Demasiadas olas se han tragado las esperanzas de miles de refugiados y quienes han alcanzado las costas helénicas o italianas desde Turquía se han encontrado un segundo infierno: el burocrático. Ante la llamada de socorro de Grecia, que vio desbordar sus campamentos, la Unión Europea (UE) acordó en 2015 la reubicación y el reasentamiento de 160.000 personas en dos años.
Países como Hungría o Polonia se negaron a la acogida. Por su parte, España se comprometió a traer a a 17.337 sirios e iraquís que huían de la barbarie yihadista. El 24 de mayo de 2016 aterrizaban en Barajas los primeros 20: siete hombres, cinco mujeres -una embarazada- y ocho niños que se instalaron en Barcelona, Sevilla y Zaragoza gracias a la colaboración de diversas ONGs.
El plazo marcado por la UE expiró en septiembre de 2017 con un resultado desolador: tan solo 1.980 personas cruzaron la frontera nacional, según datos proporcionados por el Ministerio del Interior. La calurosa bienvenida que parecían brindar a los refugiados ciudades como Madrid, que destinó 10 millones de euros en ayudas, no fructificó.
Madrid, entre la solidaridad y la xenofobia
La Alcaldía de la capital manifestó la oleada de solidaridad que despertó en los madrileños las primeras acogidas. "Se están colapsando los teléfonos y correos electrónicos debido a todas las personas que nos contactan para ofrecernos habitaciones y viviendas y muchos médicos su asistencia", declaró la primera teniente de alcalde, Marta Higueras.
Sin embargo, no todo fueron buenas palabras. Un sector de la población aireó su rechazo a la política de reubicación orquestada por Europa, argumentando su temor a que entre los exiliados se escondiese algún terrorista. Los más radicales se atrevieron a colgar un Españoles Welcome en la fachada del Ayuntamiento para hacer sombra a la mítica y polémica pancarta del Refugees Welcome.
Desde el principio, más luces que sombras. El pasado mes de julio, un centenar de refugiados fueron realojados en Guadalajara tras pasar varios días durmiendo a la intemperie cerca de la mezquita de la M-30.
La crisis de expatriados continúa y se hace extensible a África, donde la vulneración de los derechos humanos empuja a sus habitantes a partir. Entre los nombres propios, el de Giusep, un argelino que escapó de la homofobia de su padre y espera que los cinco idiomas que domina le abran las puertas defintivas a la libertad.