Los cementerios se han convertido en un objetivo apetecible para los ladrones: lugares solitarios y poco transitados con escasa vigilancia en los que se puede encontrar gran cantidad de cobre y bronce. El hecho de que estos metales se encuentren en forma de crucifijos o vírgenes no parece frenar a los 'cacos'.
"Una tumba es sagrada. ¿Dónde se ha visto que se lleven un Cristo, un asa o incluso unas flores?". Manuel lleva 32 años trabajando en los cementerios de La Almudena y de Carabanchel, pero nunca había visto una ola de robos como la que sufren ahora los cementerios madrileños. "No respetan nada. No hay derecho a que llegues a visitar a un familiar y te encuentres con que han destrozado la tumba".

Y eso, precisamente, es lo que le pasó a él hace apenas dos meses. "Vine a poner unas flores a mi padre y me encontré con que se habían llevado las argollas de la lápida. Es algo que no había visto en la vida". En los últimos meses, sin embargo, se ha tenido que acostumbrar a verlo casi a diario.
Manuel, que se jubiló hace ya varios años, sigue acudiendo cada día al cementerio de Carabanchel para hacer trabajos de limpieza y mantenimiento en algunas tumbas. "No hay ni una sóla lapida que conserve las cuatro argollas, y en otras se han llevado hasta los cristos o las vírgenes", lamenta.
Un rápido paseo entre las tumbas de este cementerio madrileño confirma la denuncia de Manuel, que atribuye una gran parte de la responsabilidad de estos robos a los chatarreros sin escrúpulos. "Tiene más culpa el que lo compra que el que lo roba", sentencia.

Y es que los robos en los cementerios se han convertido en la evolución natural de uno de los delitos 'estrella' de la crisis, el robo de cobre. "No sabemos si los autores de estos robos están desesperados o son unos golfos -señala el director de Cementerios de la Empresa Mixta de Servicios Funerarios, Agustín Mezcua-. Lo que sí parece claro es que son un producto de la crisis".
En los últimos meses, los ladrones han descubierto que los cementerios podían convertirse en una mina: grandes cantidades de metal en un lugar solitario, poco transitado y con escasa vigilancia. "Estamos muy preocupados por estos robos -denuncia Mezcua-. No tanto por la cantidad de lo que se lleven, sino por los destrozos que causan y, sobre todo, por el golpe anímico que supone para las familias".
Es

e golpe se lo llevaron hace unos meses María Luisa San Miguel y Daniel Lozano. Durante una visita a un familiar fallecido, descubrieron con indignación e impotencia que les habían robado las cuatro argollas de la lápida. "Llevaban allí 40 años", lamenta María Luisa. "Ni siquiera nos hemos planteado reponerlas, porque se las volverían a llevar al día siguiente", prosigue Daniel.
Ellos suelen venir al cementerio "cada quince días", aunque cada vez les da más reparo hacerlo entre semana. "Los fines de semana hay más movimiento de gente, pero entre semana da miedo venir", confiesa María Luisa. Desde la Policía Nacional aseguran que no hay una cifra exacta del número de robos de este tipo que se han producido en los últimos meses, aunque otras fuentes calculan que, durante el año 2010, se han producido cerca de 300 saqueos de tumbas sólo en el cementerio de Carabanchel.
Y es

o que los cementerios municipales cuentan con vigilancia privada. En el de Carabanchel, por ejemplo, hay dos vigilantes que cubren toda la jornada en turnos de doce horas. Los sindicatos, sin embargo, lo consideran insuficiente y denuncian que en el último año, coincidiendo con este repunte de los robos, se ha reducido el número de vigilantes en los camposantos madrileños.
"Para un cementerio como el de Carabanchel, que tiene 85 o 90 hectáreas, un sólo vigilante patrullando con un coche es absolutamente insuficiente", denuncia el secretario sectorial de Seguridad de UGT, Pedro Ángel Sánchez. Antes de los recortes, según Sánchez, había tres vigilantes por cada turno. Y lo mismo ha ocurrido en el cementerio de La Almudena, donde el número de vigilantes ha pasado de seis a dos desde el pasado verano. "Están completamente vendidos", insiste.
Pero esta reducción en la seguridad se ha suplido con cámaras de videovigilancia, algo que, a juic

io del director de cementerios, es suficiente para combatir la delincuencia. "El sistema de vigilancia actual es el más adecuado para el contexto de crisis que estamos viviendo -defiende Mezcua-. Por mucha presencia policial que haya, nunca se va a poder eliminar el delito".
Pero hay que seguir intentándolo. Por eso, otra de las claves para tratar de frenar esta oleada de robos es la coordinación entre los servicios de vigilancia privada y la Policía Nacional. "Hay una comunicación constante y fluida y les facilitamos todos los datos o imágenes de las personas o vehículos que consideramos sospechosos", señala el responsable de los camposantos madrileños.
Ahora, además, los robos de cobre han dado paso a atracos, asaltos y destrozos en los coches de quienes acuden a visitar a sus difuntos. Hace apenas dos semanas, la Policía Municipal de Madrid detuvo a una pareja que se había especializado en este tipo de golpes. "Están robando muchas asas, cristos, e incluso los coches -señala Miguel mientras coloca un ramo de flores sobre la tumba de su padre-. El vigilante siempre me advierte de que hay muchos robos, pero te confías porque no crees que vaya a pasar nada en un sitio como éste y siempre me lo dejo abierto y hasta con las llaves puestas".

Pero no es la única intervención policial que se ha producido en los últimos meses contra los saqueadores de tumbas. El pasado mes de diciembre, la Policía Nacional sorprendió a cuatro jóvenes saltando la tapia del cementerio de Vicálvaro. Llevaban un saco cargado con varios crucifijos que acababan de arrancar para venderlos después como chatarra.
Según fuentes policiales, por uno de los crucifijos de mayor tamaño (de algo menos de un metro de alto) pueden sacar hasta 150 euros. Los más pequeños, de cerca de dos kilos de peso, se pagan a 50 o 60 euros, mientras que las argollas -que los ladrones arrancan fácilmente con una palanca- se venden por menos de diez euros. "Un Cristo original puede costar cerca de 500 euros -recuerda Tomás, otro ex empleado del cementerio que también ocupa su tiempo cuidando de las lápidas de algunas familias-. Los que se los llevan son unos granujas", sentencia.