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Un oasis menos en Madrid

lunes 05 de septiembre de 2016, 08:01h

Consumado un larguísimo periplo por los paisajes más húmedos y refrescantes del litoral norteño, con alguna dificultad y mucha nostalgia, intento aclimatarme al sofoco agobiante que se eterniza en Madrid. Siempre hizo calor en la capital, pero últimamente la canícula extrema se adueña de la estación estival y apenas concede tregua a los sufridos madrileños. Desde la Noche de San Juan, en las postrimerías del mes de Junio, hasta la festividad de San Miguel, bien entrado Septiembre, las olas de calor se van sucediendo una tras otra, dejando tras de sí un Madrid recalentado, reseco y polvoriento.

Los ciudadanos se desesperan, todo lo verde se agosta y el arbolado urbano, cada vez más desasistido por nuestro Ayuntamiento, que no lo cuida ni lo riega, ofrece un aspecto deplorable, ajado y mustio, con miles de ejemplares deshojados y secos. Si no lo remediamos, y no parece que vayamos por el buen camino, el cambio climático terminará por traernos los rigores calamitosos del estío africano.

Como les cuento, recién llegado a Madrid, la ciudad me recibe con una mala noticia: ha cerrado la Cervecería Santa Bárbara. Los amantes de tan extraordinario bebedizo nos quedamos sin uno de los abrevaderos más característicos de la Villa. En sus dependencias, ahora clausuradas, se despachaba la cerveza con un ritual único y una calidad incomparable. Una pérdida irreparable para todos los parroquianos que frecuentábamos el templo cervecero de la Cruz Blanca.

El establecimiento abrió sus puertas en 1947, ocupando los bajos comerciales del espléndido inmueble que se alza en las confluencias de las calles de Goya y Alcalá, en pleno barrio de Salamanca, muy cerca del Parque del Buen Retiro. A lo largo de setenta años, a pesar de lavarse la cara de vez en cuando o de perder por el camino su peculiar marisquería, la cervecería mantuvo sus señas de identidad: los mostradores de mármol blanco, las paredes enteladas de rojo granate, las baldosas blancas y negras, los ventanales abiertos a la calle, los globos de luz refulgente, los lavaderos de agua corriente y sus formidables surtidores de cerveza fresquita.

Sus camareros, perfectamente uniformados, tiraban como nadie las cañas, los dobles y sus afamados barros. Las consumiciones, rubias o negras, magníficas ambas, se presentaban coronadas por una crema de cerveza batida que dejaba una estela de círculos de espuma en los recipientes vacíos. Los más pudientes acompañaban el trago con gambas cocidas, berberechos en vinagre, patatas fritas, lonchas de mojama, bocas de la isla o percebes.

El secreto de tanta excelencia consistía, según parece, en una elaboración refinada del producto, en el tamaño de los vasos y las jarras, que mantenían la temperatura ideal de la cerveza; en un toque justo de presión carbónica y en el lavado a mano de la cristalería. En cualquier caso, los dueños actuales de la Cruz Blanca han decidido traspasar el negocio. Seguramente alguna de las muchas multinacionales de la confección se dispone a ocupar el especio abandonado. Muy pronto, desgraciadamente, la difunta cervecería se transformará en otro baratillo de ropa y complementos. Cambiará toda la fisonomía de la zona y Madrid habrá perdido otro de sus mejores oasis.

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