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Quiero tener arrugas

martes 16 de enero de 2018, 08:59h

Su piel ya ha dejado de ser firme y tampoco es elástica. Unos pequeños surcos llevan años dibujándose en su entrecejo sin necesidad de fruncir el ceño.

Sus ojos, aunque un poco hundidos, todavía brillan, tienen aún demasiada vida que ver y recordar, aunque ahora no sepa ni quién es. Parece que una desorientación le ha traído de nuevo hasta aquí.

A los cincuenta, aparecieron unas marcadas líneas a cada lado de su nariz y parece que se van a quedar para siempre.

Sus labios, hoy deshidratados, también están adornados por arriba y por abajo por unos pequeños pliegues demasiado marcados a pesar de su edad que me hacen imaginar el primer y último cigarro, los dos fumados a escondidas.

El suero ha dejado de caer y la vía que tenía en la mano derecha parece que ha dejado de funcionar. Retiro el apósito y unas manchas en el dorso de la mano me desvelan las horas que ha debido de pasar al sol. También veo un anillo que no ha querido quitarse, el amor aún triunfa.

Canalizo una nueva vía, conecto los sueros, la arropo y la digo que muy buenas noches.

Busca mi mano, y me la aprieta con fuerza, sonrío y sonríe. De golpe, aparecen todas, las temidas, pero también amadas arrugas. Las que nos recuerdan (aunque no queramos) que el tiempo pasa para todos nosotros y las que nos afirman: que hemos vivido, que hemos llegado a viejos, que somos viejos, pero que aún vivimos.

Henri Frédéric dijo que: ‘’saber envejecer es la obra maestra de la cordura y una de las partes más difíciles del arte de vivir’’.

No puedo estar más de acuerdo con él, yo quiero tener arrugas.

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