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Marcel Camacho, hijo de Marcelino Camacho, bajo una fotografía de su padre en el salón de la casa del sindicalista.
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Marcel Camacho, hijo de Marcelino Camacho, bajo una fotografía de su padre en el salón de la casa del sindicalista. (Foto: Kike Rincón)

Memoria y transición: la figura de Marcelino Camacho para revertir el olvido

viernes 11 de mayo de 2018, 07:43h
Este viernes, la calle de Marcelino Camacho -prometida desde hace diez años- se hace realidad. Su placa sustituirá a la de Agustín Muñoz Grandes, que hasta ahora daba nombre al paseo por el que Josefa Samper, mujer de Camacho, transitaba para ir a verle a la cárcel de su barrio de siempre, Carabanchel. Con esta excusa, Madridiario se adentra en su casa, el epicentro de una biografía que todavía rezuma activismo y justicia. Allí nos atiende Marcel, uno de sus dos hijos, quien ilustra la vida de su padre a través de las habitaciones de una humilde morada situada en la tercera planta del número 25 de la calle Manuel Lamela.

En el balcón del número 3 de la calle Manuel Lamela ondea una bandera republicana. Es el espíritu que destila un barrio, Carabanchel, que no olvida. No lo hace porque no puede y no lo hará porque, por fin, una de sus calles llevará el nombre de una figura que no se separó de él hasta que no pudo más: Marcelino Camacho.

Veinte números más adelante, en el 25 de la misma vía, está la casa donde este histórico sindicalista pasó gran parte de su vida junto a su compañera de aventuras y de ideología, Josefina Samper.

En una zona en la que los vecinos de siempre empiezan a envejecer y donde la inmigración se hace más latente cada semana, existe el riesgo de que la figura de Camacho quede en el olvido.

Por eso, Marcel, uno de sus dos hijos, ve de suma importancia la inauguración de la calle que llevará el nombre de su padre y que actualmente luce la placa del franquista Agustín Muñoz Grandes. "Preguntarán quiénes son y les contaremos la historia que han escondido durante años", publicó hace unos días en Facebook, una frase que repite a Madridiario en una visita que nos adentra en la morada del primer secretario general de Comisiones Obreras.

Antes de subir al tercero derecha, dos vecinos se paran a hablar con él. Relajados por haber solucionado un problema con palomas que tenía el edificio, ahora están preocupados por la pelea que lideran para instalar ascensor en la finca. Parece una tontería, pero fue una de las pocas luchas que no organizó Camacho y que terminó 'echándole' de su barrio de siempre. Cuando no podía subir más escaleras, se mudó a Majadahonda junto a su hija.

Pese a su marcha, su corazón siempre estuvo en Carabanchel, donde aún guardan todas sus cosas. De apenas 60 metros, la casa tiene la humildad de la que siempre ha presumido el matrimonio.

Con la oscuridad del vacío, varios rayos de luz iluminan las habitaciones a través de unas persianas que ya ni suben ni bajan. Los tenues destellos presiden el salón, donde reina una foto que le tomaron a Camacho años después de salir de la cárcel -en alguna de esas idas y venidas entre rejas-.

La habitación principal no cuenta con televisor pero sí con una gran biblioteca. Las decenas de figuras con las que el matrimonio fue homenajeado acompañan a los cientos de libros que revisten el salón, casi todos de ciencia política. Marcelino fue una persona que, según su hijo, nunca dejó de cultivarse: sus férreas ideas venían reforzadas por un conocimiento inmenso.

Y es que, la vida de Marcelino no fue más que eso: intentar mejorar la de los demás a través de un activismo con conciencia. Entre sonrisas cómplices, su vástago recuerda que las figuras mencionadas anteriormente fueron traídas personalmente por Camacho, que siempre que viajaba a una ciudad o a algún pueblo, además de quedarse en casas particulares debido a la admiración que profesaba la gente por él, era obsequiado con recuerdos que guardó hasta el final de su vida.

Cuadros, placas, firmas... objetos de todo tipo que dejaron claro que el franquismo había quedado a un lado y que él ya no era el 'enemigo número uno'. Eso sí, esa conversión se produjo tras una transición que fue "injusta" porque "no fue completa". Ese es el principal dolor del entrevistado: "La memoria no se repuso cuando debía y la historia aún sigue sin respetarse".

