miércoles 04 de noviembre de 2009, 00:00h
Actualizado: 10/11/2009 17:29h
Mariano Rajoy se despertaba ayer con la idea de reivindicarse como líder indiscutible de esa derecha capaz de arrebatar al PSOE el gobierno de España, y se acostó como la persona a la que le falta liderazgo para llevar al PP a buen puerto electoral.
Por mucho que sacara pecho tras la reunión del comité ejecutivo, por mucho que diera un puñetazo tímido encima de la mesa; por mucho que amenazara con que no habrá próxima vez; por mucho que encandilara a su grupo más próximo de incondicionales y pelotas, Mariano Rajoy demostró ayer lo que ha venido evidenciando desde hace tiempo: que le falta todo lo que necesariamente tiene que tener el líder de un partido, sobre todo de un partido que aspira a gobernar: contundencia, rapidez de reflejos, anticiparse a situaciones que luego se vuelven irreversibles, eficacia y capacidad de suturar heridas antes de que éstas se gangrenen.
Mariano Rajoy tuvo que asistir al plantón que le dio Esperanza Aguirre en el comité ejecutivo, que puede interpretarse como una especie de desprecio, aunque la versión de la interesada fue que no quería influir con su presencia en el debate que la iba a tener a ella como una de las protagonistas.
Personalmente creo que se equivocó, porque debió estar allí donde se iba a librar una batalla que tenía mucho que ver con ella, y en estos casos es mejor enseñar la cara al enemigo que ocultarse en las trincheras, pero Aguirre sabrá lo que hace y lo que le aconsejan aquellos consejeros, y no me refiero a los de su gobierno, que desde hace tiempo la llevan abocando a un camino cada vez con menos posibilidades de retorno a lo que fueron en su día aspiraciones legítimamente ambiciosas. A veces el fuego amigo, el consejo interesado de algunos amigos, hiere de muerte.
Y el señor Rajoy tuvo que asistir impasible, tolerante, a una reedición de las críticas de Manuel Cobo a Esperanza Aguirre, sin ánimo de arrepentimiento por parte del vicealcalde y reafirmándose en todo lo que dijo y destapó la guerra intestina en el PP madrileño. Mariano Rajoy fue incapaz de impedir que Cobo echara gasolina al fuego; no pudo inducir al arrepentimiento del vicealcalde ni a la presencia de Aguirre en el escenario del comité. Y encima salió tremendamente satisfecho, encantado de haberse conocido como líder, aunque la realidad escondiera que así no se puede seguir siendo si lo que se pretender es liderar un proyecto de Estado, cuando se es incapaz de gobernar la propia casa.
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Cronista Oficial de Madrid y Getafe
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