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La última cena: encuentro final

La última cena: encuentro final

viernes 16 de abril de 2010, 00:00h
Actualizado: 18/04/2010 14:41h
El pequeño teatro de La Guindalera estrena una nueva obra de Ignacio Amestoy: La última cena. Este centro de producción y exhibición está ofreciendo en las últimas temporadas algunos de los mejores montajes teatrales de pequeño formato. Este nuevo confirma esa línea.

Amestoy vuelve al País Vasco y sus demonios interiores. Ahora es el encuentro entre padre e hijo. Ambos llevan muchos años separados por sus posturas políticas. El hijo es militante destacado de una organización armada. El padre escribe mientras rumia su soledad, alejado del mundo. Cuando, finalmente, se encuentran cara a cara surgen los reproches, la tensión, la controversia política. Pero acaban encontrando su lazo paterno-filial para organizar una salida dramática a la situación de ambos.

Tensión y dialéctica
Juan Pastor, el director, plantea una propuesta sencilla y limpia: un salón casi vacío con una gran mesa para que los dos contendientes puedan organizar su combate dialéctico. Unas suaves mutaciones de iluminación marcan algunos de los pasajes más íntimos de este tenso diálogo. El autor, con una terminología a veces deliberadamente ambigua, deja claro quién es quién en esta historia. Asoman la política y el amor. Vence el último ante la constatación de que ambos, realmente, son iguales. Hay momentos de diálogo duro, brillante, que tensan las emociones del espectador. En otras escenas Amestoy apuesta por la reflexión íntima, por la confesión directa al público.

Dos actores
José Maya y Bruno Lastra son el padre y el hijo respectivamente. En este mano a mano sale claramente vencedor el primero. Moviéndose en unos pocos registros dramáticos, logra transmitir la derrota de su personaje. Cuando calla, cuando mira al hijo, cuando se abstrae, Maya no pierde la tensión dramática.  A Bruno Lastra quizá le perjudique, desde mi punto de vista, el fuerte acento, cortante, seco y, a veces, excesivo. En los diálogos punteados entre ambos pone una neutralidad que enfría el drama. Tal vez sea una propuesta intencionada. Los dos únicos actores realizan un gran esfuerzo que los espectadores perciben directamente ante la proximidad física del auditorio con el escenario.
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