Araquistáin, Pachín, De Felipe, Zoco, Sanchís, Pirri, Velázquez, Serena, Amancio, Grosso y Gento, fueron los once elegidos para salir por aquel túnel de vestuarios del estadio de Heysel el 11 de mayo de 1966. Se enfrentaban al favorito en las quinielas de aquella temporada: el Partizán de Belgrado.
Fiel representante de la dureza del fútbol yugoslavo, la escuadra balcánica venía subido en una nube de elogios después de eliminar en semifinales al Manchester United de George Best y Bobby Charlton.
El encuentro arrancó torpe y peligroso. Un cabezazo al fondo de la red de Vasovic, capitán del Partizán, provocó el temblor de piernas de los once merengues que comenzaban a ver flotar las sombras de Di Stéfano y Puskas sobre Heysel. Las dudas de otro posible año en blanco, aterrorizaban incluso al veterano Paco Gento.
Con el segundo tiempo un nuevo telón se levantó. Ahora el Madrid sí que era ‘ye-yé’ y comenzaba a provocar chasquidos rítmicos en las gradas. El ‘Love me do’ de los Beatles sonaba con cada pase y con cada tiro que encadenaban los blancos.
Entonces Amancio, folklórico gallego por naturaleza, decidió a los setenta minutos, apuntarse ‘un solo de guitarra’. Dos recortes en un metro cuadrado que valieron para ridiculizar al central yugoslavo y batir a contrapié al meta balcánico. Por sus aplausos, Santiago Bernabéu ya estaba poseído por el concierto de pop/rock madridista que sonaba allí abajo en el césped.
Los chasquidos se convirtieron en palmas a ritmos de gambeteos y balones al pie. El público receloso, miraba el marcador con la furia de saber que solo quedaban quince minutos para el final.
Pero como en las grandes ocasiones, había que derrochar todo el potencial y Fernando Serena, centrocampista de los de antes, cogió las baquetas para marcarse el redoble final. Era el minuto 76 cuando el también hombre de tierras gallegas, bajó un balón imposible en el balcón del área belgradense y la empaló en dirección al marco. El portero solo pudo hacer el torpe gesto de tirarse tarde y mal, dejando claro que en el concierto de aquella noche en Heysel, el guardameta fue el más desacompasado.
Con la camiseta bañada en sudor y con la satisfacción de quien sabe que acaba de dar un recital, el Real Madrid se hizo con su sexta copa de Europa seis años después. Para desgracia del público, ni las voces, ni la invasión de campo como consecuencia del colofón pudieron convencer al árbitro de que volviera a retomar el partido con los jugadores a cada lado.
El Real Madrid tocó aquella noche la última canción en suelo europeo, a pesar de que cada año los aficionados merengues se empeñaron en corear sobre el escenario que supone el Santiago Bernabéu, el mítico “Otra...otra...”.
No sería hasta el gol de Pedja Mijatovic 32 años después, cuando el escenario encendió de nuevo las luces para otro concierto. Esta vez en Amsterdam y para tocar la séptima.