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Animados por la sangre fría de la hotelera, varios invitados se arrimaron con cuidado y consiguieron levantar al decano, que lívido pero imperturbable, volvió a estar en una superficie dura.
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Animados por la sangre fría de la hotelera, varios invitados se arrimaron con cuidado y consiguieron levantar al decano, que lívido pero imperturbable, volvió a estar en una superficie dura.

Capítulo 19: 'Duelo en las alturas'

La luz declinante del día, en un dulce junio madrileño, doraba la Casa de Campo que, desde la terraza del hotel Plaza de España, lucía esplendorosa. El potente chorro del lago se veía entre los árboles. Más al fondo, la montaña rusa del parque de atracciones, empezaba a iluminarse. Como tan alto apenas llegaba ruido del tráfico, parecían oírse los rugidos de los leones y los osos del zoo junto a los gritos de los humanos que se deslizaban a velocidad vertiginosa por las vías empinadísimas de la atracción.

En la terraza ya estaba todo dispuesto para la conferencia. El atril, los técnicos probando los micrófonos, las mesas altas con aperitivos y copas de vino y un pequeño ejército de camareros preparados para cuando el clarín del fin de la conferencia les permitiese desplegarse.

La dueña del hotel y su equipo de ayudantes, repasaba todo con atención. La alcaldesa había aceptado asistir a la inauguración, contra su costumbre de no inaugurar nada, por hacerse coincidir con una charla de mitad de legislatura sobre lo hecho y lo pendiente en urbanismo. A la alcaldesa le parecía que rendir cuentas era importante.

El público, selecto y especializado, convocado por el Colegio de arquitectos, que organizaba la charla, ya estaba en su sitio. Sólo faltaban los ponentes que estaban en una salita cercana.

En ella, Marisa y JCC, el concejal, departían con el decano del Colegio y con un periodista que participaría también en el debate. La lideresa de la oposición, que también intervendría, contaba un chascarrillo que hacía reír a los presentes.

En el concejal de Urbanismo, el más joven de la democracia recuperada, contrastaba su cara de niño con sus pronunciadas entradas capilares propias de más edad. Su expresión y su actitud reflejaban perfectamente lo que hacía muchos años había llevado Mitterand, en Francia, a eslogan de campaña: “La fuerza tranquila”

- Pues eso te digo, Juan Carlos, que, si logras que se cumpla la legalidad, vas a ser el mejor concejal de urbanismo en la historia de esta ciudad

- Hombre, Paloma, eso debería ser lo normal, la base, para luego hacer

la política de cada uno.

- Sí, sí. Tu eres muy joven. Acuérdate de lo que te digo… 81

La alcaldesa y el concejal se apataron un momento y comentan jocosamente

- Marisa, ¿te acuerdas de las gestiones de nuestros compañeros de IU con la embajada china?

- Calla, no me lo recuerdes: que teníamos que hablar con un camarada del partido comunista ¿no? Era una marcianada. Menos mal que seguimos confiando en que hacíamos lo correcto, que si les hacemos caso estamos todavía con el señor Wanda y sus líos

- Pero, no te creas, cuando nos fuimos de tu despacho, todavía me estuvieron dando la matraca para que hablase con ese camarada, que podía ayudar, que era muy importante que el proyecto saliera, que Paloma nos estaba arrinconando… Carlos, que si teníamos que ser flexibles, Fidel que “nuestra gente no se opondría” … No te lo había contado, pero bastante alucinante

- Y tú, ¿qué les dijiste?

- Pues, sencillamente que nadie iba a firmar una licencia para derribar la fachada, que tú y yo podíamos acabar en el banquillo y que se olvidaran... Y todavía yéndose va y me dice que me lo piense, que su contacto es un compañero, de toda confianza, que seguro que se puede hacer algo, que a ver si te lo presento...

- En fin, seguro que era con su mejor intención, pero, Juan Carlos, estamos vivos de milagro…

El decano del Colegio, alto y de suaves maneras jesuíticas, les indicó a todos que deberían comenzar el acto y la comitiva se puso en marcha, encabezados por un gran bolso que agarraba a la alcaldesa, que tal parecía la cosa y no al revés.

