El Centro Dramático Nacional estrena en el teatro Valle Inclán una pieza de Ignacio Amestoy escrita hace treinta años: "Dionisio Ridruejo, una pasión española". En 1983 Lluis Pascual se interesó por ella pero se desencadenó el escándalo de "La Torna" y decidieron que reposara en el cajón esperando tiempos más propicios. Mientras tanto, Amestoy ha estrenado otras 21 obra en España, muchas de ellas encuadradas en un teatro-documento, en un teatro historicista que analiza distintas épocas y situaciones de nuestro país.
Dionisio Ridruejo falleció el 29 de junio de 1975, cinco meses antes que Franco. Tenía 62 años y en algún momento se pensó que podría jugar un gran papel en la etapa política posterior al dictador. Pero desapareció antes. Hoy es una figura desconocida para las nuevas generaciones y sigue siendo una bestia negra para los supervivientes de la derecha más recalcitrante.
No es un teatro complaciente y por eso se entiende que haya sido el Centro Dramático el impulsor del estreno, sin que el autor haya tocado una coma de lo que escribió hace tres décadas. Incluye textos del propio Ridruejo sin que sea una obra biográfica. Dionisio no aparece físicamente en escena, aunque sí tenga un alter ego en el comandante Arenas que interpreta Ernesto Arias. Pero su filosofía, su rebelión, su frustración aparecen como grandes protagonistas de la segunda parte de la obra.
Estamos en el gimnasio de una residencia militar, un espacio de camaradería, discreto y propicio a las confidencias. Un capitán y un comandante entablan un juego dialéctico enfrentando el nacionalismo y la renovación. Hay una primera parte que hace enmudecer al público. Los viejos militares franquistas se sumergen en delirios fascistas, nostálgicos y monolíticos, horrorizando al joven capitán, piloto de phamtoms que no existen. Y los responsables del montaje no tienen temor a presentar en escena los símbolos fascistas más odiados para muchos de los españoles.
Pero es que, como acaba reconociendo Arenas, todo fue una gran locura: el desarrollo posterior a la Guerra Civil, el seguidismo a la Alemania Nazi, la División Azul... Una locura que sumergió a España en cuatro décadas de oscurantismo. Dionisio Ridruejo renegó de todo aquello y esa "caída del caballo" es el eje de la segunda parte. Juan Carlos Pérez de la Fuente realiza una dirección férrea de todos y cada uno de los elementos teatrales. Vuelve a lo que se ha dado en llamar teatro ceremonial, ritual, haciendo una puesta en escena barroca, delirante, sobrecogedora en algunos momentos. Y cuenta para ello con cinco excelentes actores. Al frente de ellos un monumental Ernesto Arias, capaz de transmutarse hasta la locura fanática y de someterse a un texto diabólico y extenuante. A su alrededor se encuentran Paco Lahoz, generalísimo en la sombra, socarrón, cruel, implacable. Daniel Muriel es el joven capitán -¿UMD?- deseoso de emprender una revolución, atrapado entre el deber de obediencia y su espíritu renovador. Ante el aquelarre franquista que arman sus superiores, se refugia en el ejercicio físico como catarsis. Al final, es el puente de esperanza. Jesús Hierónides y Nerea Moreno completan el elenco en estado de gracia.
Son dos horas de teatro testimonio riguroso y -todavía- valiente. Quedan miles de nostálgicos del viejo régimen y las heridas que éste causó no han cicatrizado setenta y cinco años después del final de la Guerra Civil. Pero el teatro es un buen vehículo para hacer exorcismo al pasado.