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Las damas de la luz

viernes 06 de marzo de 2020, 19:38h
Son las tres de la mañana y toca observar. Como diría Florence Nightingale solo la observación indica cómo está el paciente.

Mientras que camino por los pasillos del hospital, alumbrándome con la linterna del móvil, me es inevitable pensar en otro día, en otros años, en los que otra enfermera como yo realizaba la misma tarea.

Me contaba P.C hace unas semanas que todo era diferente. Ataviadas con un peculiar vestido azul, mandil blanco, medias, zapatos de tacón, candil y una gran capa azul marino para protegerse del frío, afilaban agujas, esterilizaban las sondas y hacían una tortilla a quien hoy no había comido.

Era otro día y eran otros años. Y pese a que la enfermería ha cambiado mucho, todavía tenemos la suerte de tener a algunas de estas enfermeras.

Actúan firmes, pero con templanza, desarrollando esa “mano izquierda” que hay que tener con algunos pacientes.

Unas siguen siendo sensibles y otras tienen una doble coraza, probablemente porque han visto sufrir más de la cuenta.

Dan la calma necesaria que se necesita en momentos como estos en los que parece que todos estemos perdiendo el sentido común.

Llevan tanto tiempo en esto que han desarrollado el sexto sentido de que algo no va muy bien en el paciente cuando nadie nos damos cuenta y ni siquiera los síntomas han empezado a dar la cara. Suelen disparar el clásico: “no sé qué le pasa, pero no me gusta”.

Y claro que van más despacio, y no llegan a encajar esto de utilizar el ordenador, pero habrá que vernos cuanto nos pesan a nosotras las piernas cuando lleguemos a su edad y lo que hubiéramos hecho si durante toda nuestra vida solo hubiéramos utilizado papel y boli.

Saben lo que pasa, lo que hay que hacer y cómo hay que hacerlo. Y hoy con zuecos, pijama blanco y sin candil, siguen dando luz a quienes no tenemos tantos años.
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