Mientras las autoridades comenzaban a autoridear, en la calle Princesa, en la puerta del hotel casi coincidían los dos equipos rivales

- Vamos, adentro –apremiaba el cabo Perales. El portero es amigo mío y está conchabado. Ya le he dicho que cuando vea a un catalán estrafalario que ya le he descrito, haga la vista gorda y le deje pasar

Con esas instrucciones, entraron todos en comandita y se embutieron en el ascensor hacia la terraza

Apenas unos minutos después, los tres agentes, de nuevo secretos, se plantaban en el imponente lobby art decó del hotel

-¡Hosti, tú!, también hay art decó en Madrit –apreció Montull mirando los mármoles y el mostrador de recepción

- No sabía que eras experto en arte –contestó celoso Cucurull al ver la curiosidad despertada en Montse por el comentario

- Bueno, de niño tenía una colección de cromos del modernismo y me lo sé todo… Y una vez estuve delante de la Pedrera…

- Bah! Eso no es nada, yo conozco al portero de la Casa Milá, en Barcelona mismo –quiso ningunear Cucurull

- La casa Milá y la Pedera son lo mismo –dijo Montse Rebull en plan sabionda

Cuando ambos iban a soltar lo primero que se les pasase por la cabeza, el portero les interrumpió

- Señores ¿vienen a la conferencia? Se lo digo porque está a punto de empezar. ¿Tienen invitación?

- Por supuesto – respondió Montull. Aquí las tiene

- Oiga, esto son unas entradas para el Madrid-Barsa de mañana…

- Vaya ¡qué fastidio! Me he confundido de chaqueta…

- Bueno, no importa. Suban, que si no, llegarán cuando haya acabado

- ¡Moltes gràcies! Tenga

Cuando el portero vio los cincuenta céntimos que le había dado Montull, a punto estuvo de dejarlos caer, pero, por lo acordado con Perales y por despejar el lobby en el que acababan de desembarcar cincuenta ruidosos chinos haciendo fotos de todo, se inclinó irónicamente

- Muchas gracias, excelencia

Embarcados en el ascensor, Montse se bajó el cuello de la chaqueta con la que había ocultado el rostro de los fotógrafos chinos

- Nunca se sabe, con estos chinos. Además, como no me fío de Turull, en la empresa he dicho que estaba mala. Como me vean, me quedo sin dietas y con una multa ¡Lo que me faltaba!

Montull, por su parte iba riéndose por lo bajini y le comentaba a Cucurull:

- Je, je. Se ha tragado lo de la otra chaqueta… El pobre no sabe que sólo tengo esta…Je, je

- Bueno, lo peor es que se hubiese creído que lo de las entradas era propina y te las hubiera birlado

- Sí, hombre. Como que las pienso colocar en la reventa mañana. Por encima del cadáver de Taradellas…

El ascensor sufrió una pequeña convulsión por la genuflexión automática de los tres agentes, y les depositó en la terraza.

- Lo primero que tenemos que hacer es coger una copa, para integrarnos –dijo Cucurull

- Tú las manos quietas hasta que salgan los camareros, que todavía no han empezado. Y estamos a lo que estamos –contestó seria Montse Rebull

- Mirad con disimulo: Ahí está Joanet –apuntó Montull. Sentado en la última fila

En la otra banda, los conspiradores cibelesinos:

- Mirad, ahí están. Lo que os decía, han venido varios… La cosa se nos complica –susurró Joanet a Perales

- Sí, son tres. Habría que dividirles para cargarnos a Cucurull

- Imposible, quedarían los otros dos. Hay que abortar el plan

- Bueno, ya que nos hemos tragado este rollazo de conferencia por lo menos vamos a esperar a que salgan los canapés ¿no? –dijo Aurelio con un sentido práctico probado en múltiples bodas y convites oficiales

Genaro le miró con desaprobación, ya que rebajaba a puro gorroneo la altura de la misión, pero a esas alturas de la noche, su estómago reclamaba sus derechos

Por los altavoces se veía que el debate había entrado en su fase final, pues los murmullos y aplausos iniciales a cada afirmación que convenía a una u otra parte del público se habían convertido en un hormigueo generalizado en las sillas esperando el final de las palabras y el comienzo de las copas y de los debates en pequeños corrillos.

- Así que, querida Paloma, -concluía la alcaldesa- más que seguir lanzando cohetes, nosotros hemos querido coser los rotos, hilvanar las heridas de la ciudad (Bernabéu, Wanda, Plaza de España, Canalejas…) y mostrar una manera más femenina, más del estilo de la ciudad hecha por mujeres, que la masculina heredada.

- Muchas gracias, alcaldesa. Con esta reflexión final nos quedamos. Y, con nuestros mejores deseos para que la acción de nuestra alcaldesa y del concejal de urbanismo, redunden en un modelo de ciudad más humano, sostenible y eficiente –pontificaba el pulido decano cerramos este debate al que sin duda seguirán otros, agradeciendo, por supuesto a nuestra anfitriona su maravillosa invitación en este nuevo hotel para Madrid al que desde el Colegio deseamos también el mayor de los éxitos…

Con los aplausos finales, el público se levantó como movido por un muelle y se dividió religiosamente en dos grupos, el que buscaba los cuartos de baño con algo de prisa y el que, como en las cacerías, hacía un reclamo a los camareros en la posición adecuada. Con el barullo, nuestros dos equipos habían perdido la mutua vigilancia y se había producido una cierta desbandada. Montse, desoyendo el llamado del deber, había ido a pedir un autógrafo y un selfie a la alcaldesa que tenía delante una cola para eso mismo, y que su jefe de gabinete, rápido como un escolta, había salido a organizar. Cucurull había ido hacia la pasarela de suelo transparente a ver el terreno. Montull había tomado una posición donde suponía que iban a salir las bandejas con la cerveza.

