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Aniceto Marinas, el escultor del pueblo

domingo 23 de septiembre de 2018, 10:47h

Cualquier madrileño y cualquier turista que haya visitado la capital conoce las estatuas de Velázquez, delante del Museo del Prado, y Cascorro, en la plaza del Rastro, pero muy pocas personas saben quién fue el artista que las esculpió, Aniceto Marinas (1866-1953). Este segoviano de carácter tranquilo y afable, según le describen allegados a él, falleció en Madrid hace justo 65 años y, a finales del siglo XIX y en la primera mitad del siglo XX, se dedicó a elaborar esculturas de héroes del pueblo en distintas localidades de España. Por ello se ganó la aprobación y el cariño de la gente, aparte de llegar a ser director de la Academia de Bellas Artes de San Fernando como reconocimiento del mundo académico.

Desde su más temprana infancia se dedicó a moldear figuras de barro en su ciudad natal de Segovia. En ella de adulto legó para la posterioridad la estatua de Juan Bravo, comunero y luchador de libertades contra el absolutismo de Carlos I, y el monumento a Daoiz y Velarde, héroes de la insurrección madrileña contra la ocupación francesa de 1808 que se formaron en la Academia de Artillería de Segovia. Aniceto Marinas pronto empezó a despuntar y, debido a que pertenecía a una familia humilde y obrera, tuvo que recurrir a becas para conseguir formación superior en Madrid y luego en Roma. Sus primeras obras obtuvieron premios y medallas nacionales y le granjearon la amistad de figuras consagradas como el también escultor Mariano Benlliure.

Asentado en Madrid como profesor en la Escuela de Artes y Oficios, su estilo artístico no era encasillable en una tendencia concreta, si bien posteriormente la crítica lo ha considerado como realista con influencias modernistas. Gracias a su temprano éxito, Marinas tuvo facilidad para que a lo largo de toda su vida le llegaran encargos a nivel particular y desde las instituciones públicas. Éstas estaban especialmente interesadas en mantener en el recuerdo público a personajes locales célebres y, sobre todo, en recuperar los grandes héroes del pasado en el marco de crisis de identidad española causada por el fin de los últimos reductos del Imperio español en 1898. Así, aparte de las obras ya mencionadas, esculpió otro monumento a Daoiz y Velarde en Madrid, que está ubicado en los Jardines del Templo de Debod, al conquistador Guzmán el Bueno en León, al explorador Legazpi en Zumárraga (Guipúzcoa), a la escritora Concepción Arenal en Orense, al Padre Cámara en Salamanca, al historiador Enrique Flórez en Villadiego (Burgos), al arabista José Moreno en Badajoz e incluso a los Amantes de Teruel en esta localidad.

También son significativos el Monumento a las Cortes de Cádiz en esta ciudad y el grupo escultórico La Libertad, en el Monumento a Alfonso XII del Parque del Retiro, recientemente rehabilitado y abierto al público por el Ayuntamiento de Madrid. En cambio, malograda fue la suerte de una de sus pocas esculturas monumentales de carácter religioso, el Sagrado Corazón de Jesús, en Getafe, que debido al rechazo popular fue dinamitado durante la Guerra Civil y tuvo que ser reconstruido de nuevo. Desafortunadamente éste no fue el único daño que causó la contienda al legado de Aniceto Marinas. Los bocetos y los moldes de muchas de sus obras, junto con los cuadernos de sus años de estudio, desaparecieron cuando su taller en Madrid voló por los aires a causa de la artillería franquista, imposibilitando el estudio en profundidad de su proceso creativo. En la fachada del número 29 de la calle Marqués de Urquijo existe una placa que recuerda la ubicación del taller, y residencia, de Aniceto Marinas.

Su capacidad artística no se limitó a la monumentalidad escultórica de grandes personajes y eventos históricos relevantes. Además de realizar algunas pinturas al óleo, Marinas esculpió estatuas de personajes de la mitología griega y judeocristiana, relieves de temática diversa, medallas, tallas religiosas de Cristo y la Virgen y bustos de artistas coetáneos a él, dedicó una escultura a su amigo el poeta José Rodao representando una de sus poesías en “Hermanitos de leche” (hoy en el Museo de Segovia) e incluso cinceló su propia sepultura en el Cementerio del Este de Madrid.

A pesar de la trascendencia de sus obras y los intentos de darle a conocer, como la reciente publicación del estudio realizado por su amigo Antonio Horcajo, quien también consiguió que se le dedicara una calle en Madrid junto al río Manzanares, el escultor segoviano es actualmente un gran desconocido para el gran público. Así, en el aniversario de su fallecimiento, para evitar que muera dos veces, la segunda con el olvido, sirva este artículo para recuperar la memoria de quien fue el escultor del pueblo, Aniceto Marinas.

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