Reconozco que no hay otro reto mayor que el de proyectarnos en el futuro para averiguar qué se dirá de nosotros, me puede ese cotilla que se alimentó en la adolescencia con lecturas de H.G. Welles.
El Gobierno regional invita a los madrileños a que participen con sus ideas en la próxima cápsula del tiempo que se va a enterrar a los pies de la estatua de Cervantes, y así que pasen otros ciento cincuenta años como en la anterior ocasión y alguien pueda abrir esa botella de náufrago que se entierra a los pies de las esculturas. La cuestión es saber qué pensará el madrileño de entonces de esto que nos ocurre ahora, qué valores permanecerán y qué recuerdo dejaremos como sociedad del primer tercio del siglo XXI. ¿Habrá Liga de fútbol?, ¿Se habrá solucionado el problema del tráfico en Madrid?, ¿Y el del paro en España?, ¿Habrá alcanzado Gallardón la presidencia del Gobierno tal y cómo se sobreentiende en todas sus entrevistas?, ¿Rajoy se habrá retirado a fumar puros a Santa Pola?, ¿Zapatero conseguirá que Obama visite España aunque sea como jubilado en Benidorm?
Ojo con las fotos que se ponen en esas cápsulas del tiempo porque tendría poca gracia que dentro de cien años fuéramos recordados por la imagen de Belén Esteban entrando en el portal, (en el portal de Belén). O con cualquier otra portada de Dinios, Lecquios, grandes hermanos y caspa sin clasificar.
Para ser justos todo aquello que nos rodea, en especial la mala leche que está presente como un graffiti, debería ir también en la cápsula. Y alguna tertulia también, una de esas en la que saltan sapos y culebras en cuánto se menta a Zapatero.
El paso del tiempo nos humaniza pero no tiene, necesariamente, que hacernos mejores.
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