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Crítica teatral.-El mal de la juventud: incurable

Crítica teatral.-El mal de la juventud: incurable

miércoles 10 de noviembre de 2010, 00:00h
Actualizado: 12/11/2010 12:18h
En 1926 se estrenó 'El mal de la juventud', de Ferdinand Bruckner. Ahora se puede ver en La Abadía, hasta el 28 de noviembre, con un montaje que dirige Andrés Lima. Han pasado más de ochenta años sobre este drama y se le han quedado todos encima como una losa. Aunque ya sabemos que la juventud es una enfermedad que se cura con los años, la de esta obra no tiene remedio.
No sé si entre las intenciones de productores y director, a la hora de poner en pie este texto, se hallaría la de establecer una analogía entre los males que acechaban a los jóvenes en los locos años 20 y los que planean hoy sobre ellos. Tal vez. Hay tentaciones comunes: alcohol, sexo, drogas, desesperanza, hedonismo… pero más allá de estos paraísos artificiales, no queda casi nada. Y en las dos horas de función se manifiesta. Esta pandilla de amigos lanza unos discursos plagados de tópicos y frases grandilocuentes que acaban por aturdir. No es problema de la excelente traducción. Es que esos jóvenes de los años veinte son viejísimos comparados con los actuales. Por mucho que bailen charlestón o escuchen Jazz, más veces de las deseadas.

Andrés Lima coloca a los protagonistas como en una pecera, limitados sus movimientos por una cuarta pared imaginaria. Así el público puede observarlos con curiosidad de entomólogos. Parece que las relaciones entre ellos acabarán derivando en una orgía salvaje, pero terminan con un suicidio. Y eso que hay un corruptor muy malo y muy sexual que induce al robo y a la prostitución; una condesa entre ninfómana y lesbiana; una criadita de pueblo muy moldeable; una pareja de idealistas y una mujer luchadora, la mejor estudiante de todos. Sus fiestas parecen de fin de curso en un colegio religioso comparadas con los botellones de este siglo XXI. Pero las pocas expectativas de esa generación teatral son todavía demasiadas comparadas con las de nuestros jóvenes.

Hay un excelente reparto de jóvenes actores. Su trabajo es físicamente extenuante y emocionalmente duro. Todos encajan en sus personajes y los hacen creíbles, aun teniendo que soltar sus pedantes parrafadas. Quedan al final, para resolver el drama, Marta Aledo, Sandra Ferrús e Iván Hermes en una tremenda escena, con desnudos incluidos, francamente agotadora.
Pronto se repondrá otra obra –española- sobre la juventud actual: Los ochenta son nuestros. ¡Miedo me da!
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