Lo que sucederá este viernes se lo habían prometido hace mucho, aunque para él incluso entonces era tarde. Cuando Marcelino murió, en el año 2010, el alcalde Alberto Ruiz Gallardón prometió a la familia que instalaría una calle en su honor pero esas palabras se las llevó el viento.

Transcurridos los meses, el después ministro de Justicia hizo el amago de renombrar un polígono lejos de Carabanchel, pero todo se paralizó.

Su sucesora, Ana Botella, no dio señales de vida y no fue hasta la llegada de Manuela Carmena, amiga cercana de Marcelino, cuando se puso encima de la mesa el cambio del callejero franquista de la capital, paralizado más tarde por la Justicia y retomado hace escasos días.

Marcel explica que las calles son el reflejo de lo que hemos vivido y que las antiguas corporaciones populares no han reparado el daño porque el PP “nunca se ha librado de su sector ultra”: “Los padres de los dirigentes actuales fueron quienes firmaron sentencias de cárcel y de muerte”.

Sin embargo, no hay gran rencor en su interior. La única preocupación es que el “vacío de memoria” que ha derivado el olvido se llene con “la verdad”.

Carabanchel, cárcel y universidad

En otra de las habitaciones de la casa hay una antigua máquina de coser que destila historia. En ella, Josefina Samper confeccionaba los pantalones con los que lograba sacar a la familia adelante cuando Marcelino estaba encarcelado.

La mujer se los vendía a un sastre del mismo edificio que recuerda a la pareja con gran cariño. La veteranía que le otorga la edad queda escondida en una sonrisa pícara cuando el mismo empresario recuerda las tropelías con las que huían de ‘los grises’: la Policía utilizaba como campo base un coche aparcado en frente del edificio por el que controlaba los movimientos de toda la familia.

Además de esa fuente de ingresos, Samper también cosía jerséis que luego vendía a una tienda situada en la calle General Ricardos.

Máquina de coser de Josefina Samper.

La mujer de Camacho, además, lideraba una comisión de mujeres de presos políticos a las que en muchas ocasiones dio asilo. Con ellas iba a ver a su marido por el paseo que a partir de este viernes llevará su nombre.

Aunque, durante tres meses, ese camino lo hizo sola porque también encerraron a su hijo. Marcel nos confiesa que, cuando apenas rozaba los 16 años, fue acusado de pertenecer al Partido Comunista y fue enviado preso a la cárcel de Carabanchel.

Eso sí, recuerda esa etapa como un enriquecimiento continuo. Explica que los presos se organizaban e impartían clases para seguir formándose. “Más que una cárcel, parecía una universidad”.

Con unos horarios fijos, los reclusos seguían la lucha desde dentro: “Vivir allí fue todo un aprendizaje. Esa cárcel la tiraron porque no querían que se contasen todas las historias que allí tuvieron lugar”.

Lo posible y lo necesario

En apenas un mes, se estrenará en Madrid la película Lo posible y lo necesario, un documental sobre la vida de Marcelino Camacho en el que su hijo lleva trabajando más de un año.

A eso achaca Marcel el desorden que todavía hoy reina en el despacho del sindicalista. Frente a una escultura de un puño en alto que nombra a los dos miembros del matrimonio y una imagen del Che Guevara, se vislumbra una mesa llena de carpetas en las que Camacho recopilaba su vida.

Entre libros con títulos como "La historia es nuestra" o "La conquista de la libertad", se entremezclan actas de reuniones de CCOO que ahora repasa su vástago con el fin de digitalizarlas. "Hay que conocer muy bien la historia para poder reproducirla", replica.

Así, colocando un poco los papeles que rebosan cualquier rincón de la sala, enseña los recortes de periódicos que aún guarda: ABC, Diario 16, El País... Marcel cuenta que su padre quería estar informado de todo "el primero". Además, nada más recoger los diarios, subrayaba lo que le parecía más importante. "Lo siguió haciendo hasta cuando el alzheimer no le dejaba ser racional", recuerda.

Despacho de Marcelino Camacho.

