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Tiempo muerto

martes 19 de mayo de 2020, 16:50h
La vida incluye los sufrimientos, las pérdidas, la muerte. Aprendamos y enseñemos a aceptar con serenidad. No debemos medicalizar ni psicologizar la sociedad, hay que aceptar que a veces las cosas no van bien. El ánimo nos constituye y el carácter en gran medida es nuestro destino. Son los años los que nos enseñan a adaptarnos a las circunstancias, si bien está en nuestra naturaleza el anhelo y la insatisfacción.

Poseemos historia y naturaleza, y como decía Unamuno «se es hijo de las propias obras». La vida cobra sentido desde un objetivo, una meta, que le dota de una sensación de plenitud. Quizás sea el momento de plantearnos otro modo de estar en el mundo, creando en lo posible un relato positivo de nuestra existencia.

Sigamos buscando «ser uno mismo», meditemos sobre nuestro devenir, desbordemos nuestro perímetro de seguridad mental, arrojémonos hacia la interioridad, esa abismal aventura inabarcable en su profundidad, hagámoslo sin miedo a la libertad, a tomar decisiones, a afrontar los problemas de la realidad, atravesemos el pórtico de entrada al pensamiento. Analicemos la metáfora de la vida, conscientes de que en su fondo siempre tiene posos de tragedia. Sigamos la enseñanza de John Dewey: «aprender haciendo».

En estos tiempos que dentro de unos años no creeremos que fueron, hemos apreciado que mucho más allá de lo deseable, está lo esencial, que en la vida se trata de hacer lo que desde uno entiende debe hacer, y no hacer cualquier cosa, no se trata de implicarse en muchas cosas, sino en lo trascendente.

Hemos de rebelarnos contra la fatalidad, mostrémonos nuestra capacidad de autoafirmación y desarrollo creativo. Recordemos a Albert Camus: «Nunca vivirás si estás buscando el significado de la vida».

Como especie humana sabemos lo que es superar las pandemias, son la fortaleza interior, la capacidad para verbalizar, y una red social de apoyo, junto a la creatividad las que nos permitirán vencer al trauma. Huyamos de optimismos desbocados y tóxicos.

Recordemos que podemos ser libres en el confinamiento y presos en la calle. No tengamos, como nos decía Erich Fromm «miedo a la libertad». Recuperemos la percepción de control, demostrémonos capacidad para levantarnos, marquémonos objetivos asequibles y autogestionables.

No caigamos en barbecho, una tierra baldía de esperanza, es esencial sentir que el lugar de control, está en uno mismo, tomemos decisiones, propiciemos la esperanza activa, confiemos en las propias funciones ejecutivas.

Sí, preguntémonos si el invisible, el coronavirus, nos va a ayudar a saber vivir, a encarar la existencia de otra forma, por ejemplo, ¿se impondrá la objetividad de la gestión sobre las ideologías? Lo dudo.

Muchas personas dicen que cambiarán su vida, la pregunta es ¿en qué, para qué, por qué? Y contestan que para dedicarse a lo esencial, a vivir, con menos prisas, con menos estrés. ¡Qué distancia hay entre los deseos y la realidad!

Estas páginas se apoyan en la Psicología, una disciplina definida por Ortega y Gasset como fabulosamente interesante, nacen del compromiso biográfico con la vida pública, con la divulgación desde el rigor conceptual, buscan señalar el riesgo del gregarismo, de la deserción de las minorías cultas.

Desde el casi redundante yo y mis circunstancias, pensemos desde nuestra psicohistoria, desde la sociedad, nuestro proyecto de ser, en una labor de autoeducación del espíritu que nos anima, desde ese robinsonismo íntimo, siempre rodeado de un mar social.

Y hablando de individuo y colectividad, dada la percepción de amenaza en el exterior, entre libertad y seguridad, se ha optado por lo segundo, algo a repensar.

Más allá de las situaciones, somos individualmente responsables, ahora nos cabe abrazar la duda, afrontar los muchos problemas para intentar resolverlos y no exorcizar los retos negando las emociones negativas.

En estos tiempos que parecieran de simulación, donde la política se basa en hipótesis, valoremos cómo estamos interpretando el significado de cada situación, desde la honestidad intelectual concluyamos que la certidumbre desalienta el crecimiento. En la escuela de la vida, nos enfrentamos a un examen exigente de regreso a la realidad cargada de tensión, ansiedad y miedo.

Es desde nuestro motor interno, desde el continuado esfuerzo, que habremos de jugar nuestras bazas, recordando que en la vida, como en el juego de naipes, acaba saliendo adelante el que juega bien, más que el que tiene suerte.

No creo que serán muchas las personas transformadas por este retiro obligatorio y eso que percibimos que esta es la sociedad del agotamiento, siempre haciendo, siempre produciendo, por lo que muchas personas que sufren una vida permanentemente estresada, el confinamiento les ha permitido estar con sus seres queridos, con sus aficiones, consigo mismas, y con tiempo, han gustado del silencio, la tranquilidad, la serenidad, la paz interior, se han reencontrado con el pensamiento pausado.

