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La solidaridad de los madrileños tras los atentados del 11-M ha sido reconocida con el Premio Especial del Jurado en los II Premios Madrid
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La solidaridad de los madrileños tras los atentados del 11-M ha sido reconocida con el Premio Especial del Jurado en los II Premios Madrid

El pueblo de Madrid, capital de la solidaridad

Madrid se creció ante la adversidad hace ahora dos meses. Los brutales atentados del 11 de marzo descubrieron a una ciudad solidaria, humanitaria y valiente que dio un ejemplo de civismo. Muchos han sido los premios y reconocimientos para un pueblo que se volcó con las víctimas y que dio lo mejor de sí mismo en el peor momento de su historia. Cualquier galardón se queda corto, pero a pesar de todo el jurado de los Premios Madrid ha querido reconocer -con el Premio Especial del Jurado-, por unanimidad, a una ciudad que dio una lección al mundo entero.

Todos nos levantamos sobresaltados aquel 11 de marzo. Las primeras noticias, como siempre ocurre en estos casos, eran confusas, pero todo apuntaba a tragedia. Poco a poco, los rumores fueron convirtiéndose en certezas y todos pudimos ver a través de las televisiones que Madrid había sido brutalmente atacada. Lejos de quedar bloqueados, los ciudadanos de Madrid reaccionaron con un coraje y una solidaridad excepcionales. En los estaciones de los atentados, en Atocha, en Santa Eugenia, en El Pozo, no faltaron manos para ayudar a los heridos en los primeros momentos.

Codo con codo con los servicios de emergencia estuvieron decenas de ciudadanos anónimos a los que la suerte sí acompañó ese día. Muchos eran viajeros que iban en esos trenes y que salieron ilesos. Otros madrileños que en el momento de las explosiones se encontraban en los alrededores se acercaron, sin dudarlo, a ayudar. Su labor quedó en nuestras retinas gracias a las imágenes de las cadenas de televisión. Así, todos pudimos ver, por ejemplo, a esos empleados de Parques y Jardines del Ayuntamiento en Santa Eugenia ayudando al Samur a portar camillas y a sacar heridos de entre el amasijo de hierros del tren.

En Atocha, las señoras de la limpieza o el personal de seguridad se volcaron con los ciudadanos que salían ensangrentados de los trenes y que en los primeros minutos aún no eran conscientes de lo sucedido. Los taxistas que por allí pasaban y los conductores de la EMT, hicieron las veces de ambulancias y llevaron a muchos afectados a los hospitales. Los vecinos de la calle Tellez bajaron de sus casas para echar una mano a los bomberos y atender a los heridos, a quienes proporcionaron mantas, toallas y sábanas de sus propias casas, y no dudaron cuando hubo que trasladar a los primeros heridos al polideportivo de Daoiz y Velarde, cuyos responsables abrieron para convertirlo en escenario de la solidaridad con los damnificados por el horror. Los trabajadores de este pabellón se volcaron en ayudar a los heridos, muchos de ellos agonizantes.

Los vecinos de El Pozo colaboraron con las emergencias que utilizaban los bancos de los andenes a modo de camillas para transportar a las víctimas. Los servicios sanitarios aseguraron días más tarde que, gracias a la primera colaboración desinteresada de esos madrileños, se habían evitado muchas muertes. Pero no sólo estos ciudadanos pusieron su granito de arena: todo Madrid se echó a la calle cuando desde la Consejería de Sanidad hicieron las primeras peticiones de sangre. Ante los autobuses de la Cruz Roja se formaron largísimas colas para donar sangre. La Puerta del Sol, la Plaza Castilla se convirtieron en largos ríos humanos de solidaridad. Al final sobraba sangre, y desde la Comunidad de Madrid tuvieron que hacer un llamamiento para que la gente ya no acudiera a donar más.



La actuación de todo el personal sanitario y de emergencias de la Comunidad de Madrid fue ejemplar. Ese día no importaron las horas, el trabajo, doblar turnos o no comer. Los policías, médicos, enfermeros o bomberos que en ese momento se encontraban librando se personaron en sus respectivos lugares de trabajo para colaborar ante la que ya era la mayor tragedia de la historia madrileña. Y no sólo ellos, sino que cientos de profesionales, de forma desinteresada, acudieron a los hospitales donde ya comenzaban a llegar las víctimas y sus familiares.

Psicólogos, asistentes sociales y psiquiatras voluntarios trabajaron día y noche en el Gregorio Marañón, en el Doce de octubre o en La Princesa, y por supuesto en ese pabellón 6 de Ifema que se convirtió en una morgue improvisada. La solidaridad del pueblo de Madrid volvió a estar patente un día después de los atentados, ya que la ciudad vivió la mayor manifestación de la historia de España. Más de dos millones de madrileños se echaron a la calle contra la barbarie, pese al frío y pese a que aquel viernes no paró de llover en Madrid. El paseo del Prado y sus alrededores se quedaron pequeños, tanto como la estación de Atocha, Santa Eugenia y El Pozo, en las que desde aquel 11 de marzo cientos de velas, que manos anúnimas encienden cada día, recuerdan a los 192 madrileños que perdieron la vida en aquellos trenes.

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