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A quién le importa

lunes 03 de julio de 2017, 14:31h

Se queda Madrid con el recuerdo de la fiesta mundial del Orgullo y devuelve el reto y el rito a Nueva York, la ciudad en la que Lorca escribió sus profundos versos heridos contra –también- la discriminación. Será justo al otro lado del Atlántico donde a saber si aún residirá el ogro que amenaza a los poetas. A ver cómo se apañan en una ciudad y un país acosado por su propio presidente en tantas cosas que lo hicieron libre. Ojalá que muchos –y muchas, por supuesto- no echen de menos el bullicio desenfadado de Madrid estos días. Madrid, ciudad abierta, tan inocente, sin preguntas, con la mesa puesta para convidar al extraño a pesar de la ingratitud con la que tantas veces es después tratada. La mejor cara de la antigua tolerancia madrileña, a veces oculta y confundida y ahora estos días de nuevo exhibida con júbilo. Una ciudad que ha sido participativa y acogedora, generosa también incluso a regañadientes –esas calles repentinamente cortadas durante días, el esfuerzo impagable de los que velaron el festejo y de tantos que luego han de poner las cosas en su sitio-, generosa en suma en la paciencia de los que han preferido no estar en el jolgorio aun respetando el mismo deseo de libertad. Qué pena que podamos echar de menos esta concordia y este entusiasmo reivindicativo en esta época en la que quedan pendientes tantas reivindicaciones.

Hubo una tarde en la que la Gran Vía y sus aledaños quedo repentinamente sumida en algo parecido al silencio de los acantilados. Desaparecieron los coches como por ensalmo y la gente se animó a pasear por el asfalto como por las orillas de ese mar siempre imaginado. Y sin embargo en esa Plaza de España que es como una habitación siempre por ordenar, se erigía una estruendosa plataforma contra la que rompía como en un rompeolas ese silencio extraño. Se podía elegir como el que opta por la playa o la montaña. Igual que en la Puerta del Sol o la puerta de Alcalá que parecía abrir los brazos para acoger a Madrid entero.

La manifestación fue como otras pero multiplicada por su proyección mundial. Por supuesto que estaban los políticos, de repente ahora tan unidos, ahora tan de acuerdo en palabras tan semejantes. El confort de la unanimidad. Hasta Carmena, precisa en sus palabras y en recuerdo oportuno a Lorca ahora que se lo llevan a Nueva York, y Cifuentes se echaron un baile. Y hasta una conga. Sonaba de fondo el himno “¿A quién le importa?” y eso es imposible no bailarlo. Las treguas no solo son para las trincheras en Navidad. “¿A quién le importa lo que yo haga, a quién le importa lo que yo diga?”, cantaban Carmena y Cifuentes, pasando de la punta que se le podía sacar al estribillo. Olvidemos las esquinas de la política cuando los políticos se animan a bajar a la calle diáfana y se convierten en uno de los nuestros. Queda claro que los políticos deberían bailar más a menudo.

A la manifestación fue una multitud y eso que hubo gente que no se decidió a ir porque, por desgracia, existe un nuevo miedo a las aglomeraciones. También en esto Madrid ha contribuido, gracias al trabajo de la policía nacional y municipal, a mitigarlo con eficacia. El despliegue de las fuerzas de seguridad tuvo además la virtud de acoplarse al paisaje. En Madrid todo el mundo se sintió seguro y pudo verse como muchos ciudadanos satisfechos se acercaban a la policía para dar las gracias.

Todo fue escudriñado por la lupa de los compañeros de Telemadrid, tan inagotable como antaño. Cabe desear a nuestra radio y televisión pública en esta nueva etapa, y siempre, la misma voluntad para testificar sin tapujos el pulso de la Comunidad.

Ahora que vuelve la furia del verano, más que nunca, que viva la vida. Que lo que el LGBTI ha unido no lo separe el hombre.

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