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Las costaleras de la democracia

Por Francisco Naranjo Llanos
miércoles 01 de abril de 2026, 09:45h

En estos días de Semana Santa, en el rumor cotidiano de un gimnasio cualquiera, escuché hablar de costaleros. De hombros que cargan pasos, de esfuerzos compartidos, de fe y de silencio. Y, sin saber muy bien por qué, aquel comentario abrió una puerta en la memoria. Al otro lado me esperaba un texto escrito hace más de diez años, cuando conmemorábamos el 50 aniversario de CCOO en el ferrocarril.

Fue en Madrid, en un mes de febrero frío, allá por 2015. Cuando conmemoramos ese medio siglo de vida, a su vez que presentábamos Vías de Libertad, un libro del compañero ferroviario y poeta José Luis Esparcía. Y yo, al tomar la palabra, sentí la necesidad de nombrarlas. De rescatar del olvido a quienes casi nunca aparecen en los libros ni en los discursos: las mujeres que sostuvieron, en la sombra, el peso de aquella lucha obrera.

Porque la historia suele escribirse en masculino, pero nunca se sostuvo en soledad.

La transición democrática no fue solo un acuerdo entre despachos ni una sucesión de leyes. Fue, sobre todo, una conquista arrancada a pulso por la clase obrera. Fue lucha, sangre, sudor, miedo y dignidad. Y en ese pulso, en esa resistencia callada, los militantes de las entonces clandestinas CCOO y el PCE no caminaron solos. A su lado —aunque muchas veces invisibles— estaban ellas. Siempre estuvieron ellas.

Se ha repetido mil veces que detrás de cada gran hombre hay una gran mujer. Tal vez haya que corregir el dicho: no estaban detrás, sino al lado, sosteniendo, empujando, resistiendo.

Hoy quiero detenerme en dos nombres que se reflejan como en un espejo: dos Josefinas, dos vidas unidas a la historia desde la discreción.

Josefina Manresa, la compañera del poeta Miguel Hernández, no fue solo esposa ni madre. Fue refugio, memoria viva, guardiana de una voz que la cárcel y la muerte no pudieron apagar. En sus manos, el legado del poeta sobrevivió al frío de la derrota. En sus silencios también se escribió la historia.

Y Josefina Samper… de ella poco puede decirse sin quedarse corto. Quienes la conocimos sabemos que su entereza no era un gesto, sino una forma de estar en el mundo. Sostuvo a Marcelino Camacho, sí, pero también sostuvo una manera de entender la dignidad, la lucha y la justicia.

Pero no fueron solo ellas. Nosotros, los ferroviarios, también tuvimos nuestras Josefinas. Sin nombre en los archivos, sin retratos en las paredes, sin homenajes oficiales. Mujeres anónimas que aprendieron a convivir con el miedo, con la incertidumbre, con la amenaza constante. Mujeres que hicieron de la espera una forma de militancia.

No figuraban en las listas sindicales. Muchas ni siquiera podían trabajar fuera de casa: la ley se lo impedía, como ocurría en RENFE. Pero estaban. Siempre estaban.

Repartiendo octavillas en silencio. Pegando carteles de madrugada. Doblando papeles, cosiendo palabras, sosteniendo esperanzas. Y sosteniéndonos también a nosotros cuando el miedo apretaba más que nunca, o cuando éramos detenidos injustamente. Ellas cargaban sobre sus hombros los problemas de la familia, como los costaleros cargan los pasos de Semana Santa.

Cargaban sin aplausos, sin música, sin público.
Cargaban en silencio con la vida.

Hoy nombro a algunas compañeras de sindicalistas de CCOO en el ferrocarril, sabiendo que al hacerlo dejo fuera a muchas más. Pero nombrarlas es, al menos, abrir una rendija contra el olvido: África, Amparo, Mercedes, Cuqui, Palmira, Marisa, Emi, Antonia, compañeras de José Luis Martino, Domingo Bartolomé, Benito Barrera, Manuel F. Aller, Leandro Esteban, Pedro Ovejero, Antonio Maestre y Paco González. Y por supuesto, no puedo dejar de nombrar a mi compañera Isabel, madre de mis hijos y compañera de vida, raíz y refugio.

Pero no quiero quedarme solo en el sector ferroviario. Fueron muchos los ámbitos de la producción y de los servicios los que lucharon por la libertad y la democracia en esta querida España —“esta España mía, esta España nuestra”, que cantaba Cecilia en 1975—. Y muchas las mujeres que estuvieron apoyando a sus compañeros y a su vez realizando tareas antifranquistas para acabar con la cruel dictadura y que sus nombres no deben quedar en el olvido.

Quiero recordar, como ejemplo, también, junto a Josefina Samper a Luz María, Carmelita y Mari —compañeras de Paco Acosta, Eduardo Saborido y Fernando Soto— y a tantas otras cuyos nombres no recuerdo, pero cuya presencia fue constante. Ellas, además de sufrir la injusta detención de sus maridos, lideraron la lucha por la libertad, visibilizaron la represión y soportaron la persecución y el estigma, porque no hay que olvidar, que en sonoros casos de la dictadura franquista, la libertad de los presos políticos tuvo nombre de mujer.

Ellas son solo un fragmento de un todo inmenso. Por eso hoy, desde la memoria y desde la justicia, me atrevo a proponer darles el nombre que les pertenece: Costaleras de la Democracia, o como me ha comentado una compañera que vivió aquellas oscuras épocas en primera persona: Mujeres que rompieron la oscuridad con su empuje por la libertad y contra la dictadura.

Porque mientras otros levantaban la voz, ellas sostenían el peso.
Porque mientras la historia miraba hacia otro lado, ellas mantenían el equilibrio. Porque sin su fuerza callada, sin su coraje invisible, nada de aquello habría sido posible.

Y porque ya es hora de que dejemos de ver solo el paso…
y empecemos a reconocer a quienes lo llevaron.

Francisco Naranjo Llanos

Exdirector de la Fundación Abogados de Atocha y sindicalista de CCOO

Nació en Esparragalejo en 1946 y realizó estudios de Oficialía Industrial en Mérida (Extremadura). Toda su vida laboral, más de 40 años, la realizo en RENFE. En lo sindical, aun en clandestinidad, fue cofundador del Pleno de Representantes Ferroviarios, órgano unitario de representación en el ferrocarril. A partir de 1978, ya en democracia, ha sido responsable de comunicación del sector ferroviario de CCOO y de su órgano de información, Carril; de la revista FTC, de la Federación de Transportes y Comunicaciones, de Unidad Obrera y Madrid Sindical de CCOO de Madrid. Es autor de los libros: La comunicación sociolaboral, Crónicas desde el gueto, Los carriles de la vida y El pasado es la linterna del futuro, así como de numerosos artículos de opinión publicados en los principales medios. Durante varios años fue colaborador de la Facultad de Periodismo de la Universidad Complutense. Es patrono de la Fundación Abogados de Atocha, desde su creación en 2004, siendo su director desde 2013 a 2024. En Madridiario, es columnista habitual desde 2015.

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