El 31 de octubre de 1978, Madrid fue testigo de un gesto solemne. En el Palacio de las Cortes, bajo los frescos y las lámparas doradas, se aprobó el texto que pretendía reconciliar a un país entero: la Constitución Española. Tras meses de debates, enmiendas, tensiones y pactos, diputados y senadores dieron su visto bueno al documento que sería refrendado por los ciudadanos el 6 de diciembre. Un texto que hablaba de derechos, libertades, autonomías e igualdad. Un texto que, por primera vez en décadas, no se imponía: se proponía.
La Constitución no nació en un día. Fue fruto de una transición tejida con silencios, gestos y renuncias. Y también con esperanza. En el hemiciclo, los llamados “padres de la Constitución” —Fraga, Peces-Barba, Roca, Solé Tura, Herrero de Miñón, Pérez-Llorca y Gabriel Cisneros— dejaron sus diferencias en la puerta y se sentaron a escribir juntos. El preámbulo lo redactó Enrique Tierno Galván, con su estilo reflexivo y humanista. El lenguaje fue afinado por Camilo José Cela, que corrigió el estilo para que sonara claro, firme y accesible. La Constitución no solo se escribió: se pulió como si fuera un poema legal.
Ese día, el Congreso se llenó de periodistas: más de 2.000 acreditados, 800 de ellos extranjeros. Se instalaron 30 cabinas telefónicas para enviar crónicas al mundo. Madrid era el epicentro de una noticia que cruzaba fronteras. Y mientras tanto, en El Pardo, los Reyes Don Juan Carlos y Doña Sofía votaban como ciudadanos. Un gesto simbólico que reforzaba la legitimidad del proceso democrático.
La Constitución fue impresa en ediciones especiales. Una de ellas, en formato medallón, viajó al espacio con el astronauta Pedro Duque en 1998. Dio 134 vueltas a la Tierra, como si el texto que quiso unirnos también quisiera rodearla. Y aunque fue sancionada por el Rey el 27 de diciembre, su publicación en el Boletín Oficial del Estado se retrasó hasta el 29 para evitar coincidir con el Día de los Santos Inocentes. En un país que venía de décadas de dictadura, publicar la nueva ley fundamental justo el día de las bromas podía generar confusión… o incluso burlas.
Desde aquel 31 de octubre, la Constitución ha permanecido casi intacta, pero ha sido modificada tres veces. En 1992, se cambió el artículo 13.2 para que los ciudadanos europeos residentes en España pudieran ser elegidos en elecciones municipales. En 2011, en plena crisis económica, se reformó el artículo 135 para priorizar el pago de la deuda pública. Y en 2024, se modificó el artículo 49 para eliminar el término “disminuidos” y hablar de “personas con discapacidad”. Una reforma de lenguaje, pero también de dignidad. Porque las palabras importan.
Desde aquel día, la Constitución ha sido escudo, mapa, espejo. Ha protegido derechos, delimitado poderes y dado voz a territorios. Pero también ha sido objeto de desencuentros, reformas pendientes e interpretaciones enfrentadas. Madrid ha sido testigo de todo ello: de las juras solemnes, de los debates encendidos, de los aniversarios con corbata y los aniversarios con pancarta.
Tal día como hoy, Madrid no solo aprobó un texto. Aprobó un relato compartido. Un intento de coser las heridas con palabras, de convertir el papel en puente y la ley en refugio. Porque hay documentos que no se leen: se viven. No se guardan en vitrinas: se respiran en las plazas, se discuten en los cafés, se defienden en las calles. Y aunque estén impresos, siguen escribiéndose —con cada gesto, con cada voto, con cada voz que se alza sin romper.
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