De bailes prohibidos a patrimonio cultural del pueblo ruso. Las danzas del pueblo cosaco se suben al escenario para ofrecer a los madrileños un viaje de dos horas a la Rusia de los zares.
De la lucha al amor pastoril, de la picardía de las cortesanas al manejo de picas y espadas de los soldados del zar. Así se suceden los acontecimientos en el espectáculo que trae hasta el 15 de agosto el Teatro de Madrid: Danzas Cosacas, a cargo del Ballet Estatal de Stavropol, la región donde estas tradiciones permanecieron ocultas durante los años más duros del comunismo en Rusia. Y es que, muerto el zar, a los cosacos, su ejército imperial, poco o nada les quedó por hacer hasta que vinieran tiempos mejores, cosa que no ocurrió hasta la llegada de Gorbachov y su 'Perestroika'.

Viéndoles bailar, no puede extrañar el celo que pusieron para preservar este patrimonio. Si bien las danzas rasantes de los hombres deslumbran al público nada más empezar, la gracilidad de ellas pone el contrapunto a un espectáculo que se las arregla, con facilidad aparente, para que el interés del público no versado en el folclore ruso —y ni siquiera en la danza— no decaiga en ningún momento. Y no porque el ritmo se mantenga en niveles trepidantes, sino porque deja la oportunidad de apreciar las coreografías más reposadas que se ejecutan en pareja o la destreza de los músicos con el acordeón y la balalaika.
No olvida el Ballet de Stavropol de hacer un guiño cómplice al público con el archiconocido 'Kalinka' seguido de las 'Noches de Moscú', piezas casi obligadas para que el público pueda tararear la música, siquiera por un momento.

Pero enseguida vuelve el ritmo, que casi sin dar tregua da paso al manejo casi imposible de las espadas y las picas, el vuelo de las faldas multicolores y las figuras caleidoscópicas sobre el escenario. La explosión de color se come a los acróbatas, que arrancan aplausos momentáneos entre un momento y otro de hipnosis estética.
También habrá tiempo para las palmas hasta que caiga el telón y el espectador asuma la evidencia de lo poco que sabe de Rusia y del pueblo cosaco... más allá del frío, las cúpulas bulbosas, el campo, la canción que a todos les suena pero cuyo título nadie sabe y la musiquilla del Tetris. Para ellos, después de la experiencia del estreno, una advertencia: habrá decepción segura si lo que esperan ver son un montón de hombres agachándose y levantándose con los brazos cruzados al ritmo de la música. Hay mucho, mucho más que descubrir. Como mínimo, varias decenas de razones por las que la Unesco ha reconocido a este ballet como difusor cultural del pueblo cosaco.