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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

Donde la palabra se inclina
(Foto: Pixabay)

Donde la palabra se inclina

domingo 05 de octubre de 2025, 08:00h
Actualizado: 19/11/2025 18:55h

El 5 de octubre de 1928, la Real Academia Española presentó su nueva gramática en los salones de la calle Felipe IV. No era solo un libro: era una declaración de orden, de norma y de identidad. Madrid se convirtió en el epicentro de una reforma que buscaba consolidar el uso correcto del español en todo el mundo hispanohablante, en un momento en que la lengua se debatía entre tradición y modernidad.

La gramática de 1928 no surgió de la nada. Era fruto de décadas de reflexión desde la primera edición académica de 1771. En esta nueva entrega se reconocía por primera vez la riqueza del español de América, se matizaba el uso del subjuntivo y se definían los tiempos verbales con precisión. Entre los nombres que marcaron la sesión destacaba Ramón Menéndez Pidal, defensor de una visión amplia e inclusiva del idioma. Junto a él, filólogos como José María Monner Sans y Marco M. Avellaneda participaron en la elaboración del texto, mientras el ministro de Instrucción Pública, Antonio Sagarna, opinaba sobre su aplicación en la enseñanza.

Pero más allá de las normas, la jornada planteaba una pregunta: ¿quién decide cómo hablamos? Ser académico de número no depende de exámenes ni oposiciones, sino del reconocimiento entre pares. Cada silla, identificada por una letra del alfabeto, se asigna tras un proceso de votación interna. Escritores, lingüistas, juristas y científicos han ocupado esas letras, entrando en la institución con un discurso solemne que es respondido por otro miembro. Desde ese día, la letra les acompaña. Porque en la RAE, cada letra tiene voz.

Durante siglos, esa voz fue exclusivamente masculina. No fue hasta 1978 que una mujer, Carmen Conde, logró ocupar una silla: la K. Su ingreso fue histórico, pero también incómodo. Algunos académicos se ausentaron del pleno y otros cuestionaron el valor de la literatura femenina. Hoy, las mujeres siguen siendo minoría en la institución que regula el idioma de todos. La gramática también tiene género, y la historia, a veces, tarda en conjugarse en femenino.

En las librerías de la Cuesta de Moyano, los ejemplares de la nueva gramática empezaron a llegar. Los estudiantes hojeaban con curiosidad, los maestros con reverencia. En los cafés de la calle Alcalá se discutía si debía decirse “hubiera” o “habría”, si el leísmo madrileño merecía indulgencia o corrección. Porque la gramática es también una forma de poder: quien la domina escribe leyes, redacta periódicos y enseña en las aulas. Y Madrid, como capital, se convirtió en el epicentro de esa autoridad lingüística. La voz de la Academia resonaba más allá de sus muros: en América, en Filipinas, en los rincones donde el español se pronuncia con acento propio.

Hoy, casi un siglo después, la lengua sigue viva, cambiante, rebelde. La gramática de 1928 fue un intento de fijar lo que se mueve, de encerrar en reglas lo que respira. Y aunque muchas de sus normas han sido revisadas, su espíritu permanece: el deseo de entendernos mejor. Tal día como hoy, Madrid no solo fue testigo. Fue voz.

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