Estamos viendo en algunos una resistencia a salir del hogar convertido en castillo defensivo y tiene su lógica, acabaremos atendiendo alguna agorafobia. El miedo no se puede, o no se debe apoderar, respeto sí, pero dando al máximo de capacidad intelectual para ponerse a hacer y persistir en la acción. Citemos a Antonio Gramsci: «Ante el pesimismo de la inteligencia, el optimismo de la voluntad».

No vivamos una realidad basada en una distorsión de la realidad. Y tengamos presente, que una cosa es querer alcanzar a ser, y otra bien distinta creer que ya se es, tengamos mucho cuidado en diferenciar los deseos con la realidad.

He pensado en esta más que dilatada cuarentena en la importancia de la pareja estable, permítame preguntarle, ¿mejor con tu pareja de toda la vida o con el/la amante? (si se tiene).

Pero también y tristemente, muy tristemente me he cuestionado, ¿los más mayores son los que merecen agradecimiento, o…llegó su hora y es que hoy se vive demasiado?

Desde luego las residencias de ancianos son un prioritario reto social, y habrán de medicalizarse.

Tengo la penosa y no demostrable impresión de que en el fondo muchas personas piensan (no dicen), «el mundo debe seguir, lo sentimos por las víctimas pero…». Y tampoco se dice, pero se piensa, que la mayoría ha muerto en residencias, eran mayores, yo no tengo esa edad y situación…

Al fin, la salud como tema central, dará paso a la búsqueda de sensaciones, vivencias, vivir plenamente la vida, y dentro de las contradicciones y disonancias de querer abrazar y mantener la distancia física de seguridad, o la de desplazarse en vehículos propios y no dañar al planeta…

Miren, la calidad de un psicólogo está también, en apreciar lo que no se dice. Claro que el mundo es un mundo económico y no podemos permitir que la estructura económica colapse, pues también quebrantaría y de forma brutal la atención sanitaria. Vivimos en un equilibrio inestable, en un dilema difícil que a veces disocia cognitiva y emocionalmente.

El mundo rico ha sido golpeado, de forma crónica y silenciada lo es, el mundo pobre. Aquí hemos apreciado que la sociedad desfavorecida habrá de ser apoyada en su digitalización que ha demostrado que facilita la conectividad humana.

Esta pandemia debiera de cuestionarnos y por ende generar la necesaria humildad, sin negar, sin eludir que no hay vida en abstracto, la vida lo es desde y para la vida mía.

El problema (uno más), es que somos malos observadores de nosotros mismos. Ahí entra la psicología, que tiene por objeto la vida, por eso estudia la psique y el mundo del que somos parte y nos conforma. Recordemos en este punto lo que afirma la psicología de la Gestalt: «El todo es más, que la suma de sus partes».

Déjenme que me sincere, me llama la atención con qué facilidad nos queremos escapar de la realidad y es que en Occidente no sabemos convivir con la muerte. Coincidiremos en que el miedo está bien como alerta, es muy preocupante si paraliza.

Vivimos una gran tensión psicológica, y eso que el confinamiento ha sido un instrumento, no un castigo. Entendamos que los temores a la calle son adaptativos y lógicos, que las denominadas medidas de alivio no siempre generan una reacción psicológica positiva, que en el aislamiento hemos disfrutado (mayoritariamente) de sensación de refugio, seguridad y aun comodidad. Ahora y como nos describió Vikctor Frankl estamos «en busca de sentido».

Claro que no todos nuestros planes van a cumplirse, aun después de generar temporalmente sentido de comunidad, de establecer un cordón de afecto vecinal.

Desde luego en el confinamiento hay quien se ha aletargado y quienes hemos sido muy productivos.

Ahora hemos de señalar, que basarse solo en la emoción, sin apoyarse en el razonamiento, no suele conducir a nada bueno. Aprovechemos para cuestionarnos sobre qué es aquello por lo que estamos comprometidos, y qué estimamos debe ser defendido.

Creo que nos hemos comprometido con fortalecer la sanidad, con dotarla de medios desde los presupuestos. Y desde luego, hemos visto muy de cerca la realidad del cambio climático, al percibir la globalización de la pandemia, y sentirnos todos habitantes de un mismo planeta, hemos escuchado en las siempre ruidosas ciudades, a los pájaros, las campanas, el silencio.

Decía Séneca que «una persona que no reflexiona, es incapaz de ser artífice de su vida». Por tanto, con los miles y miles de muertos, con sus familiares, no cabe tunear la realidad, contar un relato, adoctrinar desde obsoletas ideologías, o jugar a la posverdad. Tienen nombre, apellidos, y tendrán un recuerdo inolvidable, una deuda impagable, una responsabilidad ineludible.

Javier Urra

Primer Defensor del Menor

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