martes 22 de junio de 2010, 00:00h
Actualizado: 05/07/2010 13:57h
Qué raro es esto de los sentimientos. Cómo puede doler el corazón por la muerte de alguien a quien nunca has visto o saludado y con el que nunca has hablado.
José Saramago murió en Tenerife y fue enterrado con todo tipo de honores por los gobernantes de su país, Portugal, el mismo que le obligó a exiliarse en España porque los mandamases de su primera patria no le consideraban digno de un premio porque arremetía contra la Iglesia. Necios e intolerantes son los gobernantes que buscan aliados no entre los pensadores críticos y furiosamente defensores de los Derechos Humanos, como Saramago, sino entre los que se comportan con la corrección política que exige cada momento, siguiendo los cánones dictados por lo que ponen estas normas para que todo siga igual y nadie ose poner verde por indecente a quien se comporta como un animal de bellotas.
Sé de la rebeldía del escritor que nos ha dejado por lo que dijeron los periódicos, sé de su obsesión por la palabra y de su odio a la mentira por sus escritos. Sé por él que la resignación no es buena compañera de viaje y que la rabia a favor de los más necesitados es tan necesaria como el oxígeno que nos mantiene vivos. También sé que la defensa de los principios nada tiene que ver con el amor por las siglas de los partidos políticos. Sé que renunció a defender la Cuba de Fidel Castro, con el que había compartido quejas y denuncias sobre los bloqueos americanos, cuando consideró que se hacía lo contrario de lo que se prometía, sé que las injusticias y maniobras sucias del poder político le quemaban el corazón y le calentaban la boca, con independencia de que sus protagonistas fuesen de la derecha de siempre o de la izquierda con piel de cordero y garras y maneras de lobo adiestrado para aparecer como amigo al falsario disfrazado.
Aprendí de Saramago a fantasear e imaginar qué pasaría si la gente dejase de morir de hambre o si el capitalismo no fuese el animal de muchas cabezas que según las cortas aparecen más por exceso de admiradores. También entendí la belleza de la democracia y del voto y que no pasaría nada bueno si algún día la gente votase masivamente en blanco en unas elecciones. Muchos de los que ahora le adulan buscarían enemigos invisibles al comprobar que el blanco de la esperanza llena las urnas electorales, al comprobar, al ir a votar, que nada de lo que se ofrece le convence y que pasa de elegir lo menos malo.
Poco más sé de Saramago. Sé que en mi pueblo, Rivas-Vaciamadrid, hay una calle que lleva su nombre, y también un colegio. Y una biblioteca. De todas estas señales de Saramago tengo conocimiento por Curro, un chaval habitual en mi domicilio, porque su nombre era citado con asiduidad, cuando mi hijas eran niñas. Leire era su buena amiga y pasados los años siguen siendo colegas. Cuando el escritor incomodo para los poderosos y amado por los amantes de la buena y comprometida lectura inauguró su biblioteca, a comienzos del siglo XXI, este chaval se la compuso como pudo para conseguir su dedicatoria en uno de sus libros. Lo encontró y se sintió tan orgulloso de saludarle que, en el mismo instante de conocer su fallecimiento, esa bella imagen se fijó en sus ojos y en su mente. Murió un gran tipo, un amante del amor, un rebelde del que aprendí a no callarme ni debajo del agua y a no dar por perdida ninguna causa justa, aunque pocos más consideren políticamente correcto levantar esa bandera. Su serenidad en la exposición de sus críticas es mi asignatura pendiente. Seguiré aprendiendo mientras recorro su calle en Rivas, me acerco al centro de enseñanza que lleva su nombre y me siento enfrente de la biblioteca de este pueblo que tantas veces le requirió para tantas causas nobles.
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Periodista. Empezó su carrera profesional en El Socialista, colaboró con medios como Diario 16 e Interviú y durante casi una década intervino en tertulias de la Cadena Ser. Fue presidente de Tele K (televisión de Vallekas). Durante más de 30 años se dedicó a la información autonómica en Servimedia, Ha recibido numerosos premios de la Asamblea de Madrid, el Gobierno regional, la ONCE, Canal 33 y premio APM, entre otros. También ha recibido, tras su jubilación que no retirada, un homenaje de los todos los presidentes de la Comunidad de Madrid y de la Asamblea autonómica. En la actualidad, colabora con Madridiario y Zarabanda.
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