El teatro del Canal produce un complejo espectáculo en su sala Verde: Frankenstein, un moderno Prometeo, basado en la novela de Mary Shelley. Gustavo Tambascio dirige este largo, larguísimo, montaje de complicada puesta en escena.
La idea de partida es atractiva: el doctor Víctor Frankenstein es rescatado del mar en estado de delirio. Se dirige al Polo Norte para terminar con la terrible criatura que alumbró tiempo atrás. Y a partir de ahí retrocedemos en el tiempo para ver la génesis del monstruo. Como hilo conductor un debate, externo a la historia, entre personalidades de distintas ideologías, empeñados en ver mensajes de la revolución obrera o de la represión religiosa en esta historia.
Todo en un escenario central, horadado con un enorme escotillón por el que aparecen los personajes. La acción se desarrolla en todas las esquinas y en un gran mástil-antena-mirador. Resulta interesante este planteamiento de una acción circular, aunque algunos elementos escenográficos dificultan la visión a los espectadores de las gradas traseras. También es apurada la audición porque la sala no es un ejemplo de acústica teatral.
La criatura vive
El delirio de Frankenstein culmina con el alumbramiento de una criatura modelada con retales de humanos fallecidos. El doctor quiere ser Dios, aunque más bien se nos presenta como un precursor de avances médico-quirúrgicos. Raúl Peña, como el doctor, se sumerge intensamente en la locura. Pero falta un poco de tensión —seguramente por el aparataje técnico— en la escena del nacimiento de la criatura. Quizá se haya huido premeditadamente de la pirotecnia que suele rodearse este alumbramiento. Pero el ser que respira es vulnerable, de aspecto repelente. No es el hombre perfecto al que aspiraba su creador. Aquí hay otro acierto: la elección de Javier Botet para encarnar a la Criatura. Su físico ayuda al personaje y el actor se mueve con un atolondramiento que provoca más compasión que horror. En un hombre vacío de mente, vulnerable en un mundo que desconoce.
La familia del doctor
Una de las acciones paralelas transcurre intermitentemente en la casa familiar del doctor, sumida en el dolor por la muerte de la madre. El hermano pequeño es el más afectado, el que, ante su desamparo, perecerá atraído por la Criatura. Eduardo Casanova hace una aparición escénica arriesgada, muy interesante en un actor tan joven. Los continuos saltos en el tiempo y en los escenarios acaban por lastrar el desarrollo teatral.
La conciencia
Pero la Criatura, gracias a su contacto con una singular familia, adquiere conciencia y conocimientos. Y se da cuenta de su propio horror. En ese momento ya es un actor más “normal” quien encarna a la Criatura. Se enfrenta entonces a su creador, a su padre, reprochándole su nacimiento. Y declarándose una guerra sin cuartel que sólo puede terminar con la muerte de uno de ellos. La persecución comienza y tendrá como destino final el Polo. Los contertulios que analizan la obra no dejan de burlarse del proceso —bastante irreal— de formación de la Criatura. A partir de ese momento, y con dos horas ya de función, el montaje entra en la senda del aburrimiento profundo con todo el proceso de la creación de una novia para el monstruo. El final no se ve y, realmente, no acaba de llegar, rebajando el interés y la atención conseguida anteriormente.
Original puesta en escena
No es un teatro convencional y se agradece el riesgo. Efectos sonoros, una iluminación tenebrista, ausencia de sangre y vísceras y acompañamiento musical en directo crean una atmósfera muy adecuada a la historia. Quizá, como he apuntado, se podría haber dado más teatralidad a toda la tormenta que acaba como el rayo revitalizador y el nacimiento de la criatura. No sé que recorrido tendrá fuera de Madrid porque necesita espacios singulares. Pero esta apuesta por un teatro distinto merece la atención de los programadores.