En la otra banda, Joanet se había camuflado en espía, subiéndose las solapas de la chaqueta (lo que, con el calor de la tarde primaveral y lo extraño de la figura, más que hacerle desparecer, lo convertía en una curiosidad llamativa) había ido a ver también la pasarela del lugar del crimen. Genaro estaba, como capitán general, observando la coyuntura y Perales estaba escoltándole por lo que pudiera pasar (no podía evitar su condición de policía, aunque estuviese fuera del escuadrón mecánico).

Cuando al cabo de un rato, y tras haberse zampado unos cuantos canapés, hospedában la segunda cerveza, todos se fueron dirigiendo sin darse cuenta hacia la fatídica pasarela. Cuando estaba casi en ella, un grito de terror les paralizó y, a la vez, les impelió a apresurarse.

Agarrado a la barandilla que protegía la pasarela, pero con el cuerpo colgando, el decano del Colegio estaba a punto de desplomarse al vacío, mientras, con una mano le sujetaba Cucurull y, con la otra, Joanet. La dueña del hotel era la que había proferido el grito aterrador y todos estaban bloqueados y sin saber qué hacer. El espectáculo, fascinante, les impedía hacer algo más que esperar embobados el desenlace. Al fondo de la terraza seguía, indiferente, la cola de los selfies con la alcaldesa, que no se había dado cuenta de la tragedia en ciernes.

Para colmo, mientras le sujetaban, uno y otro se estaban profiriendo los más atroces insultos:

- Tros de quòniam, malparit, traïdor –escupía Cucurull a Joanet

- Botifler, cap de suro, mitja merda, pallús –replicaba Joanet

Con la voz de mando de quien está acostumbrada a que sus órdenes se ejecutasen inmediatamente, la dueña del hotel, recuperada del susto, se plantó en medio de la pasarela:

- Bueno, señores, déjense de tonterías y suban a este hombre, que vamos a tener una desgracia

Animados por la sangre fría de la hotelera, varios invitados se arrimaron con cuidado y consiguieron levantar al decano, que lívido pero imperturbable, volvió a estar en una superficie dura.

- Ya te había dicho, Carmen, que esta pasarela tan llamativa, arquitectónicamente era un poco arriesgada – improvisó flemáticamente el decano, para, a continuación, desmayarse y caer en brazos de una atractiva invitada.

- ¡Oigan! ¡Quítenme a este hombre de encima, que me va a arruinar el vestido y el peinado! –protestó la salvadora

Una vez pasado el revuelo y retirado el altísimo decano, la alcaldesa, liberada por fin de los admiradores, se había acercado.

- Pero, ¿qué ha pasado, por Dios?

- Nada, Marisa, menos mal que sólo ha sido un susto. No sabemos cómo, pero, de repente hemos visto a Víctor balanceándose como Gene Kelly, pero por fuera –dijo expresivamente la dueña del cotarro. Pero ya está, no ha passat res.

- Ah, pues muy bien. Bueno, Carmen, querida, yo me voy ya, que estoy

muy cansada y me quedan por lo menos quince estaciones de metro

- ¿Vas en metro, alcaldesa? Le digo a mi chofer que te acerque…

- No gracias, querida. Yo voy siempre en metro, así aprovecho para leer algo o hablar con la gente. A veces me ha dado tiempo a hacer una manga de un trajecito para mi nieta…

- Ah, pues muy bien. Como quieras. Muchas gracias por venir…

- Se queda Antonio en representación. Gracias a ti y suerte. Y, no sé, pero mira a ver si pones una barandillita un poco más alta y te quitas de líos. Mira en el viaducto. Cada semana se nos suicidaban uno o dos y ahora, con unos cristales altos, altos que hemos puesto, no quitas la vista y no sé. Ya no se tiran.

- Ah, pues buena idea. Adiós

Mientras la alcaldesa se iba, los cuarteles generales de los dos ejércitos habían efectuado la retirada con discreción, dejando el campo libre a los invitados más noctámbulos o más borrachines.

Autor : Luis Cueto.
ilustraciones: Danish Xavier J. Morales B.

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