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EL CEMENTERIO MÁS ANTIGUO DE MADRID

El Ángel del Silencio, a las puertas del panteón de la familia Perinat.
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El Ángel del Silencio, a las puertas del panteón de la familia Perinat. (Foto: Javier Bernardo)

Una superviviente del Titanic, la hija momificada del doctor Velasco o la verdadera Maja de Goya: los secretos del cementerio de San Isidro

domingo 15 de julio de 2018, 09:00h
Pasear por el cementerio de la Sacramental de San Isidro, el camposanto más antiguo de Madrid, es como visitar un museo de arte e Historia de la ciudad.

En lo que eran las afueras de la Villa en el siglo XIX, convertidas en el castizo barrio de San Isidro, se levanta el cementerio más antiguo de la ciudad, un equilibrado recinto ajardinado, con cipreses centenarios y verdaderas obras de arte arquitectónicas. Entre sus más de 53.000 difuntos, nombres mayúsculos y minúsculos que encierran Historia e historias: indagar en sus secretos es sumergirse en el pasado del mismo Madrid.

El hoy de la Sacramental de San Isidro sigue siendo singular, ya que es uno de los pocos cementerios ‘a perpetuidad’, es decir, en los que se adquiere el terreno del enterramiento de forma indefinida. Pero son, sin duda, sus patios históricos los que lo convierten en un rincón de incalculable valor artístico, histórico y –por qué no- medioambiental, dado que alberga una de las más nutridas colonias de cipreses de la ciudad.

Pasear por el patio IV –de los nueve que completan el recinto- de este camposanto, cuyo primer enterramiento data de julio de 1811, es toda una experiencia. Para los amantes de la arquitectura, para los curiosos de la microhistoria de la ciudad o los que gustan de releer sus grandes líneas; o, simplemente, para disfrutar de un silencio casi mágico a pocos metros de la M-30.

Las tres ‘pes’

El cementerio de San Isidro fue la respuesta de la Archicofradía Sacramental de San Pedro, San Andrés, San Isidro y de la Purísima Concepción a la prohibición de Carlos III de enterrar en el interior de las Iglesias. A principios del siglo XIX, las epidemias barrían las ciudades y juntar muertos y vivos en espacios tan concurridos en aquella religiosísima España era sinónimo de transmisión. Así que la Archicofradía decidió fundar un cementerio a espaldas de su Ermita del Santo, al otro lado del Manzanares, para dar sepultura a sus cofrades. El primero de ellos fue el de Francisco López Ballesteros, el 21 de julio de 1811, en una zona que actualmente está pendiente de rehabilitación.

Desde entonces, el crecimiento del cementerio fue exponencial. En un momento en el que la vida después de la muerte preocupaba a los madrileños más que la propia vida, el cementerio de San Isidro se convirtió en la panacea del camino hacia el más allá. Adquirir un pedacito de la necrópolis para el inevitable futuro era signo de exclusividad y pronto la alta sociedad madrileña se empezó a distinguir por cumplir la regla de las tres ‘pes’: ser poseedor de un Palacete en la Castellana, un Palco en el Teatro Real y un Panteón en San Isidro.

Obras de Agustín Querol y Antonio Palacios

“La muerte nos iguala… relativamente”. La que habla es Ainara Ariztoy, responsable de las visitas guiadas de la Sacramental de San Isidro. “El ser humano tiene un importante componente de vanidad y desea trascender”. Y trascender con un estatus determinado. Así, hacia mitad del siglo XIX, con la popularización del concepto del panteón, se crea una auténtica competición por descansar en el lugar más vistoso, contundente y hermoso del cementerio.

Este momento, coincide en San Isidro con la inauguración en 1852 del patio IV, una nueva ampliación de la necrópolis madrileña que el arquitecto Francisco Enriquez Ferrer diseña como un jardín romántico, con forma semicircular y estructura neoclásica. En él, la clase pudiente encarga sus panteones familiares a afamados arquitectos y escultores, convirtiéndose durante la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX en un auténtico museo de arte fúnebre, con obras de Agustín Ortiz de Villajos, José Segundo de Lema, Ricardo Velázquez Bosco, Arturo Mélida Alinari, José Grases Riera, Antonio Palacios, Mariano Benlliure, Ricardo Bellver o Agustín Querol.

