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Crítica teatral

Un tranvía llamado deseo: Vicky du Bois

Un tranvía llamado deseo: Vicky du Bois

viernes 25 de febrero de 2011, 00:00h
Actualizado: 28/02/2011 08:07h
Cuarenta años después del estreno en España (González Vergel, 1961) podemos ver en el teatro Español Un tranvía llamado deseo. Ahora está dirigida por Mario Gas, con Vicky Peña como Blanche Du Bois, Ariadna Gil como Stella y Roberto Álamo como Kowalski. Por encima de cualquier otro análisis, estamos ante un nuevo excepcional trabajo de Vicky Peña.
Gas dirigió uno de los mejores Williams de los últimos años: 'El zoo de cristal' (1995). Por eso esperábamos con interés la nueva incursión en este dramaturgo. Una cosa hay que reconocerle: no ha caído en la tentación de acortar el texto, como se está haciendo ahora con demasiada frivolidad. Pero uno tiene la impresión de que Gas ha trabajado a fondo con la primera actriz y ha dejado al resto desamparados a su suerte. Y el resultado final es un espectáculo sin nervio, sustentado por el formidable esfuerzo de Peña. Ariadna Gil se fía de su instinto y resuelve con emoción sus escenas más peliagudas. Y luego está Kowalski -Roberto Álamo-, un violento obrero capaz de desmontar a puñetazos el hermoso y delicado juguete que es su cuñada Blanche.

Recuerdo que cuando Tamayo preparaba este drama en 1993, le pregunté si tenía ya Stanley. Creo que había tentado sin éxito a Bardem y no encontraba actor a su gusto. Llegó a decirme: "Tendré que buscar machos entre los futbolistas, a ver si encuentro uno que transmita animalidad". Aclaro que todavía no había llegado la metrosexualidad al fútbol.

Que Álamo es un buen actor, acaba de demostrarlo en 'Urtáin'. Pero aquí no llega a la carnalidad que se supone al personaje. Tampoco en el espectáculo se percibe ese ambiente de vulgaridad y grosería del que se queja Blanche. La actriz lo cuenta, se lamenta, pierde los nervios, pero a su alrededor no se percibe esa opresión. Tal vez el director quiere que pensemos que Blanche, realmente, está en otro mundo y no es capaz de evaluar el que tiene alrededor. Vicky Peña entra en escena como una estrella de Hollywood y lo abandona como tal después de haberse asomado al abismo.

A mí me produce escalofríos ver cómo un personaje se apodera de esta forma de una actriz, la posee. Y el trabajo de Vicky Peña es de los que no pueden hacerse desde la superficialidad, tirando de trucos del oficio. Hay momentos memorables: las dos escenas con Mich (Alex Casanova) y la seducción del adolescente. Luego está el tremendo segundo acto, con una borrachera larga y contenida, al estilo de las que hacía Mary Carrillo en sus tiempos gloriosos. Creo que todos los aficionados al teatro conocemos al dedillo la escena final del tranvía, la frase lapidaría de Blanche. Pero aquí la actriz no se permite la mínima concesión a los fuegos artificiales. Es una mujer que se cree firme, que actúa como tal, que no sabe nada de su locura. Solo tiene un rapto de rabia cuando se siente tratada con desconsideración. Pero, al darle un extraño delicadamente la mano, vuelve a confiar y a depender de la bondad de este -o cualquier- extraño.
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