martes 02 de marzo de 2010, 00:00h
Actualizado: 08/03/2010 11:32h
Ya conocemos las intimidades económicas de nuestros diputados y senadores, es decir todas sus actividades lucrativas y lo que cobran por cada una de ellas. Nuestra curiosidad ya puede dormir tranquila; los ánimos que desencadena el cotilleo nacional, ya se pueden satisfacer a través de una página web en la que se explicita con pelos, señales y cantidades todas las actividades confesables de sus señorías. Y como el presidente de la Cámara baja, José Bono, es amigo de dar carácter de solemnidad a las cuestiones más cotidianas y sencillas, se ha pavoneado afirmando que ellos, diputados y senadores, “somos el colectivo que más nos parecemos a los españoles”. Y como siempre, Bono se quedó más ancho que calvo.
Así que diputados y senadores son los que más se asemejan al común de los españoles. Es decir, que cualquiera de estas señorías, por su único trabajo de calentar un escaño, cobra lo mismo que un español medio. Que levante la mano quien esté de acuerdo con ello. Miro a mí alrededor, y no veo ninguna mano levantada. ¿Son también equiparables las vacaciones de que gozan sus señorías al cabo del año con las que disfruta el español-currante medio? El señor Bono nos supone en el limbo. Eso sí, sus señorías son iguales al resto de los españoles en su afición a no madrugar demasiado o en su ancestral costumbre de hacer la siesta, bien en forma de cabezadita sobre el sofá de casa o en el escaño.
Vivimos días de vino y rosas en este país de contradicciones llamado España, donde las ratas asustadizas de ETA van cayendo en los cebos de las fuerzas y cuerpos de Seguridad del Estado, que a poco que les pongan un trozo de queso en lugar adecuado, caen irremisiblemente, y lo mejor es que cuando caen, se deshidratan por las patas abajo y cantan hasta su primera nana.
Los etarras apresados cantan que da gusto, y hay otros que dan el cante, como el presunto actor, comandante del batallón de la ceja, el tal Willy Toledo, quien públicamente, y para vergüenza del resto de cejeros que en esos momentos estaban presentes, calificó de “delincuente común” al disidente cubano Orlando Zapata, muerto por una huelga de hambre con ansias de libertad. Este actor, comandante del batallón de la ceja, galardonado con distintas medallas de la subvención, adherido de forma inquebrantable, por lo menos hasta ahora, al régimen, no trata de la misma manera a todo lo que se escribe con “zeta”. Una cosa es Zapatero, el de la ceja, y otra Zapata, que no ceja, no cejó nunca hasta la muerte, en su sueño de libertad para Cuba, allí donde los delincuentes comunes son los que mandan.
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Cronista Oficial de Madrid y Getafe
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