miércoles 06 de julio de 2011, 00:00h
Actualizado: 15/07/2011 13:04h
Pedro González de Velasco se consideraba, sin duda, un hombre afortunado. Corrían los años finales del siglo XIX y si observaba la vida desde la distancia de sus seis decenios, esta había terminado por llegar a buen puerto. Desde que dejó, pobre como las ratas, su pueblo segoviano de Valseca hasta el palacete madrileño que ahora le servia de vivienda y muestra de sus aficiones, el camino había sido en linea recta y siempre ascendente, aunque no carente de dificultades o necesitado de esfuerzos.
Estudia de joven latín en Segovia y es soldado para ganar algo de dinero. Se traslada a Madrid al morir sus padres, y comienza a estudiar medicina. Pero el estudiar no da de comer, y para esa parte de su vida, que no puede dejar de lado, tiene que dedicarse a ganar dinero en cualquier ocupación. De obrero a sirviente, de escribiente a transportista. Incluso realiza parte de su educación en la Iglesia, para cual incluso hace unos votos iniciales. Todo cuesta y todo vale, pero da sus frutos. En tres años es practicante. En ocho, cirujano.
Desde el palacete donde ha terminado por vivir puede ver el hospital donde ha ejercido como médico durante tanto tiempo: el Hospital Clínico San Carlos. Nosotros, que contamos con la ventaja de conocer la historia de antemano, sabemos que su casa es ahora, un par de siglos después, el Museo Antropológico, y que el Hospital se ha convertido en el Museo Reina Sofía. Desde luego, no hay que quitarle mérito al amigo Pedro: donde pisaba en vida ha terminado siendo un espacio dedicado a la cultura. En lo del Reina Sofía no tuvo mucha culpa, la verdad, pero si que la tuvo en lo del Antropológico. Porque fue su afición a todo lo relacionado con otras culturas lo que a la postre fue la base de su creación. Gracias al dinero conseguido con su habilidad para cortar, hizo numerosos viajes de los que en lugar de postales, se traía esqueletos de gigantes o momias guanches, que para que se va a traer de las Canarias una miniatura del Icod, como todo hijo de vecino.
El caso es que entre los viajes y su creciente ascendencia en los círculos sociales, consigue que en 1873 construirse el chalecito que ahora podemos contemplar enfrente de la Estación de Atocha y que el mismísimo Alfonso XII lo inaugure en 1875 como Museo Anatómico. El monarca, tan dicharachero y bonachón como su bisnieto Juancar, le preguntó ese día sobre un deseo para poder continuar su labor. Y Pedro, sincero aunque pelín tétrico, sólo se le ocurrió pedirle: Cadáveres para enseñar a los vivos. Menos mal que era cirujano, que si no...
Pero poco puede saber Pedro el giro final que el camino de su vida va a dar en los próximos años. Si una de las cosas que más le importa en la vida es su afición antropológica, la otra es su hija Conchita, una niña rubia, delicada y menuda, por la que el doctor daría todo lo conseguido. Y Conchita caerá enferma de tifus según algunos, de tuberculosis según otros. Sea cual fuera la enfermedad, será tratada por un médico de garantías, el Dr. Benavente (Padre del escritor Jacinto Benavente).
Pero nuestro doctor, probablemente acostumbrado a tener siempre razón, a salvar con su esfuerzo cualquier escollo, duda del tratamiento aplicado. Y decide por su cuenta y riesgo dar a su hija una medicina de elaboración propia. Medicina que , a la postre, hará empeorar su estado y, al final, acelerar su muerte. La desesperación de nuestro protagonista será inmensa. Se culpará, en parte con razón, de su muerte, le parecerá que nada tiene sentido y, entre nosotros, no le sentará nada bien a su mente. Se encerrará con su ayudante y el cadáver durante días y procederá a embalsamarlo. Quiere conservar a su pequeña de la manera que sea.
Y las leyendas dirán que la mantuvo vestida de novia en su casa-museo. Contarán que alguien vio en la Opera a Conchita, la momia más famosa de Madrid, que la sienta a la mesa al menos una vez a la semana y que mantiene conversaciones con ella mientras cenan en perfecta armonía familiar. Desde luego, por parte de la novia cadáver (unos cuantos años antes de Burton, por cierto), no habrá réplica ninguna. Dirán que el día que no viaja con su hija, un retrato con velas adorna el coche del Doctor Velasco, que será aupado ya al protagonismo de cualquier tertulia madrileña que se precie.
Lo cierto es que la momia acompañara, de una manera u otra, quien lo sabe, los últimos años del doctor. Y que después también hará lo mismo con los de su ayudante, que por lo visto también habría sido su prometido. Y que con el correr de los años, ya triste y sola, sin siquiera leyendas olvidadas para acompañarla, yacerá (aún lo hace, por lo que sabemos) en algún rincón del Instituto Anatómico Forense. Y puede que también, si hubiera el silencio suficiente, se podrá oír el lamento susurrado y fantasmal de un doctor que todo creyó hacerlo bien, y que nunca quiso ser el padre de la momia.