Malas ideas
martes 05 de marzo de 2013, 00:00h
Actualizado: 25/03/2013 08:32h
La alcaldesa de Madrid parece dispuesta a consentir que se destruya en la Gran Vía el proyectado auditorio del Palacio de la Música. A diferencia de la actitud dilatante con la que amontona asuntos problemáticos en su mesa, en este caso lo tiene muy claro: basta con la presunción de algunos puestos de trabajo, temporales y baratitos, para que Ana Botella se manifieste conforme con la reconversión del emblemático palacete en un almacén de ropa económica. Loable es, sin duda, el repentino interés de nuestra regidora por los parados madrileños, pero digo yo que también tienen ese derecho los músicos, técnicos especializados y empleados diversos dispuestos a desempeñarse profesionalmente en la sala de conciertos restaurada por la Fundación Caja Madrid.
Luego se molestan con las gentes de la cultura cuando aprovechan cualquier tribuna para ponerles a caer de un burro. Los que siembran vientos, señora Botella, recogen tempestades.
Puestos a convertir nuestro patrimonio protegido en factorías alimentadas con contratos precarios y mal pagados, yo le puedo proponer a la intrépida munícipe algunas malas ideas. Podrían recalificar ustedes algunas zonas del Parque del Retiro o de la Casa de Campo. Sería posible entonces edificar mansiones unifamiliares en las mejores parcelas que quedan en Madrid, levantar allí residencias lujosísimas, bien comunicadas, espléndidamente ajardinadas y con maravillosas vistas de la capital. Solo con abrir los ventanales se divisarían el Palacio Real, la Catedral de la Almudena o el principesco estanque del Retiro. Una fórmula imaginativa para crear puestos de trabajo y animar el decaído sector del ladrillo. En otros tiempos, ya se arrebato a los madrileños parte de esos espacios públicos. En la Casa de Campo se situaron el Parque de Atracciones, un auditorio lamentable, un zoológico, las barriadas vergonzosas del Batán y el recito ferial más hortera y paleto. Tampoco se libró el Retiro de edificaciones invasoras y de un alcalde jardinero, el inefable Arias Navarro, que desvirtuó la esencia de su paisaje primitivo.
El catalogo de despropósitos sería interminable. No me resisto, sin embargo, a ofrecerle algunos procedimientos añadidos. Modifique usted la Casa de la Villa, sede antiquísima del Ayuntamiento hasta que el faraón Gallardón I ocupó Correos, e intégrela en una red de posadas. Alquile usted, señora alcaldesa, el Palacio Real y rentabilice su existencia. Imite a don Florentino Pérez, el gran invasor de aceras, esquinas y zonas deportivas, y monte usted señora Botella un buen negocio municipal comercializando los palcos blancos, perdón, las estancias del Palacio, tal y como hizo el Presidente del Real Madrid en el estadio de la calle Concha Espina. Ya tienen hecha la decoración, solo tendrían que adecuar las estancias a sus nombres. El salón chino para las celebraciones de los capitalistas chinos, el ruso para los rusos millonarios, el alemán para los dueños de Europa y el francés para lo que se tercie. Se encargarían los almuerzos a los restauradores más aplaudidos y se animarían las fiestas con las mejores orquestas. En verano, para refrescarse de la canícula, las veladas tendrían como escenario los Jardines de Moro o los parterres de Sabattini. Más trabajo y más ingresos.
Más le valiera, alcaldesa nuestra, recuperar los departamentos del Ayuntamiento que se encargaban de fomentar el empleo o hablar con el Presidente de la Comunidad y pedirle que deje de despedir a trabajadores públicos. Destruir el Palacio de la Música es tan sencillo como despreciable. Otra mala idea.