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Penumbra: y desconcierto

Penumbra: y desconcierto

lunes 31 de enero de 2011, 00:00h
Actualizado: 02/02/2011 20:06h
Animalario vuelve a sus orígenes teatrales con “Penumbra”, el montaje que puede verse en las Naves del  Español hasta el 20 de marzo. Con Andrés Lima al frente, actúan Nathalie Poza, Alberto San Juan, Guillermo Toledo y Luis Bermejo. Un niño-muñeco (inquietante semejanza con “El pueblo de los malditos”) es el guía que adentra al espectador en los recovecos de un mundo ¿onírico? , lleno de símbolos y sugerencias. El resultado es, cuando menos, desconcertante.
Han dicho los responsables del trabajo que  éste salió de una puesta en común de los miembros, reflexionando sobre sus miedos. Juan Cavestany y Juan Mayorga dramatizaron sus testimonios. El resultado es una obra a mitad de camino entre el terror sicológico y el suspense. Desarrollado en un hábitat abstracto, con un mar de plástico, y una casa sin muros, el drama avanza y retrocede sobre las vivencias de una extraña familia, observada siempre implacablemente por el niño. Acentuando el surrealismo de la propuesta, los personajes se tornan en autómatas para determinadas escenas. No conseguí entender por qué.

Me pareció ver guiños cinematográficos a títulos especialmente enigmáticos. La caja que sacan constantemente lo actores ¿recuerda a la caja del coreano de “Belle de jour”?  La bola de cristal ¿quiere sugerir la que coge el “Ciudadano Kane”? Con este texto y esta puesta en escena, cualquier interpretación es posible. Y la contraria, también. Dicen que a Buñuel le divertía leer las teorías que se escribían sobre sus supuestos símbolos. A lo mejor Animalario también se recrea con lo que podamos escribir sobre su trabajo.

Hay algunos elementos incuestionables. La iluminación de Álvarez y Yagüe es extraordinaria. Consigue unos matices inquietantes o una brillantez deslumbrante. En cualquier caso fuera de la realidad. También es estupendo el trabajo de los cuatro actores, obligados a transitar entre la locura, el sueño o el desgarro. La madre sirve sopa una y otra vez. Los comensales reaccionan de distinta manera, a cual más inextricable. Llega el final tras setenta y cinco minutos de duro ejercicio, culminando con una larga escena, teatralmente formidable, en la que todo lo que acabamos de ver salta por los aires.
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