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Los piratas de Caja Madrid

miércoles 21 de septiembre de 2016, 08:12h

Por fin se juzga a la pandilla de aprovechados que se pagaron sus caprichos con las tarjetas opacas de Caja Madrid. Un mal día se decidió que las cajas de ahorro perdieran su condición de instituciones beneméritas de crédito social y se convirtieran en instrumentos financieros de partidos políticos y agentes sociales. El balance de aquella operación no ha podido ser más desastroso. La mayoría de las cajas han desaparecido y con ellas las prestaciones sociales que beneficiaban a los más humildes. Las que se mantienen abiertas, salvo excepciones extraordinarias, sobreviven transformadas en bancos arruinados y deficitarios, rescatados con miles de millones de euros que todos los españoles tendremos que devolver a los prestamistas internacionales.

Menudo pastel putrefacto y maloliente, plagado de moscas golosas pegadas a él, nos encontramos en la trastienda de Caja Madrid. Sabíamos de la calamitosa gestión que quebró a una entidad que fuera de todos los madrileños, del desembarco corsario de politicastros y agentes sociales en sus playas institucionales, de los sueldos fabulosos que la Caja abonaba a sus directivos y consejeros y de los créditos blandos que allí se les concedía. No imaginábamos, a pesar de todo lo dicho, que también se lo llevaban crudo y en negro.

Mientras el Titanic Caja Madrid se iba a pique en las aguas negras de la crisis económica, los aventureros que pilotaban la nave, acostumbrados a jugarse el dinero ajeno en tómbolas financieras, sin percatarse de la deriva peligrosa que torcía el rumbo del barco, se divertían a bordo. Cuando advirtieron que los arrecifes de la burbuja inmobiliaria se incrustaban en el casco de la nave, ya no pudieron maniobrar para evitar el desastre. La catástrofe se consumó, para desgracia de propios y extraños.

Hasta ese fatídico día, los consejeros políticos y sociales, que nada sabían presuntamente de periplos marítimos, que tampoco tenían el menor interés en conocerlos, que cobraban un salario por formar parte del elenco, se gastaban una pasta gansa en cada puerto franco donde atracaba el barco. Más de quince millones de euros dilapidaron en desembolsos corrientes y antojos varios.

Tiraban de tarjeta como si sacaran agua de un pozo sin fondo, malbaratando un recurso que era de toda la Comunidad. Los muñidores del invento, que eran entonces los máximos responsables de Caja Madrid, se habían fabricado un mecanismo de gastos ocultos que burlaba el control de sus propios interventores y la curiosidad del Fisco. Las supuestas capacidades de las que presumían los gestores de la Caja, lejos de emplearse en la buena marcha del negocio, se utilizaron para embolsarse secretamente muchos millones de euros.

El caso del que les hablo podría ser uno más de los muchos ejemplos de corrupción que nos escandalizan a todos, pero un fraude tan característico se convierte en una burla a la ciudadanía pagana del rescate de la Caja y una afrenta a todos sus accionistas y tenedores de productos bancarios. Aquellos damnificados por el turbio asunto de las preferentes y la entrada en bolsa de Bankia tienen cara y apellidos. Son jubilados en su mayoría y fueron engatusados miserablemente, cambiándoles sus ahorros depositados a plazo fijo por valores de especulación financiera, irrecuperables y sin plazo de vencimiento.

Los afectados pagaron su candidez con sobresaltos y disgustos. Peregrinaron de arbitraje en arbitraje, de abogado en abogado, de juzgado en juzgado, para recuperar lo que era suyo. Tantos desvelos contrastan, demagogias aparte, con la conciencia laxa y la dejadez amoral de los tarjeteros manirrotos. Resuélvase definitivamente el problema que acucia a los perjudicados y castíguese a los espabilados con las penas que se merecen. Caso por caso, compruébese si han devuelto lo que se llevaron y reclámense las cantidades malgastadas a los que aún no hayan tenido la decencia de hacerlo. No deberían quedar impunes los piratas que arramplaron con parte del botín que se salvó del naufragio de Caja Madrid.

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