos componentes que definen nuestra eficacia como seres vivos, es decir, la supervivencia y la reproducción. En este contexto, ha habido tres innovaciones biológicas que han tenido un impacto evolutivo de enorme trascendencia. La primera es la reproducción sexual, que nos obliga a encontrar y persuadir a otro individuo con el que es preciso cruzarse para producir descendientes. La segunda es el cuidado parental, que nos fuerza a utilizar una parte importante de nuestro tiempo y energía para atender y educar a nuestros descendientes si queremos que éstos logren sobrevivir y reproducirse. La tercera es la socialidad, una forma de vida agregada que incrementa nuestras posibilidades de sobrevivir en la lucha por la existencia (comer y no ser comido), y en respuesta a la agresión social y otras formas de hostilidad generada por la propia vida en sociedad.
La teoría evolutiva nos ha enseñado que aventuras biológicas tan audaces y revolucionarias como la sexualidad, el cuidado de los hijos y la socialidad, que las apariencias nos empujan a contemplar como empresas genuinamente “cooperativas”, son en realidad escenarios en los que los conflictos de intereses entre las partes constituyen sus principales señas de identidad. Por mucho que cada parte necesite a la otra para lograr algo que individualmente resulta inalcanzable, siempre existe un margen, en ocasiones muy amplio, en el que los intereses de los individuos implicados son divergentes e incluso antagónicos. Un ejemplo clásico de esta situación es la relación de pareja en general y la que tiene lugar en el sistema de emparejamiento de tipo poliginia, es decir, cuando un macho se empareja simultáneamente con varias hembras, en particular.
En muchas especies, la nuestra incluida, expresar las preferencias a la hora de hacer amistades o de establecer parejas no siempre resulta fácil, como tampoco lo es negociar roles igualitarios dentro de las relaciones. En la práctica, lo que realmente ocurre dentro de algunas relaciones es que la asimetría de poder entre los individuos es lo suficientemente grande como para que las preferencias de unos queden seriamente silenciadas porque otros imponen sus condiciones por la fuerza. Este fenómeno, denominado coerción, está recibiendo atención por parte de investigadores de distintas disciplinas, tanto sociales como biológicas, con el fin de dilucidar qué factores pueden promover su existencia y su evolución.
Un estudio realizado por el
Grupo de Estudio del Comportamiento Animal y Humano de la UCM -enmarcado dentro del programa de investigación del grupo sobre las causas próximas y últimas de la socialidad- pretende profundizar en el fenómeno de la coerción sexual, que requiere no sólo demostrar que la agresión del macho incrementa su eficacia biológica -en este caso, el número de óvulos que inseminará- sino también que dicha conducta supone un revés evolutivamente significativo para las expectativas reproductivas de la hembra, puesto que ésta es forzada a emparejarse con un macho que ella no ha elegido y porque reduce el ya limitado número de proyectos reproductivos en los que ésta se puede implicar.
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“Nuestro estudio utiliza datos sobre abducciones de hembras en una colonia de babuinos de desierto (Papio hamadryas) alojada en el
Zoo de Madrid para poner a prueba algunas hipótesis sobre la naturaleza de estos eventos que también ocurren de forma espontánea en el hábitat natural de la especie”, explica Fernando Colmenares director del
Departamento de Psicobiología de la UCM y coautor del estudio publicado en la revista Behavioural Processes.
Se trata de una especie de primate de talla media, con dimorfismo sexual acusado (el macho pesa hasta un 75% más que la hembra), cuya unidad social y reproductiva básica es el harén, constituido por un macho reproductor y varias hembras sexualmente maduras, y que, a diferencia de lo que ocurre en la mayoría de las otras especies de primates (e incluso de mamíferos), en las que las hembras suelen quedarse de por vida en el grupo en el que han nacido, las hembras del babuino hamadríade son transferidas de unos harenes a otros por los machos, que recurren a una conducta agresiva conocida como “pastoreo” para hacerlo.
Las hipótesis que se evalúan en este estudio son que la conducta de pastoreo es una estrategia agresiva utilizada por el macho para condicionar a las nuevas hembras a seguirlo; que las hembras así abducidas intentan inhibir la agresión del macho mediante el espulgamiento (una forma de estimulación táctil que contribuye a calmar al macho agresor), y, por último, que esta inmigración forzada de una hembra a un nuevo harén escapa al efecto negativo de mercado –dependiente de la relación entre la oferta y la demanda- que habitualmente tiene el tamaño del harén (número de hembras residentes) sobre las posibilidades de la hembra de cultivar su vínculo con el macho y de beneficiarse de los servicios que éste puede proporcionar. En un harén grande, los servicios que cada hembra puede proporcionar están devaluados (porque la oferta es mucho mayor que la demanda), mientras que los servicios del macho están sobrevalorados (porque la oferta es mucho menor que la demanda). Cuanto mayor es el número de hembras con las que hay que compartir los servicios del macho, mayor es la competición entre ellas.
Los resultados del estudio confirmaron las tres hipótesis
La transferencia de hembras de unas unidades sociales a otras en esta especie constituye un buen modelo para investigar la manera en la que los individuos negocian sus conflictos de intereses -por ejemplo, los términos de su relación- en un escenario muy común en muchas especies. En efecto, se trata de un escenario en el que los individuos varían en su capacidad para imponer sus deseos por la fuerza, y sus decisiones es preciso tomarlas en un contexto social adverso, porque el débil opone resistencia a la coerción y porque la competición con terceras partes se exacerba.