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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

El ómnibus: crónica del primer trayecto

El ómnibus: crónica del primer trayecto

martes 20 de enero de 2026, 07:00h
Actualizado: 20/01/2026 07:41h

El 20 de enero de 1856 Madrid estrenó una rutina que, con el tiempo, se volvería invisible: subir a un vehículo público, compartir banco con desconocidos y dejar que un horario y una ruta ordenaran la vida diaria. Aquel día comenzó a funcionar el primer servicio regular de ómnibus en la capital. Un carro de madera, cuatro ruedas —las delanteras más pequeñas para girar con más docilidad—, dos caballos al frente, bancos corridos en el interior y, en el techo, el famoso “imperial”: un piso descubierto al que se subía por una escalerilla y donde las vistas se pagaban en viento y polvo. No hubo grandes discursos ni cintas que cortar; sí curiosidad en los portales, cejas arqueadas en los balcones y un murmullo de adoquín que terminó por integrarse en la banda sonora de la ciudad.

La novedad tenía raíces europeas. Décadas antes, en Nantes, el empresario Stanislas Baudry ideó un carruaje para llevar clientela a unos baños públicos: fracasaron los baños, triunfó el coche. La anécdota quiso que el nombre “ómnibus” prendiera de un rótulo frente a la parada —“Omnes Omnibus”, juego latino del sombrerero Omnes— y, con él, el concepto de transporte “para todos”. Esa idea viajó por París y Londres antes de posarse en el adoquín madrileño.

La escena del primer día pudo reconocerse de inmediato: un cochero sobrio, un ayudante que canta el trayecto y un puñado de pasajeros mezclados por primera vez sin ceremonia. La tarifa estaba pensada para el bolsillo medio: seis cuartos por asiento —un real y medio—, precio difundido en la prensa para servicios urbanos que ya unían la Red de San Luis con la fuente de Chamberí con una cadencia de media hora. El tintineo del pago desaparecía en la mano del cobrador y el carro seguía su régimen de paradas como si la ciudad hubiera descubierto una nueva unidad de distancia: seis cuartos.

No era el primer intento. En 1843 ya se había ensayado un servicio entre la Puerta de Toledo y la Puerta de Bilbao con carruajes tan pesados que requerían seis caballos; el experimento duró un suspiro y la ciudad lo despachó como un “absurdo”. Doce años después, en cambio, la apuesta era continuidad: un servicio estable que, con sus limitaciones, empezó a coser barrios y costumbres.

El ómnibus no tardó en generar su propio folclore. El imperial, lleno en cuestas, obligaba a “aligerar”: los viajeros de arriba bajaban unos metros y remontaban de nuevo, una coreografía solidaria que convertía el trayecto en pequeña comunidad ambulante. Y, con la expansión de la movilidad, llegó la picaresca mecánica: el rippert, un vehículo ligero de un piso con ruedas forradas de caucho que se “encajaba” en los raíles del tranvía para rodar más suave sin ser tranvía. Las compañías protestaron; los ripperts siguieron circulando un tiempo con esa naturalidad castiza que la ciudad suele conceder al ingenio.

A partir de ahí, la modernidad aceleró su curso. En 1871 llegaron los tranvías de tracción animal y, a finales de siglo, el eléctrico. En 1919, el metro bajó la velocidad al subsuelo. Pero la semilla estaba plantada desde aquel enero de 1856: el gesto cotidiano de viajar juntos. Si hoy damos por hecho que un vehículo nos espera a la hora prevista, fue porque un día la ciudad decidió que el movimiento compartido merecía un carril propio, aunque fuese a golpe de casco sobre adoquín. Evolución del sistema y descripción del ómnibus


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