El Tribunal Supremo acaba de afirmar que poner una casilla para recaudar para la Iglesia católica, pero negársela a los protestantes no es discriminarles. En su vida privada los jueces pueden creer en misterios y milagros como ese. Pero su profesión les obliga a ejercerla conforme a la Constitución, pues lo contrario sería, es, prevaricar, burlarse de ella y de todos nosotros.
En el fondo, no es que los protestantes tengan derecho a la casilla, sino que tampoco debiera tenerla la Iglesia católica, pues –al revés de lo que ocurre en un país más serio, como Alemania- el que pone esa cruz paga ni un céntimo más, y los Reyes Magos no hacen ahí ningún regalo milagroso. Así, lo único que decide ese tercio “cruzador” de esa casilla, contra todo derecho, es cuanto tenemos que pagar entre todos los contribuyentes. Y los protestantes, contra los que también debemos protestar la gran mayoría de contribuyentes que no ponemos esa tramposa cruz, son otros vivos, que quieren apuntarse al carro de ese injusto y engañoso impuesto, que atenta contra nuestro bolsillo y nuestra conciencia.