Se acabaron las vacaciones. El verano da sus últimos coletazos, que no el calor. Volvemos a la rutina de septiembre. Ya se sabe: operaciones regreso, promesas de principio de temporada a incumplir, deseos frustrados, cursos por fascículos, vuelta al cole (con la sangría al bolsillo de los progenitores incluida), despertadores, sueño, prisas y trabajo, mucho trabajo. Casi todos coinciden en que también se regresa a la economía de guerra después de la burbuja veraniega.
Pues bien, este septiembre hay sorpresa. Una atracción para la que no es necesario el bono de Parques Reunidos. Madrid es una ciudad a una zanja pegada. Hay obras por todos los sitios. Pasen y vean. Tienen para elegir dónde montarse su 'Siete Picos' particular: paseo de Recoletos, paseo de la Castellana, calle Alcalá, O´Donnell, Puerta del Sol, plaza del Callao, plaza de Castilla, Santa María de la Cabeza, Calle 30, plaza de las Cortes, carretera de Barcelona... Por mentar unas cuantas.
¿O es que se pensaban que las obras desaparecían después de las vacaciones? Pues no. Ya nos gustaría. A conductores y usuarios de transporte público nos toca apechugar y mascar polvo en algún pasaje del terror flanqueado de vallas y zanjas, al ritmo de las excavadoras y los martillos neumáticos. Hasta los usuarios de las líneas 5 y 6 de Metro van a tener que sufrirlo. Las obras de acondicionamiento les obligan a coger el autobús. Así que unos y otros tendrán que armarse de paciencia, que de los autos locos no les salva ni el mago de Oz (si el camino de baldosas amarillas estuviese en Madrid, seguro que se habría levantado para reasfaltarlo, meter una tuneladora y hacer un aparcamiento).
Y pido calma porque estas reformas siempre se realizan con la promesa política de una ciudad mejor que nunca llega ya que los trabajos nunca se acaban. Porque mientras llega Shangri-La seguimos buscando el tesoro del que nos hablaba el actor estadounidense Danny De Vito. Madrid nunca da la sensación de estar acabada del todo. Quizás es que es infinita y nadie se ha dado cuenta. No sé si seré el único pero, para variar, me gustaría poder disfrutar en el presente de todas las posibilidades, que son muchas, de la capital, aunque no sea perfecta. Eso es mejor, de cuando en cuando, que pasarnos el día sufriendo en atascos y 'gymkanas' peatonales mientras nos imaginamos la megalópolis que tendremos en el mañana que nunca llega.
Sin embargo, eso no es posible. La 'cultura de la calidad' nos domina. Es decir, lo importante es ir a la última y tener lo mejor de lo mejor, aunque eso cueste millones cada año en cambios y recambios (que sólo suelen llegar para adecuar los cuatro puntos que salen en las guías de viaje). Por ejemplo, ¿han visto alguna vez una calle recién asfaltada o pavimentada levantarse porque hay dos baldosas rotas, porque hay que meter nuevas cosas bajo tierra o porque la disposición no era la idónea? Es el engaño de creer que necesitamos producir y cambiar las cosas una y otra vez, en vez de aprovechar toda la vida útil de cada producto. A lo mejor otro día me animo y comento a qué lógica responde esta actitud.
Por ahora, espero que, si no se puede cambiar esta forma de hacer ciudad, por lo menos, se destine la lluvia de millones a recuperar las zonas en las que vive la mayor parte de la gente y que no ven los turistas. Que se descentralice la montaña rusa a los distritos que no están en el cogollo urbano. En Madrid eso supondría elevar el nivel de vida de dos tercios de la población. Y, seguramente, valdría menos de lo que pensamos. Habría obras antes y después de vacaciones, sí, pero para cosas mucho más urgentes que algunos de los churriguerismos que ahora se llevan a cabo. Ese es mi deseo de principio de curso. Espero que no se frustre.