La casa de los mil sueños
jueves 10 de febrero de 2011, 00:00h
Actualizado: 28/02/2011 14:12h
Siempre he pensado que esa casa se merecía una buena historia, una de esas de leer de un tirón, de las que te tienen enganchado de la primera a la última página, de las que dice Ojazos que le cuesta despedirse. A veces me quedaba observándola desde la acera de enfrente. Es vieja, surcada de arrugas, sus terrazas en forma de grietas y en cada grieta un sueño que se quedó enganchado allí mientras dormían en ella. Tiene muchas grietas, así que quizás fueron mil sueños, o dos mil, o tres millones. Que alguien me enseñe a contar sueños.
Un amor imposible entre vecinos, sellado por miradas de rellano y de soslayo en la escalera. Envidias traicioneras entre el cuarto y el segundo por un quítame allá esas luces que no encienden. Cientos de pasiones en sus camas, de rutinas, de ya está la cena y quítame la mesa, plánchate la camisa y plánchatela tú si es que eres tan hombre, a mí no me hables así, yo te hablo como me sale de los ovarios... Y hay una maleta más en la puerta y un inquilino menos en la escalera, y doña Rosa aprenderá a vivir sola, y a enseñar a coser y a coser para la señora de la casa grande esquina Goya, hasta que la duelan los dedos de tanto intentar llenar la olla los días de diario y a invitar a sus hijos a una cañita (ella una clara con limón) los fines de semana.
Y está el chico del tercero, el que supo que le gustaban los hombres el mismo día que aquel policía de ojos imposibles le pidió el carnet en el portal y un beso en el descansillo, aunque eso significó que Conchita le viera y tuviera que irse a vivir porque su madre lo entendía, aunque no le pareciera bien, pero él nunca había soportado ver llorar a su madre. Y aquel chileno del último piso, que decía que había sido amigo de Neruda y secretario de Allende, y que doblaba las esquinas casi por arte de magia, porque decía que así se habían llevado a sus amigos, y que de cualquier esquina te podía venir un billete al Estadio. Y él podía tener alma de poeta, pero no de futbolista. Mil sueños, mil risas cada mes, un kilo de abrazos al día, más lágrimas de las una sola persona pudiera soportar, y por eso si alguien lloraba, parecían ponerse tristes todos. Todo esto es mentira, o verdad, no lo sé. Solo sé que sus arrugas me dicen que es viejo y que está cansado. Y quiero pensar que le ha merecido la pena pasarse por aquí.
Y pensar también que antes de que la derriben para hacer otro edificio, que vivirá de otra forma pero no tendrá terrazas y sí mucho cristal, con piscina cubierta, garaje y cámara en el portero, que volverá allí la pareja del segundo derecha, José y Carmina, y se pondrán como yo a mirar la que fue su casa de los sueños y de sus hijos, y se darán el último beso delante del portal, de esos apasionados que solo sabía dar el Cary Grant o a lo sumo Gary Cooper, y se lo dedicarán a las arrugas, que son las mismas que aparecen en su caras.