Crítica teatral.- 'El alcalde de Zalamea': la vara y la espada
lunes 11 de octubre de 2010, 00:00h
Actualizado: 13/10/2010 21:00h
Vuelve 'El alcalde de Zalamea' a la Compañía Nacional de Teatro Clásico con un montaje que no hará olvidar el de José Luis Alonso a quienes tuvimos la fortuna de verlo, pero que servirá para dar a conocer este texto fundamental a nuevos espectadores. El formidable duelo entre dos poderes, el civil con la vara de alcalde al frente, y el militar forjado con la espada es una pieza del teatro universal que debe revisarse periódicamente.
Calderón de la Barca creó con Pedro Crespo un arquetipo difícilmente superable. Un hombre del pueblo, lleno de sabiduría popular y buen juicio, que estima que la ley y la justicia están por encima de cualquier otro estamento. En este montaje de Eduardo Vasco, los diálogos entre el alcalde y don Lope son los mejores momentos. Notario y Santos aciertan con sus réplicas y saben colocar todas las intenciones de sus frases. También resultan muy aceptables las escenas de conjunto, tanto en el primer encuentro entre la joven Isabel y don Álvaro, como en la ronda de los soldados o el prendimiento del violador. Pero al conjunto de la representación le falta nervio, ritmo creciente para llegar al desenlace del drama con desasosiego, con deseos de justicia. Además, Vasco opta por aliviar la tensión con una ligereza escénica entre los grandes momentos, tal vez por considerar que el público no se va a tragar tanta desgracia.
Una vez más asistimos a un montaje en el que los actores permanecen sentados en los laterales de la escena, a la vista del público, mientras no tienen acción. Y una vez más el negro preside toda la función. En el programa de mano figura una escenógrafa que, a juzgar por lo visto, no ha tenido mucho trabajo. Y no me cansaré de repetirlo: el Pavón no tiene acústica para música y voz simultáneamente. Tal vez uno, por la edad, haya perdido oído, pero cuando hay acompañamiento musical de fondo, el texto no se entiende. Y eso pasa en esta representación. Además, tampoco veo la necesidad de incluir piezas de viola en algunos de los monólogos más hermosos de la obra. Simplemente, molestan. Y no me meto con la calidad de la instrumentista. Muchos espectadores queremos escuchar el grandioso texto de Calderón. Su hermoso Castellano no necesita de más músicas.
Para un actor, Pedro Crespo es papel tan anhelado como Arpagón, Don Juan o el Rey Lear. Cuando llega a la madurez quiere interpretarlo. Joaquín Notario es uno de los mejores intérpretes del verso español y lo ha demostrado en numerosos montajes de esta compañía. Parecía lógico que se le encomendara el “embolao” del alcalde. Lo defiende con dignidad, sobre todo cuando tiene que echar mano de la filosofía popular. Quizá el monólogo con el que suplica a don Álvaro que repare el daño hecho, fuera más impactante con otro tono menos lastimero, con una mayor dignidad del padre ultrajado, firme en su decisión de no dejar impune la violación. Tal vez la música no le deje concentrarse.
La representación se ofrece sin intermedio y se deja ver con interés. La no interrupción sirve para no dar respiro al drama y creo que el espectador lo agradece. El montaje tiene dignidad y eso ya es suficiente cuando estamos hablando de Calderón de la Barca.