El 9 de enero de 1625, Felipe IV decidió poner límites a una ciudad que crecía sin freno. Madrid estrenaba una cerca que no se pensó para la guerra, sino para la rutina: un cinturón de ladrillo y argamasa que abrazaba la Villa y Corte con un objetivo claro, controlar lo que entraba y salía, cobrar impuestos y vigilar la salud en tiempos de peste.
La obra, dirigida por el arquitecto real Juan Gómez de Mora, se extendía a lo largo de más de trece kilómetros y se levantó con materiales modestos: ladrillo, tapia y mampostería. No tenía torres ni almenas, pero sí puertas y portillos que funcionaban como relojes: abrían al amanecer y se cerraban al anochecer. Quien llegaba tarde, dormía fuera.
En cada acceso trabajaban los fieles y portazgueros, encargados de medir cargas y cobrar derechos. El vino pagaba sisa, la carne y el aceite también. Este impuesto indirecto, que se aplicaba en la entrada o en el punto de venta, ayudó a financiar la cerca y convivió con otros tributos como la alcabala y los millones, que encarecieron la vida cotidiana. La aduana de Madrid no estaba solo en la puerta: también en el vaso.
La cerca no solo ordenaba el comercio, también servía como cordón sanitario. Tras la gran peste atlántica y otras oleadas del siglo XVII, la ciudad aprendió a cerrarse para sobrevivir. Cuando el rumor de contagio llegaba por los caminos, las tablillas bajaban y Madrid se convertía en una isla.
Hoy, la cerca ya no existe, pero su fantasma sigue en las rondas y en las puertas que cruzamos sin pensarlo. Quedan vestigios en la Ronda de Segovia, junto a la Puerta de Toledo, y en Serrano, donde las obras sacaron a la luz tramos y viajes de agua que corrían bajo la tapia. La Puerta de Alcalá, aunque neoclásica, ocupa el corredor antiguo y recuerda que la ciudad tuvo un tiempo en que cada entrada era un mostrador.
Tal día como hoy, Madrid entendió que una ciudad también se gobierna con una línea: una cerca que no presumía de almenas y sí de tablillas, varas y cerrojos. Cobraba y cuidaba; apretaba y ordenaba. Al caminar sus rondas, ese latido aún acompaña a quien sabe escucharlo.
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