La memoria de los vecinos, su mejor herencia

Marcelino falleció hace más de siete años y Josefina, hace apenas unos meses, pero varios vecinos del barrio los siguen teniendo muy presentes. Juan, por ejemplo, coincidía con él al comprar el periódico y le recuerda con mucho cariño.

Habla con Madridiario en la puerta del edificio donde también solían encontrarse y recuerda que no todas las personas mayores del barrio profesan por Camacho la misma admiración que él: “La gente se olvida de todo lo que luchó y de lo que sufrió en la cárcel”.

Quizás, la mente de algunos de sus vecinos se torció cuando decidió dar el salto al Congreso pero Juan replica que podría haber seguido en Perkins Hispania, donde ejercía como obrero metalúrgico y donde podría haber ganado "mucho más" dinero.

Eso sí, ese imaginario colectivo que traslada este vecino no quebranta la imagen con la que muchos otros le recuerdan: como un valiente sobre el que debe pivotar la recuperación de nuestra historia.

Cien años de su nacimiento

Marcelino Camacho nació el 21 de enero de 1918 en Osma la Rasa, Soria, y se crio en el pueblo aragonés de Ariza, donde su padre era ferroviario.

Con 17 años ingresó en el Partido Comunista de España, compromiso que le llevó a luchar en el bando republicano. Fue detenido después del golpe de Estado que se produjo en 1936 y le llevaron a diferentes campos de trabajo por varios puntos de España.

Siete años más tarde se exilió en Marruecos. Allí también fue 'cazado' y conducido hacia Oran, donde conoció a Josefina, una joven militante comunista que se dedicaba a rescatar a los españoles fugados.

Tras casarse, volvieron a España en 1957. Ya con dos hijos, Marcelino comienzó a trabajar en Perkins Hispania y se presentó como candidato a dirigir el sindicato de la misma. A mitad de la década siguiente organizó la Comisión Obrera del Metal de Madrid, la primera Comisión Obrera de carácter permanente.

Entre 1965 y 1967 pasó más de una docena de veces por los despachos de la Brigada Político Social, policía encargada de la represión política, y es detenido en varias ocasiones, hasta que fue indultado por el Proceso 1001 después de la muerte del dictador.

En 1976, cuando el movimiento de Comisiones Obreras se unificó en una confederación sindical y celebró su primer Congreso, Marcelino Camacho fue elegido primer secretario general.

Las primeras elecciones democráticas de la Transición (1977) le otorgaron un escaño de diputado por la lista del Partido Comunista de España, al cual renunció dos años después para evitar el conflicto entre la disciplina de voto del partido y su fidelidad a los intereses de los trabajadores.

Como secretario general de CCOO convocó la primera huelga general al gobierno de Felipe González en 1985. Además, tuvo una destacada presencia en las movilizaciones contra la OTAN de 1986 y en las movilizaciones estudiantiles del curso 86/87.

En 1987 dimitió de su puesto por razones de edad y pasó a ocupar el cargo de presidente del sindicato; le sucedió Antonio Gutiérrez, con quien se enfrentaría años después a raíz del cambio de estrategia del sindicato.

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    Últimos comentarios de los lectores (3)

    10024 | uno - 11/05/2018 @ 20:20:37 (GMT+1)
    y si alguien le contara a camacho a los pies de su tumba el giro de veleta de sus compañeros y herederos de su lucha ,por ejemplo en cataluña .
    10018 | manuel - 11/05/2018 @ 11:33:48 (GMT+1)
    Que alguien vote en contra de tu comentario Pedro Fernández, aún siendo ideologicamente opuesto, me parece de una mezquindad asquerosa. Una buena y gran persona. Un bravo muy alto por Marcelino Camacho, ejemplo de honradez y lucha obrera contra la Dictadura fascista.
    10015 | Pedro Fernández - 11/05/2018 @ 09:37:06 (GMT+1)
    Quiero sumarme al homenaje a Marcelino Camacho por el significado de su vida y la aportación que ha hecho a esta democracia en la que vivimos. Una democracia que algunos no saben valorar porque desconocen lo que es vivir bajo una dictadura que tuvo a Marcelino en la carcel tantos años. Quiero mandar un saludo afectuoso a su hijo Marcel

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