Hace veinte años se presentó en el pequeño teatro Arlequín un espectáculo musical titulado El hundimiento del Titánic. No era uno de los musicales de pequeño formato: era de mínimo, porque lo protagonizaban solo Ángel Ruiz y Mariano Marín. Habían formado una década antes el dúo QuesQuisPas, con el que viajaron por verbenas y fiestas populares. La entrada en el pequeño teatro madrileño fue todo un descubrimiento. Ángel cantaba los grandes temas de los musicales eternos, con un juego teatral mínimo y la complicidad de Mariano, convertido hoy en uno de los mejores compositores para la escena y la pantalla.
Durante la primera década del siglo XXI Ángel Ruiz participó en algunos de los musicales más importantes traídos a España. En 2006 estuvo en Los productores, donde él, Miguel del Arco y Fernando Albizu fueron los únicos que se salvaron de ese montaje. No se ha limitado al género de los musicales. Es habitual en los repartos del teatro de La Zarzuela, en personajes como el España, de La del manojo de rosas, o el Moniquito de La rosa del azafrán. Ha actuado en comedias como Las de Caín, Glorius, la peor cantante del mundo o La venganza de don Mendo.

Hace diez años se topó con un personaje que todavía recupera con regularidad: Miguel de Molina. Montó la recreación de una supuesta rueda de prensa del cantante exiliado, con canciones de su repertorio, y consiguió el premio de la Unión de Actores y el Max al mejor actor protagonista. Llevó Miguel de Molina al desnudo hasta Buenos Aires, donde el artista es una leyenda por haber vivido allí su exilio. Y consiguió hacer dos temporadas y ganar el premio al mejor espectáculo unipersonal.
Pronto volverá al terreno de la comedia en el próximo estreno de Remátame otra vez, en el teatro Reina Victoria. Entre tanto se asoma a la programación de los Veranos de la Villa, en el patio de San Isidro, con un espectáculo musical que titula Madrid, del cuplé a Sabina.
Es un tránsito por la música que ha acompañado a los madrileños a lo largo del siglo XX. El cuplé y la revista, los géneros mal denominados ínfimos, coparon los escenarios más canallas entre las últimas décadas del XIX y las primeras del siguiente. Convivieron con la zarzuela, que tuvo momentos de esplendor en los años treinta. Después de unas décadas dominadas por el género ‘español’, los artistas del pop comenzaron a invadir la radio, la televisión, los guateques y las giras de verano. Joaquín Sabina regresó a España tras una estancia en Londres, finalizando los setenta. En 1980 apareció su primer álbum en el que cantaba Pongamos que hablo de Madrid, uno de los modernos himnos de la Capital junto a La Puerta de Alcalá (de Fuster y Mendo). La elección de este cantante/compositor para cerrar el repaso a la banda sonora de los madrileños en el último siglo, no puede estar más justificada.
En Madrid, del cuplé a Sabina, Ruiz tiene la colaboración especial de Dulcinea Juárez, con quien ya trabajó en Los Productores. Están acompañados por un cuarteto de músicos de primera fila: Andrés Felipe Arroyo, contrabajo, Patxi Pascual, vientos, Amando Capilla, percusión. Al piano y dirección musical, César Belda.