Así, sobre grandes firmas de la arquitectura y el arte reposan grandes nombres de la Historia de Madrid. Casi en el ‘kilómetro cero’ del patio se erige una imponente cruz bajo la que descansa el político Antonio Maura. Como él, José Abascal, Cristino Martos, Alonso Martínez o Emilio Castelar también eligieron San Isidro para terminar sus días.

De Maura al doctor Velasco

En 1864, el Gobierno empieza una serie de repatriaciones de los ‘afrancesados’ que fallecieron en el exilio y se encontraban enterrados en el extranjero. El Estado, después de haber empujado a muchos intelectuales a marcharse del país, quería ahora reivindicar el talento español, y levantó en la Sacramental el conocido como Panteón de los Hombres Ilustres, en el que se encuentran enterrados los políticos Donoso Cortés, Menéndez Valdés y Diego de León, el dramaturgo Leandro Fernández de Moratín y el compositor Francisco Asenjo Barbieri. Allí también descansaron los restos de Francisco de Goya, desde que fueron exhumados en Francia en 1899, hasta su traslado a la ermita de San Antonio de la Florida en 1919; queda ahora un cenotafio del pintor.

El filósofo José Ortega y Gasset, el famoso compositor de zarzuelas Cristóbal Oudrid, el dramaturgo José Echegaray o el pintor Carlos Luis de Ribera también reposan en San Isidro, entre cuyas sepulturas se leen también nombres de buena parte de la aristocracia del siglo XIX: la Condesa de Chinchón o el Marqués de Malpica; Enrique de Borbón y Borbón, muerto en el conocido como ‘Duelo de Carabanchel’, con el Duque de Montpensier; el Marqués de Casa Jiménez y la familia Perinat, cuyo panteón es uno de los más hermosos del cementerio, con el ‘Ángel del Silencio’ custodiando la entrada; el Marqués de Salamanca, la condesa de Vilches…

Representantes de la cultura popular, como la cupletista Consuelo Bello ‘La Fornarina’, la bailaroa Encarnación López Júlveza ‘la Argentinita’, la actriz Teodora Lamadrid o, más recientemente, la cantante Concha Piquer, también descansan en el camposanto madrileño.

En él se encuentran además algunos de los personajes más curiosos de las historias –ahora con minúscula- de la Villa, como la que se dice que es la verdadera Maja de Goya, Pepita Tudó, amante y luego esposa de Manuel Godoy. Una de las pocas supervivientes españolas del Titanic, Josefa Pérez de Soto. María Teresa de Silva Álvarez de Toledo, la famosa Duquesa de Alba del cuadro de Goya. O la familia Velasco al completo, protagonista de una de las páginas más morbosas de la intrahistoria madrileña: el doctor Velasco, fundador del Museo Nacional de Antropología, embalsamó a su hija, muerta a los 15 años, y la tuvo durante un tiempo en su casa-museo del número 68 de la calle Alfonso XII, junto a Atocha; se cuenta que, hasta que su mujer lo convenció de trasladarla al cementerio de San Isidro, el doctor la vestía, aseaba y sacaba de paseo por Madrid.

Conservación del patrimonio

Declarado Bien de Interés Cultural (BIC) en 1993, el cementerio de San Isidro se somete a una constante –aunque costosa y lenta- labor de conservación. Las propias familias propietarias de las tumbas y panteones son las responsables de mantenerlos en buen estado, aunque, según cuentan a Madridiario desde la gerencia de la Sacramental, no en todos los casos lo hacen, bien por dejadez, bien porque, en algunas de las sepulturas más antiguas –y de mayor valor histórico-, se ha perdido el contacto con los herederos y nadie se hace cargo.

En estos casos, la dirección interviene para evitar, asegura, “que se pierda patrimonio”, y financia la remodelación de las partes más deterioradas con los beneficios que obtienen de las visitas culturales que organizan durante todo el año al cementerio y otras actividades.

Aunque muchas se han reparado –como el icónico Ángel del Silencio del panteón de la familia Perinat, recién restaurado-, el cementerio aún luce las cicatrices de la Guerra Civil: impactos de bala, esculturas amputadas y ausencia de cadenas o elementos decorativos de bronce o hierro que usaban para fundir. Además del conflicto bélico, el paso del tiempo es el peor enemigo del camposanto, aunque, tal y como afirma Almudena Moreno, directora de la Sacramental, se va luchando “poco a poco” para mantener o recuperar toda su esencia.
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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    10636 | Juan Manuel - 15/07/2018 @ 12:45:30 (GMT+1)
    ¡Que información más curiosa! Artículo singular y original. Me ha gustado. Gracias.

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