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El papel de la Sanidad Privada

jueves 21 de septiembre de 2017, 12:02h
Es un viejo mantra, manejado por casi todos los políticos y periodistas de nuestro país, el referirse a la Sanidad únicamente para afirmar que “la sanidad pública española es una de las mejores del mundo”, sin profundizar nada más. Esta idea ha ido calando a lo largo de los años en la mentalidad popular y la verdad es que si España tiene uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo, sobre todo en alcance de población y coberturas, no es sólo por la existencia del sistema sanitario público.

Así por ejemplo y a modo de muestra queda patente que en nuestro país el sector sanitario privado supone el 30% del coste sanitario y en sus centros se realiza entre un 20 y un 30% de la actividad sanitaria de todo el sector, variando estas cantidades en función del tipo de actos a los que nos refiramos; urgencias, actos quirúrgicos, consultas especializadas, etc. Desde el punto de vista de la innovación, por poner otro ejemplo, cabe señalar que aproximadamente la alta tecnología de nuestro país se encuentra entre un 40 y un 60% en centros privados, y si hablamos de la disrupción tecnológica, como la cirugía robótica o las últimas innovaciones en radioterapia o en imagen diagnóstica, están mayoritariamente en el sector privado. Además y hablando de innovación, el último informe europeo de control de ensayos clínicos (Informe BEST) ha expuesto que el sector privado acoge un 48% de los estudios de este tipo en nuestro país. Finalmente y a modo de poder calibrar lo que opinan los usuarios y poner datos sobre el papel del sistema sanitario privado desde distintos puntos de vista, se da la circunstancia de que aquellos colectivos que tienen la posibilidad de poder elegir entre el sector público y el sector privado, los funcionarios civiles y militares del Estado lo hacen por una extraordinaria mayoría, más del 80% año tras año, por el sector privado.

Aunque es verdad que en comparación con países de nuestro entorno tenemos uno de los mejores sistemas sanitarios, estos datos cada vez más crecientes del sector privado deberían hacer reflexionar seriamente a las autoridades sanitarias sobre los problemas que pueden aquejar al sistema público y sobre todo sobre el perjuicio que se está produciendo al tratar, sistemáticamente por motivos ideológicos o de complejo políticos, de aislar y arrinconar al sector privado, privando al final de su servicio a la población que no puede acceder a él. Conducta que, por cierto, no hace otra cosa que aumentar de manera significativa el número de personas que adquieren un seguro suplementario de salud, produciendo que el que aspira a ser el Sistema Social más importante del mundo esté dando lugar a la existencia de una Sanidad de dos velocidades sólo al alcance de un cuarto de la población.

La sanidad pública española dispone de muy buenos hospitales y de un excelente personal sanitario altamente cualificado, aunque diferentemente motivado, y en ocasiones atemorizado por posibles responsabilidades jurídicas. Pero tiene graves problemas que las autoridades conocen bien y es preciso que se afronten, teniendo en cuenta que si no se hace así la situación se puede ir agravando con el paso del tiempo.

En primer término, y sin duda de los que más ‘ruido’ hace, hemos de considerar la existencia de las listas de espera, tanto para estudios diagnósticos como para tratamientos quirúrgicos.

Actualmente hay listas de espera con demoras escandalosas, y ya se admiten para los pacientes con cierto grado de normalidad las demoras de dos o tres meses en recibir asistencia como algo normal.

Los efectos de la existencia de esas listas de espera, de esas largas demoras en recibir asistencia, han sido y siguen siendo, por una parte, el agravamiento de muchas patologías por el retraso en la realización de la necesaria intervención. Agravamiento que puede significar, en algunos casos, la diferencia entre un resultado favorable y el fallecimiento del paciente, y en otros muchos, la aparición de secuelas, que no se hubiesen producido si se hubiese operado antes. Desde un punto de vista laboral, el alargamiento de situaciones de baja por enfermedad provoca consecuencias económicas desfavorables, tanto para la empresa como para el propio paciente y para la Seguridad Social. Desde un punto de vista emocional, para el propio paciente la zozobra de estar pensando, no erróneamente, que esa larga espera les está perjudicando la salud.

Un grave problema es asimismo la escasez de hospitales de media y larga estancia, para pacientes que no pueden ser atendidos debidamente en sus domicilios y por su familia, pero que podrían estar en un centro cuyas estancias fuesen mucho menos costosas que las de los grandes hospitales de agudos. Si estos pacientes ingresan lo hacen en un hospital de agudos con costes muy elevados de sus estancias, y si se quedan en casa, mal atendidos, se complican con frecuencia y su recuperación se hace problemática, todo lo cual aumenta los costes sanitarios además de desprestigiar al sistema. Claramente hace falta una política común que refuerce la atención propia de la cronicidad y el envejecimiento y saque el máximo provecho a un sector tecnológico que todavía no ha calado como podría hacerlo en el sector sanitario.

La sanidad pública española tiene ‘zonas de sombra’ en las no se ha querido entrar, como la hospitalización psiquiátrica prolongada, muy necesaria últimamente, así como la medicina preventiva cuyo mayor desarrollo habría supuestos grandes ahorros al sistema, pues es mucho más barato prevenir que curar. En contraste, por ejemplo, con el gran desarrollo de los trasplantes de órganos, de gran repercusión internacional, se echa de menos una planificación nacional única del sistema de salud público.

Sobraría decirlo, pero hay tal corriente anti sanidad privada en nuestro país y en sus autoridades políticas que nunca está de más repetirlo. La sanidad privada dispone en la actualidad de muchos hospitales modernos con tecnologías de última generación, y se podría concertar con ella, a buenos precios, aliviando con ello parte de estos problemas. La rigidez de la sanidad pública con respecto a cuestiones administrativas o laborales — y no es una crítica si no una descripción objetiva de la sanidad pública que tenemos porque así lo hemos querido los españoles —, hace que su capacidad para competir en eficiencia con el sector privado no sea comparable. La calidad asistencial y la eficiencia de los centros privados ha sido una constante en los últimos años en nuestro país tal y como ha venido demostrando con transparencia y objetividad el Instituto para el Desarrollo e Integración de la Sanidad (IDIS).

Este sistema de conciertos con la sanidad privada no perjudicaría en nada al sistema sanitario público, al contrario, le van a ahorrar dinero, que podría emplearlo en mejorar y mantener al día sus propios hospitales, al tiempo que le proporcionaría de forma inmediata un elevado número de camas y de equipos sanitarios que suprimirían las listas de espera, o las reducirían a unos pocos días. Lo cual, beneficiaría a los hospitales públicos que no tendrían que trabajar con esa presión haciéndolo con más sosiego y, por tanto, con mayor calidad. Pero esos conciertos deben ser lo suficientemente prolongados para que los centros hospitalarios privados objeto de los mismos puedan adaptarse a las cambiantes necesidades del sistema público y mantenerse al día de forma continua.

Aunque es evidente que el mal funcionamiento de la sanidad pública puede beneficiar a los centros privados, pues el descontento que ese mal funcionamiento lleva a muchas personas a suscribir una póliza asistencial con una aseguradora privada, puedo asegurar que no es el deseo de la mayor parte de los dirigentes de la sanidad privada. La intención real del sector privado es la mejora en su conjunto de la Sanidad de nuestro país y de la misma sanidad pública, pero hay suficiente conocimiento como para poder afirmar que para que esa mejora sea efectiva es preciso e imprescindible la colaboración público-privada.
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