Diseñan un dispositivo para detectar toxicidad en alimentos
lunes 26 de julio de 2010, 00:00h
Actualizado: 27/07/2010 09:13h
Un grupo de investigación de la Universidad de Alcalá (UAH) ha desarrollado una plataforma de detección que puede adaptarse para cuantificar cualquier residuo de antibióticos o glucocorticosteroides en todo tipo de matrices y en cualquier etapa de la producción de alimentos.
Buscaban un dispositivo rápido, fiable y de bajo coste, y tras largos años de investigación lo han conseguido. El grupo de investigación de bioelectroquímica y biosensores de la Universidad de Alcalá que dirige Elena Domínguez Cañas está muy cerca del prototipo de lo que puede convertirse en uno de los grandes aliados de los ganaderos, productoras lácteas y organismos de control para garantizar productos de calidad al consumidor.
Lo fundamental y trascendente de este nuevo dispositivo, que cabe en un bolsillo, es que la detección de los residuos puede realizarse en etapas iniciales de la cadena de producción de alimentos. Esta tecnología, basada en biosensores, detecta allí donde sea necesario alimentos que contengan componentes químicos que, bien por su toxicidad o por su excesiva concentración, provoquen reacciones adversas al ser consumidas o utilizadas para la alimentación humana o animal. La placa sensora permitiría detectar el residuo y transformar esa señal en información. “Podríamos compararlo con los dispositivos que utilizan los diabéticos para la medida de la glucosa en sangre.
El inmunosensor se sumerge en la leche y tan sólo 30 minutos después se puede saber con fiabilidad si la muestra de leche, pienso o carne está dentro de los límites establecidos por la legislación. Esta información se puede enviar por GPRS, WIFI o Wimax a la central, permitiendo un registro fiable en tiempo real de las partidas de leche que están contaminadas y las que no".
El dispositivo es portátil, pesa poco, funciona con batería y, sobre todo, trabaja en tiempo real y es barato. Un análisis de residuos de antibióticos en cromatografía líquida con detección de espectrometría de masas -técnica habitual que se realiza en un laboratorio- puede costar unos 200 euros. En este caso, el análisis no costaría más de 3 euros.
“El aparato puede realizar mediciones en granja, en unas condiciones no estandarizadas de laboratorio, sin necesidad de personal cualificado; es decir, que lo podría usar el propio granjero, y desde luego garantiza la seguridad alimentaria. Por ejemplo, se pueden descubrir residuos en leche en una determinada explotación proveniente de una vaca medicada, pudiéndose retirar antes de que se mezcle con otras leches y se contaminen todas las partidas”, explica Elena Domínguez, catedrática de Química Analítica de la UAH.
“Sería ingenuo pensar que los animales dedicados a la producción de alimentos no están medicados, porque la mayoría lo están bajo control veterinario; por ejemplo, las vacas sufren con frecuencia mastitis. Tampoco nos deben sorprender prácticas fraudulentas, como suministrar a los animales corticosteroides, que potencian el crecimiento y mejoran el aspecto de la carne, o medicar para prevenir infecciones. El problema está en hacer un uso indebido de estos componentes químicos, o en no respetar los tiempos de retirada que marca la legislación, provocando que esa materia prima llegue al mercado o a etapas en las que resulta mucho más compleja su detección“, matiza.
Democratizar la información
Por eso, el objetivo de este nuevo instrumento de medición de determinados compuestos no es otro que “democratizar la información química de los alimentos, hacer accesible a cualquier interesado la información química que garantice la seguridad alimentaria” y, sobre todo, que cualquier problema de contaminación química alimentaria se pueda detectar antes de que llegue al producto final en la industria de transformación o, en el peor de los casos, en el supermercado porque el impacto económico y social sería mayor.
Domínguez Cañas no quiere generar ningún tipo de alarma: “no se mide todo, pero sería falso decir que el alimento que llega al consumidor no está muy controlado. Se controla lo que se puede medir, pero lo que no se conoce ni se puede medir no se puede vigilar. Éste es uno de los problema en el fraude alimentario. No se trata de generar falsas alarmas, se trata de desarrollar tecnologías que nos permitan conocer y controlar la presencia de compuestos químicos en los alimentos que merman su calidad y ponen en riesgo su seguridad”.
El dispositivo es “revolucionario”. El tiempo dirá si es comercializable o no. De momento, el grupo de investigación, que hasta ahora se ha financiado gracias a las ayudas aportadas por el Plan Nacional de Agroalimentación en I+D y a los proyectos del IV, V y VI Programa Marco Europeo, trabaja en el modelo de utilidad en colaboración con el departamento de Teoría de la Señal de la Universidad de Alcalá y, por tanto, están muy cerca de un prototipo.