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Las de Caín: juguete veraniego

Las de Caín: juguete veraniego

viernes 15 de julio de 2011, 00:00h
Actualizado: 18/07/2011 10:45h
El 23 de diciembre de 1958 se estrenó en el teatro de La Zarzuela una versión de “Las de Caín” con ilustraciones musicales de Pablo Sorozábal y su hijo. El veterano compositor dirigió la orquesta. Más de medio siglo después este curioso espectáculo vuelve para una breve temporada en el teatro Español. Ángel Fernández Montesinos dirige la escena y Montserrat Font la orquesta.
La comedia original de los hermanos Álvarez Quintero, estrenada el 3 de octubre de 1908 en La Comedia, es un divertido fresco de una sociedad de medio pelo, de un matrimonio empeñado en casar a sus numerosas hijas con cualquier artimaña. Las partituras de Sorozábal no enriquecen nada la historia original. Los compositores hicieron acopio de ritmos populares, el schotis, el vals o el pasodoble, para acompañar las peripecias de las hijas casaderas, sus pretendientes y el pretencioso tío Cayetano. En este montaje el volumen orquestal tapó continuamente las voces de los actores, poco dadas a los gorgoritos. Solo Javier Galán volvió a mostrarse como el excelente cantante que es. A destacar también, en el aspecto lírico, la divertida parodia de la ópera italiana con un concertante masculino estupendamente resuelto.

Estamos ante una producción pensada para el entretenimiento veraniego y cumple perfectamente esta pretensión. Con una puesta en escena luminosa y unos bonitos figurines de Artiñano, Montesinos ha reunido un reparto heterogéneo en el que sobresalen algunos de los veteranos intérpretes. Francisco Valladares, como el tío Cayetano, realiza un trabajo descacharrante, que arranca los aplausos en todos sus mutis. Cada escena suya es un compendio de gracia y dominio escénico. Resulta corta la aparición de María Garralón, merecedora de estar más frecuentemente sobre las tablas. Cumplen Marisol Ayuso y Luis Álvarez, así como la cuadrilla de pretendientes en la que sobresalen Javier Galán, como ya he reseñado, y Ángel Ruiz. Las niñas casaderas son la parte más floja de esta producción, seguramente por la necesidad de conjugar interpretación musical y escénica y porque cada una de ellas es un arquetipo bastante insoportable de los caracteres femeninos.

Hay algunos momentos especialmente brillantes, como la escena del anónimo, con una eficacísima Trinidad Iglesias. Ese segundo acto es el más dynamico de todo el espectáculo, mientras que el tercero parece una coda para sacar más partido al personaje de Valladares y poner un punto final feliz.

A la vista de esta resurrección, también nos gustaría volver a una buena producción de la comedia original, vista por última vez en La Latina el año 1993. Seguramente descubriríamos la amargura y el ingenio de derrocharon los Quintero.
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