Hay miles de madrileños que cruzan cada semana la Casa de Campo para correr, montar en bici, pasear al perro o simplemente respirar un poco lejos del asfalto. Lo que muchos desconocen es que ese gran parque, hoy símbolo popular de la ciudad, fue durante siglos un territorio vedado para la mayoría.
Escucha aquí el episodio de “Tal día como hoy en Madrid” con la historia completa de la Casa de Campo:
El 20 de abril de 1931 se produjo uno de los gestos más simbólicos de la historia reciente de Madrid. Apenas unos días después de proclamarse la Segunda República, la antigua finca real pasó al Ayuntamiento. Lo que había pertenecido a la Corona se abría por fin a la ciudadanía.
La historia de este espacio arranca en el siglo XVI, cuando Felipe II consolida Madrid como capital y la monarquía necesita zonas de descanso y caza cerca del poder. Así fue creciendo una extensa finca al oeste de la ciudad, pensada para el ocio regio y la actividad cinegética.
Durante generaciones, la Casa de Campo fue un espacio cerrado, vigilado y reservado. Mientras Madrid se apretaba entre calles estrechas y barrios densos, al otro lado del río se extendía un enorme paisaje natural que la mayoría solo podía contemplar desde lejos.
La cesión de 1931 cambió esa lógica. Familias enteras comenzaron a entrar en un lugar antes inaccesible. Lo que había sido símbolo de privilegio se convertía en espacio común.
Sin embargo, poco después llegó la Guerra Civil. La Casa de Campo fue escenario de algunos de los combates más intensos en la defensa de Madrid. Trincheras, fortificaciones y posiciones militares sustituyeron temporalmente a los paseos.
Con el tiempo, la ciudad volvió a conquistar ese territorio para la vida cotidiana. Llegaron las meriendas de domingo, el lago, el zoo, el teleférico y generaciones enteras de recuerdos familiares.
Hoy la Casa de Campo sigue siendo mucho más que un parque. Es la prueba de que una ciudad también se define por los espacios que decide compartir.
Y aquel 20 de abril de 1931, Madrid no ganó solo zonas verdes. Ganó una idea moderna de ciudadanía. Una que aún sigue respirando entre sus árboles.