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Te invito al Fornos

Te invito al Fornos

domingo 10 de abril de 2011, 00:00h
Actualizado: 15/04/2011 09:20h
 
Estaba en la esquina de Alcalá con Virgen de los Peligros. Estaba. Pasado. No me acuerdo de qué tipo y no tengo ganas de repasar en estos momentos mis conocimientos de Lengua. Aunque puede que se le pudiera llamar un pasado imperfecto. Pero será que a mi me gustan las imperfecciones, porque yo quiero otro Fornos.

Pero perdón, con la divagación me he olvidado de ti. Ni siquiera te he dicho que el Fornos era un café. Un café-café, de los de antes. Un local que desde estos se antoja especial, un poco mágico, con esa magia que da lo que nos cuentan las viejas historias contadas, precisamente, delante de un café. Tengo una idea: ¿por qué no te invito a un café en el Fornos? Es fácil. Cerremos los ojos mentalmente un segundo y ajustemos la fecha de nuestra máquina del tiempo particular a un día cualquiera del año 1902, por ejemplo. Te espero. ¿Ya?

Venga. Como te decía, estamos enfrente de la esquina de la Calle Alcalá con Virgen de los Peligros, en pleno centro de Madrid. Cómo no, el edificio que ves necesitó que se demoliera un convento para construirse. En esta ciudad, eso no constituye demasiada sorpresa, medio Madrid se construye sobre lo que eran edificios religiosos. El Café fue ideado ya desde la concepción del edificio, y fue inaugurado el 21 de julio de 1870. Pero pasemos dentro. Tú primero.

El cronista de la fiesta de apertura que te contaba antes fue ni más ni menos que Gustavo Adolfo Bécquer. Con semejante padrino, imagínate el bautizo. Fíjate en la decoración. Todo lo mejor de lo mejor. Durante casi 40 años, el local más de moda de Madrid. Los mejores pintores en las paredes y los mejores literatos en las mesas. Mira, allí está Manuel Machado, justo detrás de Baroja, que está comiendo algo con Azorín. Seguramente, ambos están esperando a Unamuno. Más que un café, esto parece mi clase de literatura de primero de BUP.

¿Qué quieres tomar? Si tienes hambre, te recomiendo el Bistec a lo Fornos, la especialidad de la casa, una delicia. También puedes pedirte el Pepito de Ternera. Dicen algunos que lo inventaron aquí. Si lo que prefieres es algo dulce, prueba con un Felipe. Es una tartaleta de hojaldre y nata que crearon en honor de Felipe Duzcalcal. Como ves, además de café, es un restaurante más que decente. En realidad, uno de los mejores y más visitados de Madrid. Por aquí pasa lo mejorcito de la ciudad, desde los de alta alcurnia hasta los horteras de las tiendas para ver que se cuece por la capital. Mira, allí está Paco. No, no es ninguna persona, hombre, es el Perro Paco. Se ha hecho asiduo del local, y por ende de los periódicos de Madrid, desde que un día de San Francisco pasó por aquí y al Marqués de Bogaraya le cayó en gracia después de darle un mendrugo. Todo Madrid le conoce. Hasta libre entrada en la Plaza de Fuente del Berro tiene, y dicen que salta a la arena después de la muerte de cada toro para divertir al respetable con sus cabriolas y juzgar de esa manera la faena. Los toreros le tienen en gran estima. Aunque entre tú y yo, y como estamos aquí sólo de visita y ya sabemos unas cuantas cosas de las que pasarán, esa plaza será su perdición. Un torero precisamente le asestará un golpe mortal cuando salte sin que haya terminado su faena y el Diestro utilize con él su estoque en lugar de con el astado. He de añadir que al Torero le querían linchar y tuvo que salir por piernas.

Ya ves, todo un pequeño Teatro del mundo es el Café Fornos. De lo más alto a lo más bajo. Amadeo I de Saboya solía almorzar en aquel reservado de allí, a la izquierda. Se cuenta que fue esperando su comida en ese mismo lugar cuando recibió la noticia de que ya no era rey. Y no fue el único monarca que solía traspasar sus puertas. También Alfonso XII asentaba sus reales posaderas y sus reales juergas alguna que otra vez. Sin embargo, no pienses que sólo venían personajes de tronío.  El Fornos se hizo famoso también por ofrecer un menú económico a partir de las 12 de la noche, que rápidamente se popularizó entre aquellos que, saciado el espíritu con una obra de teatro, zarzuela o vodevil, salían de los locales con el hambre de toda la vida. Y se montaban aquí unas juergas de cuidado. Raro era la semana que no amenizaban esas veladas algún cantante de flamenco de buen nombre y mejor arte. ¿Ves las escaleras del fondo? Van a los reservados. Desde juergas de esos flamencos que te he comentado, hasta tertulias con lo mejorcito de los madrileños. Allí se habrán cerrado acuerdos claros y más oscuros, se habrá hablado de la vida y la muerte, de adonde vamos, de dónde venimos y de qué vamos a pedir para la cena.

Ya ves. Un pequeño Teatro del Mundo en el centro de Madrid. De reyes a horteras, de marqueses a toreros, de flamencos a escritores, de perros a 'pájaros' de toda clase y condición. El Fornos terminó por morir del paso del tiempo que él mismo había contribuido a hacer correr. Su mundo nocturno hizo que atrajera demasiado las miradas de las autoridades, quienes terminaron por decidir que cerrasen a las 12. Y el Fornos, entre unas cosas y otras, fue muriendo de tristeza. Terminó por cerrar antes de que acabara la primera década del siglo que hizo pasar Madrid de gran Villa a capital europea.

Quizás, simplemente, ya no fuera su tiempo. Pero yo lo echo de menos sin haberlo conocido más que en estos viajes-sueño. ¿Has terminado el café? Nos vamos ya si quieres. Volveremos más veces al Fornos. A su mundo en miniatura, al Madrid donde todo era más pequeño que ahora, pero también más visible, aunque suene contradictorio. Volveremos al Café del Fornos, a saludar a Machado o a Baroja, a tomar un bistec o a palmear a los flamencos. Daremos una palmadita en el lomo al Perro Paco y alquilaremos una habitación en los bajos para arreglar el mundo una enésima vez. Puede que a la próxima veamos a Mata Hari, que dicen las malas lenguas que también estuvo un rato por aquí.

Un placer, vecino. Espero que repitamos en el Fornos. Por cierto, al volver a nuestro tiempo verás que el local sigue siendo, a pesar de todo, un café. Pero es un Starbucks. Los tiempos cambian. A veces, para peor.
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